El NobleCORÁN القرآن الكريم Preliminares
The Study Quran · Preliminares

Introducción general

Seyyed Hossein Nasr

Bi’smi’Llāh al-Raḥmān al-Raḥīm

Para los musulmanes, el Corán es la Palabra literal de Dios, revelada durante el período de veintitrés años de la misión profética del Profeta Muḥammad a través de la mediación del arcángel Gabriel (Ŷibrīl o Ŷabraʾīl). El significado, el lenguaje y cada palabra y letra del Corán, su sonido al ser recitado y su texto plasmado sobre diversos soportes materiales se consideran sagrados. El Corán fue una revelación oral en árabe escuchada primero por el Profeta y fijada posteriormente por escrito en el alfabeto árabe en un libro compuesto de 114 suras (capítulos) y más de 6.200 versículos (āyāt), dispuestos conforme a un orden que también fue revelado. Considerado el Libro (al-Kitāb) por todos los musulmanes, posee numerosos nombres, tales como al-Furqān («el Criterio») y al-Hudā («la Guía»), pero su apelativo más extendido es al-Qurʾān, que significa «la Recitación». Del mismo modo que los cristianos se refieren a sus sagradas escrituras como la Santa Biblia, los musulmanes acostumbran denominar a la suya al-Qurʾān al-Maŷīd («el Glorioso Corán»; 50:1; 85:21) o al-Qurʾān al-Karīm («el Noble Corán»; 56:77). Conocido universalmente como el Corán, constituye la teofanía central del islam y la fuente y raíz primordial de cuanto es auténticamente islámico, desde la metafísica, la angelología y la cosmología hasta el derecho y la ética, desde las diversas artes y ciencias hasta las estructuras sociales, la economía e incluso el pensamiento político.

El Corán es el compañero constante de los musulmanes en el periplo de la vida. Sus versículos son las primeras resonancias que se susurran al oído del recién nacido. Se recita durante la ceremonia matrimonial, y sus aleyas suelen ser las últimas palabras que un musulmán escucha al aproximarse la muerte. En la sociedad islámica tradicional, el son de la recitación coránica era omnipresente y configuraba el espacio en el cual hombres y mujeres desenvolvían su existencia cotidiana; esto sigue siendo válido en gran medida en muchos lugares aun hoy día. En cuanto al Corán en tanto libro material, se halla en casi todos los hogares musulmanes y es portado o llevado encima en diversos formatos y dimensiones por hombres y mujeres en busca de protección en el transcurso de sus quehaceres habituales. En muchos rincones del orbe islámico se eleva para pasar por debajo de él al emprender un viaje, y subsisten aún hoy ciudades islámicas tradicionales cuyas puertas albergan un Corán bajo el cual pasa todo aquel que entra o sale del recinto urbano. El Corán es una fuente incesante de bendición o gracia (barakah) que los musulmanes experimentan íntimamente como un influjo que impregna la totalidad de la vida.

En la medida en que el Corán es la realidad revelada, sagrada y nuclear para los musulmanes, The Study Quran lo aborda en cuanto tal y no lo reduce a un documento de mero interés histórico, social o lingüístico disociado de su carácter sacro y revelado. Con este propósito, el foco de The Study Quran se sitúa en la recepción y la exégesis del Corán dentro de la tradición intelectual y espiritual musulmana, si bien esto no restringe su destinatario exclusivo a los musulmanes, por cuanto la obra pretende ser de utilidad para investigadores, docentes, estudiantes y lectores en general. Es con este Libro, cuya recitación conmueve hasta el llanto a creyentes desde Sumatra hasta Senegal, y no con un mero texto relevante para la filología semítica o las condiciones sociológicas de la Arabia del siglo I/VII, con lo que se compromete este estudio.

Este Libro, de acuerdo con el islam, fue revelado por Gabriel al Profeta durante los veintitrés años de su misión profética en distintas circunstancias de noche y de día, tanto en La Meca como en Medina, de tal guisa que, aun cuando los vocablos del Corán brotaron de sus labios, su Autor es Dios. El Profeta fue el instrumento por cuyo conducto la realidad del Corán, que preexistía junto a Dios en un nivel de realidad allende el tiempo, en lo que los musulmanes denominan la Tabla Preservada (al-lawḥ al-maḥfūẓ; 85:22), fue revelada a los hombres y mujeres en este mundo. Es por ello que la revelación misma se describe con frecuencia como «descenso» (tanzīl), lo que significa que el Corán ya era una realidad previa a su revelación o descenso sobre el Profeta y, por ende, no son palabras de su propia cosecha, según adujeron a lo largo de las épocas quienes negaron la naturaleza revelada del Corán.

Y sin embargo, algo de la realidad del alma del Profeta se halla presente en el Corán; de ahí que, al ser interrogada acerca del carácter de él, su esposa ʿĀʾishah respondiera: «Su carácter era el Corán». Poco antes de su partida de este plano terrenal, el Profeta declaró en una célebre tradición o ḥadīth: «Dejo entre vosotros algo de suma importancia que habréis de seguir; no os extraviaréis jamás si os aferráis a ello tras mi partida, siendo una parte de mayor gravedad que la otra: el Libro de Dios, que es una cuerda tendida del Cielo a la tierra, y a mis parientes cercanos, los miembros de mi casa (Ahl al-Bayt). Ambos no se separarán jamás el uno del otro hasta que lleguen a mí junto al estanque [en la otra vida]; considerad, pues, cómo os conducís respecto a ellos tras mi partida».

El mensaje del Corán

¿Cuáles son las magnas temáticas que aborda esta sagrada escritura? El Corán contiene ante todo una doctrina sobre la naturaleza de la realidad en todos sus niveles, desde la Realidad Absoluta en Sí Misma, a saber, el Dios Único, hasta la realidad de la creación tanto macrocósmica como microcósmica. Proporciona la revelación plena de Allāh, o Dios, como la Realidad suprema cuya Unidad indivisa (tawḥīd) constituye el centro del mensaje islámico. Dios es Uno, simultáneamente impersonal y personal, trascendente e inmanente, majestuoso y hermoso, más allá de cuanto podamos concebir y, sin embargo, más cercano a nosotros que nuestra propia vena yugular, como el Corán mismo asevera con honda elocuencia poética (50:16).

