El NobleCORÁN القرآن الكريم Biblioteca · Reynolds

Escuchar el texto

La presente obra constituye, en gran medida, una respuesta a las dificultades que encuentran los especialistas al explicar amplias partes del Corán. Ciertamente, las dificultades académicas no tienen nada de insólito, pero este caso reviste un interés particular. En su mayor parte, los estudiosos del Corán aceptan la premisa fundamental de las fuentes islámicas medievales según la cual el Corán debe explicarse a la luz de la vida del profeta Muḥammad. Entretanto, la vida del Profeta se halla registrada en dichas fuentes con minucioso detalle. Cabría suponer que esta información pormenorizada permitiría a los especialistas dilucidar, al menos, el sentido literal del Corán sin dificultad alguna. Pero no es así.

Acaso el ejemplo más palmario de este problema sea la obra de William Montgomery Watt. En sus libros Muḥammad at Mecca y Muḥammad at Medina,1 Watt, siguiendo las fuentes islámicas, aporta detalles sobre cada faceta de la vida del Profeta: desde su familia y sus relaciones con vecinos y amigos hasta sus estrategias militares y diplomáticas. Sin embargo, en su libro Bell’s Introduction to the Qurʾān, Watt subraya de manera constante cuánto se desconoce acerca del Corán, desde el orden cronológico de su proclamación hasta las misteriosas letras que abren 29 suras (sūras), pasando por un vocabulario oscuro diseminado a lo largo del texto.2 El método consistente en leer el Corán a través de la vida del Profeta parece no haberle servido de mucho a Watt. No obstante, Watt y otros especialistas sostienen (o, en ciertos casos, dan por sentado) que el Corán debe contemplarse necesariamente a través del prisma de la biografía de Muḥammad. Para Watt, este no es un método posible de lectura del texto: es el único método.

La presente obra se plantea, al menos en parte, como un cuestionamiento a este estado de la cuestión. No se trata de un trabajo de historia y no me propongo examinar, y mucho menos reescribir, la biografía del Profeta. Mi único interés radica en desarrollar un método fecundo para la lectura del Corán. Con todo, el Corán no es un texto que entregue su secreto con facilidad. No existe en él, como a menudo se ha señalado, nada que se asemeje a una verdadera narrativa, si se exceptúa la historia de José (Q 12). Por el contrario, el Corán parece remitir al lector, mediante alusiones y referencias, a ciertas tradiciones que sustentan la comprensión cabal de su mensaje. El Corán despierta en el auditorio la memoria de estas tradiciones para luego proseguir, sin solución de continuidad, con la proclamación de su mensaje religioso. Dicho de otro modo, esto implica que la tarea de leer el Corán es una labor de escucha y de respuesta. El auditorio debe seguir la guía del Corán hacia un determinado subtexto tradicional.

Esta dinámica ha sido planteada recientemente por Salwa El-Awa en un artículo de su autoría. Observa la investigadora: «Si los destinatarios del texto coránico carecen de acceso al conocimiento necesario para procesar los sentidos de su lenguaje, es improbable que logren desentrañar los significados pretendidos».3 El-Awa pasa luego a ilustrar su punto recurriendo a al-masad (Q 111), donde el Corán reprende a un hombre llamado «padre de la llama» (abū lahab) junto con la esposa de este. La explicación adecuada de este capítulo, insiste la autora, se halla entre aquellos exegetas musulmanes medievales que lo explican describiendo una confrontación que Muḥammad sostuvo en La Meca con un tío llamado Abū Lahab. Y, sin embargo, añade que dicha explicación no resulta evidente en el Corán mismo: «Si los intérpretes no disponen de información relativa a la situación histórica, el significado de toda la sūra puede transformarse en la estampa de un hombre y su compañera castigados en el fuego infernal por su incredulidad».4

Así pues, El-Awa sigue con fidelidad el modo en que los exegetas medievales emplean el material biográfico para explicar el Corán. Yo, en cambio, defenderé más adelante (véase el Cap. 1) precisamente la postura que a ella le alivia eludir: que la sura constituye «la estampa de un hombre y su compañera castigados en el fuego infernal por su incredulidad».

Por consiguiente, el argumento general de la presente obra sostiene que el vínculo establecido por los exegetas musulmanes medievales entre la biografía de Muḥammad y el Corán no debe constituir el fundamento de la investigación crítica. En su lugar, el Corán ha de valorarse a la luz de su diálogo con la literatura anterior, en particular con la literatura bíblica (por la cual entiendo la Biblia, los textos apócrifos y las obras exegéticas judías y cristianas). Este planteamiento comporta necesariamente un examen tanto de la relación de la literatura exegética musulmana con el Corán como de la relación del Corán con la literatura bíblica. Con todo, es este último vínculo el que reviste para mí una importancia primordial, dado que en última instancia sostendré que el Corán presupone en su auditorio una familiaridad con la literatura bíblica. Mientras que tanto la tradición islámica como la tradición de la investigación crítica han propendido a disociar el Corán y la Biblia, el Corán mismo exige que se mantengan unidos.

Notas

  1. W.M. Watt, Muḥammad at Mecca, Oxford: Oxford University Press, 1953; ídem, Muḥammad at Medina, Oxford: Oxford University Press, 1956. ↩

  2. W.M. Watt y R. Bell, Bell’s Introduction to the Qurʾān, 2.ª edición, Edimburgo: Edinburgh University Press, 1977 (1.ª edición 1970). ↩

  3. S.M.S. El-Awa, «Linguistic structure», en A. Rippin (ed.), The Blackwell Companion to the Qurʾān, Londres: Blackwell, 2006, (53–72) 67. ↩

  4. Ibíd. ↩