85 Dijo: «En verdad hemos puesto a prueba a tu pueblo en tu ausencia, y el Samaritano los ha extraviado».
86 Moisés regresó a su pueblo indignado y afligido. Dijo: «¡Oh pueblo mío! ¿Acaso no os hizo vuestro Señor una hermosa promesa? ¿Acaso se os hizo demasiado largo el pacto, o quisisteis que la Ira de vuestro Señor cayese sobre vosotros, por lo que quebrantasteis vuestra promesa conmigo?».
87 Dijeron: «No faltamos a nuestra cita contigo por propia voluntad, sino que fuimos cargados con el peso de los ornamentos del pueblo. Los arrojamos [al fuego], y así arrojó también el Samaritano».
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Para el Samaritano (al-Sāmirī), véase también 7:148c. Se dice que al-Sāmirī es un gentilicio derivado del nombre de la tribu israelita (al-Sāmirah) a la que pertenecía este individuo (Z). Se cree que el Samaritano era un hipócrita que no aceptó el mensaje de Moisés, aunque en apariencia exterior simulaba hacerlo (Z).
Este versículo es similar a 7:150 (véase también 17:150c). La hermosa promesa de Dios se refiere a Su Promesa de que entregaría la Torá a los israelitas para que rigiesen su vida por ella (JJ; véase v. 80). Véase también 20:80–81c, donde se advierte a los israelitas de la Ira de Dios si fuesen desagradecidos.
La respuesta de los israelitas indica que fueron engañados por el Samaritano. Según algunos, los ornamentos del pueblo alude a las pesadas joyas prestadas a los israelitas por los egipcios antes de que estos fuesen destruidos, las cuales resultaba por ende ilícito conservar para los israelitas (Kl, R, Z). Desde una perspectiva espiritual, el peso de los ornamentos del pueblo puede simbolizar las riquezas materiales o riquezas mundanales, que se convierten en una suerte de «gravamen» espiritual para las gentes al brindarles una falsa ilusión de seguridad e inmortalidad que socava su confianza en Dios y su certidumbre sobre el retorno final a Él, como en 104:1–3: ¡Ay de todo calumniador difamador que acumula riquezas y las cuenta, creyendo que su riqueza lo hará inmortal!. Véase también 18:7–8c; 18:46c.
Aarón advirtió a los israelitas de que estos ornamentos eran fuente de impureza ritual (naŷas) y que conservarlos era pecaminoso; les ordenó arrojarlos a una fosa hasta que Moisés regresara, a lo cual accedieron todos (R). De forma alternativa, algunos refieren que fue el Samaritano quien les ordenó arrojarlos a la fosa, aduciendo que debían esperar a conocer la voluntad divina respecto a las alhajas (Kl, R). Acto seguido, a espaldas del pueblo, el Samaritano prendió fuego a la fosa y empleó los ornamentos ya fundidos y maleables para modelar el becerro de oro (Kl); véase también 7:148c.
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visión de conjunto Este pasaje es la adaptación que hace el Qurʾān del relato de Éxodo sobre el becerro de oro (Exo 32; cf. Q 2:51–54, 92–93; 4:153; 7:148–52):
1Viendo el pueblo que Moisés tardaba en bajar del monte, se congregaron alrededor de Aarón y le dijeron: «Ponte manos a la obra, haznos un dios que vaya a la cabeza de nosotros; porque a ese Moisés, el hombre que nos sacó de Egipto, no sabemos qué le ha sucedido». 2Aarón les respondió: «Quitad los pendientes de oro que llevan en las orejas vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestras hijas, y traédmelos». 3Todo el pueblo se quitó los pendientes de oro de las orejas y se los trajo a Aarón. 4Él recibió lo que le dieron, lo fundió en un molde y fabricó con ello la estatua de un becerro. «¡Israel —gritó el pueblo—, he aquí tu Dios, que te sacó de Egipto!». (Exo 32:1–4)
La mayoría de los ulemas tradicionales identifican a la figura llamada al-sāmirī en este pasaje como un idólatra infiel de entre los israelitas (a menudo se vincula Sāmirī con una supuesta tribu israelita imaginaria, «Sāmira»). Los investigadores académicos a menudo interpretan que este nombre significa «samaritano» y concluyen que el lugar que ocupa un samaritano en este relato debe reflejar (en última instancia) el sentimiento antiasamaritano judío (junto con el deseo de proteger a Aarón del pecado de idolatría). Se ha considerado (véase, p. ej., Yahuda, 286ss.) una alusión al relato de 1 Reyes 12 (véanse vv. 25–29; véase esp. 1Ki 12:28/Exo 32:4 y Q 20:88), en el cual el rey israelita Jeroboam, quien reinaba en Siquem (el centro del culto samaritano), erigió dos becerros para que el pueblo los adorara.
Sin embargo, en el relato bíblico es Aarón el responsable del delito del becerro de oro, razón por la cual Michael Pregill (QSC, 229) sostiene que el término al-sāmirī se entiende mejor como una adaptación árabe del hebreo shōmer, con el significado de «el guardián» o «el vigilante», y como una referencia a Aarón (a quien se dejó para vigilar a Israel mientras Moisés hablaba con Dios en el monte Sinaí). Esta interpretación da sentido al versículo 95 («¡Cuál es tu asunto, oh Sāmirī!»), que parece ser la interpelación de Moisés a Aarón.
Yahuda (286), al señalar la vinculación de Jeroboam con el culto a un becerro en Samaria, compara este versículo con 1 Reyes 14:16: «Y entregará a Israel por los pecados que Jeroboam ha cometido y que ha hecho cometer a Israel».