El Corán revela asimismo una constelación de Nombres y Cualidades Divinas que, por virtud de su naturaleza revelada, son sagrados y brindan el medio no solo de conocer a Dios, sino también de retornar a Él. Desempeñan por tanto una función capital no solo en la metafísica y la teología islámicas, sino también en las dimensiones prácticas y rituales de la vida religiosa y espiritual del islam. Como afirma el propio Corán: A Dios pertenecen los Nombres Más Hermosos (7:180; cf. 17:110; 20:8; 59:24); y acto seguido manda a los creyentes invocarlo a través de estos Nombres (7:180). La doctrina islámica sustentada en el Corán distingue entre la Esencia Divina (al-Dhāt), que trasciende todo nombre, cualidad, atributo o descripción; Sus Nombres, Cualidades y Atributos (al-Asmāʾ wa’l-Ṣifāt); y Sus Actos (al-Afʿāl), que comprenden la creación y el sustento de todos los mundos y de todas las criaturas que en ellos habitan, así como el despliegue incesante de Su Voluntad en Su creación, de modo especial en el orden humano, en el cual Su Amor y Su Misericordia, al igual que Su Justicia y Su Juicio, están perennemente presentes.

El testimonio de fe en el islam, esto es, la primera shahādah, lā ilāha illa’Llāh («No hay más dios que Dios»), una fórmula que fue revelada en el seno del propio Corán (37:35; 47:19), no es solo la afirmación suprema concerniente a la Unidad y Trascendencia Divinas, sino también el vehículo para reintegrar todas las cualidades positivas en el seno del Uno. La shahādah entraña asimismo que, en última instancia, no existe belleza alguna salvo la Belleza Divina, ni bondad alguna salvo la Bondad Divina, ni poder alguno salvo el Poder Divino, y así sucesivamente. En un plano metafísico, significa que no existe en última instancia otra realidad que la Realidad Divina.

El Corán trata con igual profundidad la condición de los seres humanos. Nos instruye acerca de quiénes somos, con qué fin fuimos creados y situados aquí en la tierra, cuál es nuestro fin supremo en la vida, cuáles son nuestros deberes y derechos con arreglo a la Ley Divina, qué nos compete saber acerca de la inmortalidad del alma humana y sus estados póstumos, y las consecuencias de cómo vivimos en este mundo de cara a nuestro estado de ser tras la muerte. Si bien interpela tanto al hombre como a la mujer en la mayoría de sus versículos, aborda también de modo explícito en ciertos pasajes el sentido de la creación de la humanidad en varón y hembra o por parejas (zawŷ), la sacralidad de la sexualidad, la trascendencia de la familia y las responsabilidades mutuas de cada género en el matrimonio. Igualmente se examina la relación armónica debida entre el individuo, la sociedad y el resto de la creación de Dios.

Ninguna escritura sagrada de la que tengamos constancia habla con mayor profusión sobre el cosmos y el orbe natural que el Corán, en el cual se hallan amplias enseñanzas sobre la cosmogénesis, la historia cósmica, los acontecimientos escatológicos que jalonan el desenlace del orden cósmico tal como subsiste actualmente y los fenómenos de la naturaleza en cuanto reveladores de la Sabiduría Divina. En rigor, el Corán se refiere a dichos fenómenos como āyāt («signos» o símbolos), empleando el idéntico término que designa a los versículos del Libro Sagrado. El Corán diserta asimismo sobre la vida y su origen, y sobre el vínculo de todos los entes —tanto animados como inanimados, desde bestias y plantas hasta montañas, mares y astros— con Dios. En cierto sentido, el Corán fue revelado a todo un dominio cósmico tanto como a la humanidad, y numerosos sabios musulmanes a lo largo de los siglos han denominado al cosmos en sí una revelación, en rigor la revelación primordial. Es por ello que tantas veces han aludido al universo como «el Corán cósmico» (al-qurʾān al-takwīnī), cuyos «versículos» solo pueden descifrarse mediante «el Corán escrito» (al-qurʾān al-tadwīnī), a saber, el libro del Corán que constituye la sagrada escritura del islam.

Desde luego, como han indicado múltiples tradiciones del Profeta (aḥādīth, sing. ḥadīth), el Corán posee un sentido exterior (ẓāhir) y un sentido interior (bāṭin), y en rigor diversos estratos de significado interno, el más hondo de los cuales, según la tradición, solo Dios lo conoce. Comprender estos múltiples niveles de significado del texto coránico resulta indispensable para aprender a «leer» el libro cósmico y para alcanzar la plena intelección de todas sus doctrinas, incluidas la metafísica, la cosmología, la ciencia de la condición humana, la escatología y la vida espiritual de las cuales habla el Corán.

Al retomar las materias y núcleos vertebrales expuestos en el Corán, reviste particular importancia subrayar que el Corán es la fuente fundamental del Derecho islámico (al-Sharīʿah) y que, si bien históricamente al Profeta se le ha denominado legislador, al igual que a Moisés, el legislador supremo en el islam se considera que es Dios Mismo, a Quien a menudo se llama al-Shāriʿ, «el Legislador». Unos cuantos centenares de aleyas coránicas abordan de modo preceptivo y concreto el derecho, en tanto que otras sientan los principios sobre los cuales se fundamentan las normas reveladas. En efecto, para los musulmanes la Sharīʿah islámica, o Ley Divina, es la encarnación concreta de la Voluntad Divina tal como queda delineada en el Corán para los seguidores del islam; y desde la perspectiva islámica, las escrituras de todas las religiones de revelación divina, cada una de las cuales cuenta con su propia sharīʿah (véase 5:48), desempeñan idéntica función en sus respectivos credos. Por consiguiente, para los musulmanes que acogen el Corán como la Palabra de Dios, acatar la Ley Divina es un pilar básico y fundacional para la práctica de su religión.

El Corán es asimismo un tratado de ética. Brinda los criterios de discernimiento no solo entre la verdad y la falsedad, la belleza y la fealdad, sino también entre el bien y el mal. Si bien recalca que los seres humanos deben emplear el don de la inteligencia concedido por Dios (al-ʿaql) para distinguir lo verdadero, lo hermoso y lo bueno, insiste a la par en que es menester poseer fe en la revelación que suministra el juicio postrero sobre lo que es recto y bueno, permitiendo en verdad que el intelecto humano opere en su plenitud sin atrofiarse bajo las pasiones individuales. Por añadidura, las enseñanzas éticas del Corán atañen tanto al cultivo de virtudes específicas del fuero interno individual como a cualidades morales colectivas, como la justicia y la generosidad, insoslayables en cualquier sociedad digna del apelativo de genuinamente islámica. Es más, desde la óptica coránica, los derechos del individuo y los de la sociedad no se hallan en discordia ni en pugna recíproca, al modo en que a veces se conciben en las sociedades occidentales modernas.

En su condición de manantial primordial de la fe islámica, el Corán alberga doctrinas —comprendidas las económicas y políticas— que atañen tanto al creyente a título individual como a la sociedad islámica en su conjunto. Contiene asimismo directrices para diversas prácticas devocionales individuales y, de modo eminente, para los ritos, cuyos pormenores fueron provistos por la sunnah (costumbre o práctica normativa) y los aḥādīth (dichos, hechos y asentimientos tácitos) del Profeta. Pero el Corán instituye igualmente prácticas religiosas comunitarias e instituciones basilares para la sociedad islámica en su totalidad.

Muchos son conscientes de que el Corán regula la vida religiosa y los asuntos vinculados a la salvación individual y al orden civil, pero menos son quienes perciben que el Corán es ante todo un sendero para la vida espiritual interior. Atender al sentido esotérico del Corán conduce al convencimiento de que no solo encierra prescripciones para instaurar un orden social justo y consumar una vida virtuosa orientada al retorno a Dios tras la muerte en un estado de bienaventuranza; brinda asimismo el medio para retornar a Dios aquí y ahora, en este mismo mundo. El Corán es, por tanto, una guía sapiencial y espiritual para la consecución de la verdad, un derrotero para alcanzar la beatitud aun en esta vida terrenal.

Otro tema recurrente a lo largo de muchas suras del Corán es la historia sagrada y los relatos tocantes a los profetas de antaño y sus respectivos pueblos. Dicha historia sagrada se circunscribe casi enteramente a la tradición abrahámica y a los profetas de Israel, aun cuando se mencionan también profetas árabes no consignados en la Biblia. La significación de esta historia sagrada aspira, con todo, a la universalidad, por cuanto la revelación islámica se dirige a toda la humanidad y no a una comunidad particular, a diferencia del judaísmo. Para los musulmanes, la historia sagrada referida en el Corán fue revelada por Dios al Profeta; no es una mera compilación de noticias recabadas de fuentes judías o cristianas. Media, en efecto, una sutil diferencia entre las narraciones bíblicas y las coránicas sobre la historia sagrada. En tanto que las crónicas bíblicas revisten un carácter más cronológico e histórico, la historia sagrada coránica es más bien atemporal y se revela primordialmente con el fin de impartir lecciones éticas y espirituales. La historia sagrada del Corán se vislumbra como un drama en el seno del alma humana antes que como simples anales históricos mundanos. Todo ser humano abriga en su interior, verbigracia, las cualidades de Moisés y las del Faraón, la hermosura de José y las intrigas de sus hermanos; esta historia sagrada es un espejo en el que el creyente contempla su propia alma, así como la lucha entre el bien y el mal y el triunfo postrero del bien, con tal de que uno busque refugio en Dios, implore Su Auxilio y deposite su confianza en Él en medio de las tribulaciones de la vida, tal como obraron los profetas antiguos.

Las visiones tradicionales de la historia de las religiones suelen ligarse a la escatología, y el islam no constituye una excepción. El Corán contempla la historia como una realidad finita que da inicio con la creación divina de la presente humanidad y concluye con la clausura escatológica de la historia humana y cósmica decretada por Dios. La concepción coránica del curso temporal es en cierta medida cíclica: cada ciclo viene señalado por el descenso de un mensaje de Dios por conducto de un profeta, el paulatino olvido de dicho mensaje por la comunidad receptora y, por lo común, el acaecimiento de un cataclismo querido por Dios, seguido por la venida de un nuevo emisario. Ahora bien, estos ciclos de profecía no son indefinidos. El Corán proclama que el Profeta del islam es el Sello de los profetas (33:40) en la cadena profética, y que tras él no vendrá profeta alguno, sino los acontecimientos escatológicos que signarán el finiquito de este mundo y de la humanidad coetánea. El Corán alude asimismo a la posibilidad, tras la devastación de este cosmos, de una nueva creación por parte de Dios, una cuestión que trasciende, no obstante, las vicisitudes de la humanidad presente, a la cual interpela el Corán (véase 14:19, 48; 35:15).

Las descripciones de las realidades escatológicas relativas tanto a los individuos como a la sociedad humana y al cosmos resultan medulares en el mensaje coránico. Innumerables pasajes a través del Texto Sagrado discurren sobre la muerte, la Resurrección, el Juicio Divino, el Paraíso, el Infierno y, por derivación, el Purgatorio, así como sobre el destino postrero de los seres humanos. El Corán plasma estas realidades escatológicas en un lenguaje dotado de inmensa potencia, a la vez tangible y hondamente simbólico. El Más Allá se presenta de forma tal que perdura como una presencia incesante en la conciencia del musulmán a lo largo de sus días en este bajo mundo (al-dunyā). Los deleites del Paraíso y los terribles castigos del Infierno se describen con trazos que graban una huella indeleble en la mente y el alma de los fieles, condicionando de raíz sus actos y meditaciones en esta vida. A la par, el estilo coránico es a un tiempo tangible y sensorial, accesible a los creyentes más sencillos, y simbólico y metafísico, capaz de colmar las exigencias de sabios y santos. Los gozos paradisíacos descritos en el Corán no constituyen sublimaciones de apetitos terrenales, según han pretendido algunos; por el contrario, los deleites terrenales —tanto los lícitos para el musulmán en esta vida como aquellos vedados, cual el vino— se presentan como reflejos mundanos de realidades paradisíacas.

El Corán es asimismo un depósito de conocimiento, y para los musulmanes alberga las raíces de todo saber auténtico entendido en su acepción tradicional, muy lejos de las pretensiones de ciertos exegetas cientificistas modernos que procuran identificar aleyas del Noble Libro con tal o cual teoría o hallazgo empírico reciente. En la civilización islámica clásica, todas las disciplinas científicas, desde la jurisprudencia hasta la astronomía, desde la teología hasta la medicina, se juzgaban arraigadas en el Corán; en verdad, la totalidad del pensamiento y el arte islámicos puede concebirse como un extenso comentario al mismo. El hecho de que el descenso del Corán haya propiciado no solo el nacimiento de una de las más insignes civilizaciones de la historia, sino también la eclosión de una de las tradiciones científicas, filosóficas y estéticas más fecundas del orbe no fue fruto del azar. Sin el advenimiento del Corán no habrían florecido las ciencias islámicas tal como las conocemos, disciplinas transmitidas con posterioridad a Occidente merced a las cuales conservamos hoy en las lenguas occidentales términos de estirpe árabe como «álgebra» o «algoritmo», amén de infinidad de vocablos científicos. Tampoco habrían visto la luz las Summas de Santo Tomás de Aquino, al menos bajo su estructura conocida, por cuanto dichas Summas incorporan cuantiosas doctrinas tomadas de fuentes islámicas.

No solo el mensaje coránico resultó primordial para el desarrollo de las ciencias en el islam, sino que fue y sigue siendo el hálito nutricia en la gestación de las artes islámicas, cuyos principios dimanan de la ḥaqīqah, o verdad íntima, del Corán. El libro sagrado del islam ha provisto a lo largo de las eras tanto los cánones como la inspiración de las artes sacras, desde la caligrafía hasta la arquitectura. Sus enseñanzas han encauzado asimismo la creatividad artística musulmana en rumbos específicos y han forjado el marco social para la confección de las obras maestras del arte islámico. La circunstancia de que la civilización islámica haya alumbrado una poesía tan descollante y, en cambio, prácticamente carezca de escultura representativa de relieve, y el hecho de que la caligrafía ocupe un rango tan medular en la vida musulmana, guardan una correlación directa con el mensaje del Corán, tanto en su morfología como en su fondo. De la Revelación se deriva igualmente la elucidación de qué constituye arte sacro, qué campos revisten trascendencia en las artes tradicionales y cuál debe ser la jerarquía de las disciplinas plásticas en el seno del islam.

El mensaje del Corán respecto de la religión es universal. Incluso cuando alude a islām, se refiere no solo a la religión manifestada mediante el Profeta del islam, sino al sometimiento a Dios en términos generales. Por ende, en el Corán Abraham y Jesús son igualmente llamados muslim en el sentido de «sometido» a la Voluntad divina. El mensaje coránico reposa sobre la universalidad de la revelación, y el Texto Sagrado declara sin ambages que no existe pueblo alguno al que Dios no haya enviado un mensajero, tal como reza 16:36: Por cierto que enviamos a cada comunidad un mensajero: «¡Adorad a Dios y evitad a los falsos dioses!»

Esta perspectiva universalista ha ejercido un influjo colosal en los vínculos entre musulmanes y adeptos de otros credos, tanto en el orden práctico como en el intelectual, a lo largo de los anales islámicos. En virtud de este mensaje coránico, los musulmanes fueron en la época premoderna los pioneros en fundar lo que hoy se denomina la ciencia de las religiones, o Religionswissenschaft, y en acometer con rigor académico el estudio de otros credos, incluidos los no abrahámicos, tal como se aprecia en la Indica de Abū Rayḥān al-Bīrūnī (m. 442/1048), redactada hace un milenio. Por idéntica razón, hace más de siete centurias videntes y sabios musulmanes de la talla de Ibn ʿArabī (m. 638/1240) y Ŷalāl al-Dīn al-Rūmī (m. 672/1273) escribieron sobre la unidad trascendente de las religiones, y más adelante los sufíes en la India entablaron un diálogo ecuménico asentado en el respeto mutuo con las autoridades hindúes, traduciendo textos sagrados del hinduismo del sánscrito al persa, en tanto que en China algunos pensadores musulmanes concibieron un corpus doctrinal que con justicia puede denominarse «neoconfucianismo islámico».

El mensaje del Corán es simultáneamente sapiencial y pragmático, legislativo y ético, atento tanto a los afanes cotidianos como a las cumbres de la vida espiritual e intelectiva. El Texto Sagrado abraza cada faceta de la inquietud humana, desde las cuestiones metafísicas más recónditas hasta las contingencias prosaicas de la vida ordinaria. Es a la par terapéutico y didáctico. Es un mensaje de albricias (bishārah) y también de advertencia (nadhr). Por ello designa a los profetas, incluido el Profeta del islam, tanto nuncios de buenas nuevas (bashīr) como amonestadores de la humanidad (nadhīr). Es un derrotero para cualquier dimensión concebible del vivir, obrar y pensar humanos y, al unísono, un bálsamo para el alma de los fieles. En calidad de teofanía axial del islam, cuyos pormenores todos son sagrados, el Corán es la fontana de cuanto es propiamente islámico. En tanto que Palabra viviente de Dios, es el lazarillo inseparable de los musulmanes desde la cuna hasta el sepulcro y recrea el espacio espiritual y religioso en cuyo seno nacen, respiran, viven y expiran.

La lengua, la estructura y la recitación del Corán

El Corán fue revelado en lengua árabe y se autodenomina un Corán árabe (12:2; 20:113; 39:28; 41:3; 42:7; 43:3). La revelación coránica, en cierto modo, «fracturó» el idioma árabe y lo transmutó en la lengua sagrada que es para los musulmanes. Forjó una obra cuyo lenguaje es inimitable y tenido por milagroso, un libro que se juzga intraducible. La presencia sacra y la realidad teofánica del Corán, así como los estratos de sentido velados en sus versículos, no pueden verterse a otra lengua, ni siquiera al persa u otros idiomas islámicos hondamente modelados por el árabe coránico. En este contexto resulta imperioso evocar que en diversas tradiciones donde la revelación es concebida por los fieles como la Palabra directamente transmitida por Dios, el idioma en que se manifestó deviene lengua sagrada, como acontece con el hebreo en el judaísmo o el sánscrito en el hinduismo; por el contrario, en aquellas religiones donde el propio fundador encarna la Palabra o el Mensaje, la lengua instrumental no desempeña un cometido equivalente.

Así, por ejemplo, en el cristianismo Cristo mismo es considerado el Verbo de Dios o el Logos, y en cierto sentido el Nuevo Testamento es la palabra del Verbo encarnado. A lo largo de dos milenios, los cristianos de las ramas tradicional y ortodoxa han celebrado la misa en griego, latín, eslavón y, en iglesias orientales de menor dimensión, en arameo, copto e incluso en el propio árabe. Sin embargo, para la fe cristiana estos idiomas son litúrgicos y no sagrados per se. La consagración eucarística resulta plenamente válida ante las iglesias históricas cualquiera sea la lengua litúrgica aprobada que se emplee. Mas en el islam, las plegarias canónicas diarias —rito axial equiparable a la celebración eucarística cristiana— quedan invalidadas de no proferirse en árabe, con independencia de que el devoto sea árabe o ajeno a dicha estirpe. Cabría afirmar que así como en la Eucaristía los fieles se unen al Verbo —esto es, a Cristo— comulgando el pan y el vino transustanciados mediante el rito en su carne y su sangre, en las liturgias islámicas los creyentes asimilan y se impregnan de la Palabra de Dios mediante la articulación audible de las aleyas en árabe coránico. Para el musulmán, por ende, el árabe coránico cumple en el plano más hondo la función del pan y el vino consagrados o del cuerpo de Cristo en el cristianismo histórico. Ambos encarnan la Palabra de Dios y resultan intrínsecamente sacros. Para los cristianos o quienes provengan de dicho horizonte que deseen aquilatar el alcance religioso y espiritual del árabe coránico, no basta trazar un paralelo con el arameo que habló Jesús o con el latín de la Vulgata: debe parangonarse con el papel sacramental que reviste el cuerpo de Cristo en la tradición cristiana.

El árabe constituyó la última lengua semítica en irrumpir en el escenario general de la historia en contraste con otros miembros de dicha familia, como el hebreo, el copto, los idiomas babilonios, el arameo y el siriaco. Para un nutrido grupo de filólogos, el árabe se erige en el pariente más cercano a lo que los eruditos alemanes denominan Ursemitisch, el idioma semítico originario y primordial. El hecho de que esta lengua, el árabe, fuera la elegida por Dios para la revelación coránica guarda una estrecha trabazón con la condición del islam como ratificación de la fe primordial (dīn al-fiṭrah), en la cual se unifican la última y la primera revelación, donde el omega revalida el alfa y donde el origen de la cadena profética eclosiona en el punto culminante de la vasta historia profética.

La revelación del Corán en árabe rescató a esta lengua de las contingencias temporales y dio ser a una obra que se sitúa por encima y más allá de las mutaciones históricas. El árabe como habla humana de trato diario, desde luego, subsistió y en verdad se difundió allende Arabia al amparo del propio texto revelado. Este registro cotidiano ha experimentado mutaciones a lo largo de las centurias, mas incluso tales derivas han permanecido bajo el influjo de la presencia inalterable del Corán. La lengua coránica ha permanecido inmune a los vaivenes de este mundo, perpetuándose plenamente viva como depósito del Verbo perenne de Dios. Para cada generación de musulmanes, tanto árabes como no árabes, el Corán revelado en árabe ha sido y continúa siendo hoy un hito palpitante allende las mudanzas de la condición humana, inmutable y grávido del hálito perenne del Espíritu, rigiendo de continuo la existencia de los hombres. Interpela directamente a los musulmanes del presente con idéntica frescura con que resonó ante los Compañeros que lo escucharon de labios del Profeta. Sigue siendo la brújula suprema de los creyentes, prescindiendo del confín espacial o la encrucijada temporal en que se hallen inmersos en este mundo.

El árabe del Corán es en ciertos tramos didáctico y sobrio, y en otros alegórico, anagógico, simbólico y de subida poesía. Es cierto que en determinados pasajes, como la Sura 26 («Los poetas»), el Corán reprende a los vates y que algunos de los detractores tempranos del Profeta pretendieron desacreditarlo tildándolo despectivamente de mero poeta. El motivo de tales reproches obedecía a que en la Arabia preislámica los poetas solían ser panegiristas a sueldo y adivinos desprovistos de apego a la verdad o a las realidades del espíritu. Durante los albores del islam, los adversarios del Enviado recurrieron asimismo a bardos para componer sátiras que vilipendiaran su figura y la religión naciente. Conforme al dictamen de autorizadas voces musulmanas, la primacía de las artes retóricas en la Arabia preislámica figuró entre las razones por las cuales el lenguaje del Corán fue investido por Dios de un carácter milagroso, desafiando el propio Texto a quienquiera que intente producir algo semejante (véanse 2:23; 10:38; 11:13). La elocuencia (balāghah) del Corán se juzga en verdad un milagro insuperable (muʿŷizah) vedado a la capacidad mimética de cualquier mortal. Ahora bien, si tomamos el término «poesía» en su sentido más excelso y universal, el Corán —muy señaladamente en sus últimas suras, mas también a lo largo de muchas otras secciones— constituye una obra de la más excelsa factura y vigor poético, jamás igualada por los más insignes poetas musulmanes. Ha moldeado de raíz la poesía concebida en las diversas lenguas islámicas y constituye, además, el resorte directo del rango privilegiado del que goza la lírica en la civilización musulmana y en la cotidianidad de sus pueblos.

El Corán se predica a sí mismo como un Libro claro (ej., 12:1; 26:2; 27:1), mas este rasgo no denota exclusivamente una diafanidad literal y manifiesta, pues existen aleyas cuya nitidez solo se desvela cuando se profundiza en estratos de sentido que trascienden la superficie. Puesto que Dios es tanto lo Manifiesto (al-Ẓāhir) como lo Oculto (al-Bāṭin), según proclama el texto sagrado (57:3), Su Palabra participa de niveles exteriores e interiores de intelección. Y siendo Dios el Hacedor tanto de lo visible o fenoménico (al-shahādah) como de lo invisible o No Visto (al-ghayb), en Su Verbo lo No Visto se trasluce a menudo misteriosamente en los términos y fórmulas audibles que configuran su sonido al recitarse. En razón de esta polifonía de sentidos, el verbo del Noble Libro se manifiesta ora literal, ora alegórico, ora anagógico, y en ocasiones simultáneamente anagógico y simbólico. El Corán se asemeja a un océano en el cual se sumerge el creyente, pero cuyo fondo resulta inalcanzable. Si se recuerda la etimología original del verbo latino comprehendere, que entraña «abarcar», cabe afirmar que es el Corán el que abarca o «comprehende» al lector, mientras que este jamás alcanzará a abarcar plenamente el Corán. El texto se asemeja a una red tendida sobre el universo de la multiplicidad a fin de reconducirnos al orbe de la Unidad, que es infinito. Como creaturas finitas, no nos es dado apresar lo Infinito, pero sí podemos y debemos ser atraídos e inmersos finalmente en Él.

Resulta imposible disertar sobre la lengua del Corán sin consagrar unas líneas a la asombrosa urdimbre matemática que subyace al texto coránico, cimentada en el simbolismo numérico de los caracteres del alfabeto árabe. La ciencia esotérica tradicional del islam denominada al-ŷafr, cuya paternidad se atribuye tradicionalmente a ʿAlī ibn Abī Ṭālib (primo y yerno del Profeta, primer imán chií y cuarto califa sunní), dilucida los valores numéricos de las grafías árabes y su alcance emblemático. Guarda notable afinidad con la gematría, disciplina que, fundada en el alefato hebreo, reviste hondo relieve en la Cábala judía y en aquellas corrientes de la mística cristiana agrupadas bajo la Cábala cristiana. En The Study Quran no hemos tomado en consideración los comentarios ni los tratados coránicos monográficos basados en el ŷafr, mas cumple dejar constancia aquí de su existencia.

La ciencia del ŷafr saca a relucir dimensiones portentosas de las enseñanzas internas del Corán —incluido el desciframiento de las misteriosas letras aisladas (al-ḥurūf al-muqaṭṭaʿah) que encabezan veintinueve suras— y arroja luz sobre múltiples dogmas medulares. Así, por ejemplo, conforme a la metafísica islámica, todos los entes reflejan determinados Nombres y Cualidades Divinas, mas el ser humano (insān), integrando al varón y a la mujer, es la única criatura de este bajo mundo que, en la plenitud de su ser como Hombre Universal o Perfecto (al-insān al-kāmil), constituye el espejo nítido donde reverberan la totalidad de los Nombres Divinos. Ahora bien, el Nombre Allāh compendia todos los Nombres de Dios, y por ello uno de los títulos del Profeta, en tanto que Hombre Universal por antonomasia, fue ʿAbd Allāh («el siervo de Allāh») y no, verbigracia, ʿAbd al-Karīm, entendiendo aquí ʿabd como el receptáculo y reflejo de Sus Nombres. Conforme al cómputo del ŷafr, el valor numérico de Allāh es 66, guarismo idéntico al que arroja la expresión Ādam wa Ḥawwāʾ, es decir, Adán y Eva, quienes en su conjunción primordial encarnan el estado de insān. De este modo, la ciencia del ŷafr facilita la aprehensión inmediata y la intelección intuitiva de esta honda doctrina sobre la condición humana en su correspondencia con la Divinidad.

La morfología del alfabeto en que se plasma el árabe coránico encierra asimismo una carga simbólica desgranada en ciertos estudios tradicionales sobre el sentido esotérico de la Revelación. Por ejemplo, en árabe, al igual que en las lenguas occidentales, las dos primeras letras son a y b, a saber, alif y bāʾ. En la caligrafía árabe, el alif se traza como un trazo recto vertical (ا) y el bāʾ como una línea horizontal con un punto debajo (ب). Pues bien, el alif constituye la letra inicial del Nombre Divino Allāh, mientras que el bāʾ es la consonante que inaugura la primera palabra del Corán, a saber, Bi’smi’Llāh («En el Nombre de Dios»), cuya fórmula íntegra recibe el nombre de basmalah. Conforme al simbolismo caligráfico tradicional, el alif simboliza el descenso de la Palabra Divina desde el orbe de la Trascendencia, en tanto que el bāʾ figura su recepción en el ámbito humano y en el lenguaje del hombre, que queda de tal suerte sacralizado. El punto situado bajo el bāʾ señala el punto de intersección de ambos trazos, de lo vertical y lo horizontal, concentrando en sí la quintaesencia de las grafías árabes y, por ende, del propio Corán. En la caligrafía arábiga clásica, las líneas no son sino el despliegue armónico y reiterado de ese punto primigenio.

Se atribuye a ʿAlī una sentencia enigmática cuyo alcance solo puede descifrarse acudiendo a esta ciencia de las formas emblemáticas de la grafía árabe. Refieren que ʿAlī declaró: «La totalidad del Corán se halla contenida en al-Fātiḥah («La Apertura»). Toda al-Fātiḥah se contiene en Bi’smi’Llāh al-Raḥmān al-Raḥīm («En el Nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso») [fórmula que en árabe arranca con la letra bāʾ]. Todo el Bi’smi’Llāh se halla contenido en la letra bāʾ. Toda la letra bāʾ se halla contenida en el punto (nuqṭah) situado debajo del bāʾ. Y yo soy ese punto». Aludía con ello ʿAlī a su estado interior de «identidad suprema» o «unión suprema», a la consumación cabal de la unicidad divina (al-tawḥīd). Esta anécdota ilustra el calado de la ciencia del simbolismo alfabético en el árabe coránico, disciplina que merecía ser consignada aquí aun cuando no haya sido recogida en el aparato de notas en razón del público al que se destina este volumen.

Al examinar la estructura formal del Corán, conviene reiterar que se compone de 114 suras —vocablo a menudo traducido por «capítulos»—, que arrancan con al-Fātiḥah, «La Apertura», conformada por siete versículos (āyāt), a la que sucede al-Baqarah («La Vaca»), la sura más extensa del texto sagrado. A partir de allí, las suras van abreviándose de manera gradual como norma general a medida que se avanza en la lectura, si bien median excepciones. El tramo final del Libro reúne las suras más breves, si bien la última no es la más reducida ni en versículos ni en vocablos. Importa advertir, para quienes se acercan por vez primera al Corán, que las suras no se hallan ordenadas cronológicamente con arreglo a la fecha de su revelación. Frecuentemente descendían fragmentos de una sura, seguidos de partes o de la totalidad de otra, tras lo cual se revelaban versículos pertenecientes a la primera. La ordenación misma de las suras se juzga fruto de una disposición revelada, habiendo determinado el propio Profeta la ubicación de las aleyas en las suras y la prelación de estas entre sí conforme le era comunicado por revelación.

Cada sura ostenta un título, y en ocasiones más de uno. Los musulmanes sostienen que varios de estos nombres fueron igualmente revelados al Profeta al unísono de la orden relativa a qué versículos correspondían a cada sura, con independencia del momento de su descenso, y a la secuencia de las aleyas en su interior. Durante los veintitrés años del ministerio profético en que fue revelado el Corán en su integridad, incontables creyentes lo memorizaron, al tiempo que se fijaba por escrito en pergaminos, omóplatos de camello, cueros y otros soportes. Según la tradición, Zayd ibn Thābit acometió su compilación, entregando el texto al primer califa, Abū Bakr; a la muerte de este pasó a manos del segundo califa, ʿUmar, y tras el deceso de este quedó bajo la custodia de su hija Ḥafṣah, una de las viudas del Profeta. Tras consultar con quienes custodiaban la Escritura en la memoria, el tercer califa, ʿUthmān, comisionó una segunda fijación oficial, encomendada de nuevo a Zayd ibn Thābit. Este texto, conocido como el códice utmánico (al-muṣḥaf al-ʿuthmānī), sirvió de modelo para las copias manuscritas que ʿUthmān remitió a las cuatro metrópolis islámicas de entonces: La Meca, Kufa, Basora y Damasco, reservándose un ejemplar para sí. Estos cinco códices se erigieron en el basamento del Corán escrito que hoy poseemos.

Medió cierta discrepancia entre los Compañeros tocante a la numeración de determinados versículos, reconociéndose tradicionalmente diversas escuelas de iḥṣāʾ, la ciencia coránica consagrada al cómputo de las aleyas. Por lo que hace a la recitación, median asimismo variantes en las declinaciones vocálicas y diversos estilos tradicionales transmitidos de salmodia. Ciertas divergencias morfológicas son consideradas tradicionalmente como testimonio elocuente de la propia polivalencia del texto coránico. La estructura sustantiva del Corán es a todos los efectos una e inalterable. No ha padecido alteración alguna a través de los siglos, reconociendo por igual sunníes, chiíes y jariyíes el idéntico texto como la revelación definitiva de Dios a la humanidad.

Los chiíes y ciertos autores sunníes sostienen que ʿAlī ibn Abī Ṭālib recopiló asimismo el Corán por escrito, de suerte que existió una segunda copia original autógrafa; consta documentalmente que ʿUthmān dispuso que Zayd ibn Thābit consultara con ʿAlī al momento de fijar el texto definitivo del Libro Sagrado. Refieren asimismo fuentes sunníes que otros Compañeros, con ʿAbd Allāh ibn Masʿūd, Ubayy ibn Kaʿb y Sālim a la cabeza, habían reunido colecciones del Corán antes de que se promulgara el códice utmánico. Ciertos relatos polémicos de cuño apócrifo adujeron que el texto redactado por ʿAlī contenía ciertas suras expurgadas en la recensión utmánica, mas semejante tesis es rechazada por el chiismo y el sunnismo mayoritarios, conteniendo el Corán empleado por los chiíes en la actualidad las idénticas suras y āyāt que el texto difundido en el orbe sunní, salvo levísimas divergencias en el cómputo de un puñado de versículos. Existe un único y exclusivo Corán, dotado de menor grado de variantes textuales que cualquier otra escritura sagrada de la humanidad.

Amén de su división en suras y āyāt, el Corán fue estructurado con posterioridad en treinta secciones de idéntica extensión (aŷzāʾ, sing. ŷuzʾ). Cada ŷuzʾ se subdivide a su vez en dos partes, configurando sesenta secciones (aḥzāb, sing. ḥizb), que a su turno se fraccionan en mitades y cuartos a fin de aligerar la lectura y la memorización. En ciertas regiones del mundo islámico se acostumbra recitar un ḥizb en la oración matutina y otro en la del ocaso, ya sea en comunidad o en privado. El texto se halla estructurado asimismo en séptimos, denominados manāzil (sing. manzil), lo que permite a los devotos culminar la lectura completa del texto en una semana. Con frecuencia, los treinta aŷzāʾ o los siete manāzil se encuadernan en tomos sueltos, permitiendo al creyente portar únicamente los volúmenes que proyecta leer durante sus desplazamientos. Durante el mes de Ramadán, época en que principió la revelación coránica, es costumbre entre los musulmanes piadosos intensificar la lectura del Libro; muchos leen un ŷuzʾ por jornada, completando así la totalidad del Corán a lo largo de los treinta días del mes sagrado. Cuando el Ramadán cuenta veintinueve días, suelen recitar los dos últimos aŷzāʾ en la última jornada o noche de dicho mes.

La recitación del Corán constituye una columna vertebral de la piedad musulmana. Son muchos quienes leen el Libro Sagrado de principio a fin no solo en Ramadán, sino en otros momentos del año. No obstante, la mayoría de los creyentes acude una y otra vez a determinadas suras por las que siente una especial devoción. A semejanza de los judíos y cristianos piadosos que leen asiduamente los Salmos, suras tales como Yā Sīn (36), al-Raḥmān («El Compasivo», 55), al-Wāqiʿah («El Acontecimiento», 56), al-Mulk («La Soberanía», 67) y un sinfín de las suras breves del tramo final son recitadas con suma frecuencia y, en muchos casos, a diario por innumerables creyentes. Al margen de la recitación íntegra del Corán, que concluye con una gozosa celebración denominada «el sellado del Corán» (khatm al-Qurʾān), la lectura habitual consiste por lo común en recitar y meditar sobre un pasaje breve cada vez (pauta recomendada asimismo para quienes se inician en el Noble Libro).

Huelga decir que todo musulmán practicante, sea árabe o ajeno a dicha lengua, recita pasajes del Corán en sus oraciones rituales diarias, precepto que exige imperativamente el uso del árabe. Ahora bien, fuera de los rezos canónicos, el Corán es leído con asiduidad en la lengua vernácula de los creyentes no árabes, ya pertenezcan a comunidades mayoritarias que hablan persa, turco, urdu, malayo, bengalí, suajili, inglés, francés o español, o bien a pueblos de menor demografía que se expresan en yoruba, fula, somalí, albanés, bosnio, guyaratí, tamil o malayalam. Prácticamente no existe idioma hablado por musulmanes en el cual no circule una versión del Corán, existiendo a menudo múltiples traducciones. Median, con todo, contadas excepciones dignas de mención. Aunque los bereberes figuraron entre los primeros pueblos no árabes en abrazar el islam hace catorce siglos, debido a particulares factores socioculturales solo en fecha reciente ha visto la luz una traducción bereber del Corán. Y en China, durante doce centurias los musulmanes locales no consintieron ni promovieron versión china alguna de las Escrituras, apareciendo la primera en el siglo XIX. En cualquier caso, al aludir a la recitación y lectura del Corán, importa calibrar la vastedad de lenguas en que se estudia y medita, sin perder de vista que ninguna traducción puede suplir al Corán en lengua árabe en la vida litúrgica y sacramental del creyente, cualquiera sea su lengua materna.

La salmodia del Corán en árabe se rige por preceptos rigurosos, conformando un arte y una ciencia de gran precisión. El texto puede leerse en silencio o vocalizarse en voz alta, evitando estridencias desmedidas. La recitación no debe pecar de excesiva premura ni de lentitud premiosa. Existe un arte de la recitación coránica que demanda un aprendizaje esmerado, considerándose la salmodia tradicional como el arte sonoro por excelencia en el islam, situado en la cúspide de la jerarquía estética islámica. Constituye, junto con la caligrafía coránica y la arquitectura sacra —esta última concebida para que en sus naves resuene la Palabra divina—, el arte sacro musulmán por excelencia.

Fuera del marco de la oración diaria, la vivencia de la recitación coránica para el común de los musulmanes es más receptiva que activa; es decir, la mayoría escucha la recitación antes que ejecutarla por sí misma. De ahí que los recitadores profesionales del Corán, o qurrāʾ (sing. qārīʾ), desempeñen un cometido tan relevante en la sociedad islámica. No existe rincón del orbe musulmán donde no se hallen presentes los qurrāʾ, bebiendo la mayoría del pueblo la savia coránica a través de sus voces. Tal es la estima de este arte que, con el fin de estimularlo, se celebran anualmente certámenes internacionales en diversos puntos del mundo islámico, con la concurrencia de recitadores de ambos sexos. Y si bien Egipto ha sido agraciado a través de las edades con recitadores proverbiales de renombre universal, acontece con frecuencia que maestros no árabes se alzan con los máximos laureles en dichos certámenes. Países no árabes como Indonesia y Malasia descuellan, de hecho, por un número de recitadoras (qāriʾāt) superior al de muchas naciones árabes.

Muchos que apenas alcanzan a desentrañar el sentido cabal del árabe se forman con esmero en las disciplinas de la recitación. De esta suerte, la mayoría de los creyentes experimenta el Corán como la revelación oral que intrínsecamente es, del mismo modo en que la vivieron los Compañeros que la escucharon por vez primera de labios del Profeta. Incontables qurrāʾ retienen el Corán íntegro de memoria y lo declaman sin auxilio de texto alguno. Quien custodia en su pecho la totalidad del Texto Sagrado ostenta el título de ḥāfiẓ, o memorizador del Corán. El vate a quien muchos —entre los que me incluyo— juzgamos el más excelso artífice de la lengua persa, a saber, Shams al-Dīn Ḥāfiẓ (m. 793/1391), adoptó dicho sobrenombre precisamente por ser un ḥāfiẓ del Corán. Puede hallarse con facilidad a un ḥāfiẓ en una aldea enclavada en las selvas de Sumatra o en los eriales del Sahara, no solo en La Meca o en urbes señeras como El Cairo, Isfahán o Estambul. Doquiera se encuentren, los ḥuffāẓ (plural de ḥāfiẓ) entonan el Corán con primorosa salmodia, irradiando la gracia o barakah del son sagrado entre quienes los rodean. La fecunda presencia de los ḥuffāẓ se considera uno de los milagros del Corán, por cuanto facilita de manera prodigiosa la memorización incluso a quienes no tienen el árabe por lengua vernácula. A este respecto, el propio Corán proclama: En verdad hemos hecho el Corán fácil para el recuerdo (54:17, 22, 32, 40). Difícilmente se hallará en religión alguna una escritura sagrada memorizada por semejante multitud de creyentes como lo es el Corán.

Función y presencia del Corán en la vida musulmana

Buena parte de lo expuesto concierne ya al relieve del Corán en la existencia de los musulmanes, mas se impone bosquejar con trazo firme la plenitud de su gravitación en el fuero vital de los creyentes. En su calidad de teofanía axial de la religión islámica, cuanto se halla vinculado al Corán —la revelación literal de la Palabra Divina— es sagrado: desde las doctrinas, preceptos, normas y demás vertientes de su mensaje, pasando por la presencia material del Texto Sagrado que los musulmanes leen, llevan consigo o custodian con veneración en el hogar, hasta el son mismo de su recitación, que los acompaña a lo largo de su peregrinaje terrenal. Los dos testimonios de fe (shahādatān), el uno atestiguando la Unicidad de Dios y el otro la misión del Profeta del islam —ambos extraídos de versículos coránicos—, son las primeras palabras susurradas al oído del recién nacido y, en la generalidad de los casos, las últimas que exhala el creyente en sus postreros instantes de lucidez antes de morir. Entre estos dos hitos que delimitan el alfa y el omega de la existencia terrenal, la vida del musulmán rebosa de la presencia del Corán. La salmodia de sus aleyas resuena de continuo en ciudades, villas y aduares del islam, configurando en lo íntimo la percepción cualitativa del espacio en el cual desenvuelven sus días los fieles tradicionales.

Toda acción loable, desde sentarse a la mesa o salir del hogar rumbo al trabajo, hasta acoger a un huésped, principiar una epístola, un tratado o cualquier faena recta a los Ojos de Dios, da comienzo con la fórmula de consagración (la basmalah), esto es, «En el Nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso», pórtico con el que se abre el propio Corán; y tales actos suelen rematarse con otra jaculatoria coránica, al-ḥamdu li’Llāh, a saber, «Alabado sea Dios». Aquello que ya ha acontecido se menciona recurriendo a otra locución de la Escritura, mā shāʾa’Llāh, «Lo que Dios ha querido», ratificando a los creyentes que nada acontece al margen de Su Voluntad; y los anhelos orientados al porvenir se encomiendan con in shāʾa’Llāh, expresión tomada del Corán que reza: «Si Dios quiere», confirmando que el futuro pertenece asimismo a Dios y que todo cuanto acontezca viene determinado por la Providencia Divina. El Corán se salmodia en instantes de júbilo y en horas de duelo, en bodas y en exequias, en el recogimiento íntimo y en congregaciones solemnes. Lo recita el individuo en sus horas de soledad ante su Creador, y resuena en la apertura de asambleas parlamentarias, en la toma de posesión de dignatarios públicos e incluso en justas deportivas.

Bien puede afirmarse que la sustancia anímica del musulmán, sea varón o mujer, asemeja un mosaico labrado por la impronta de los versículos coránicos sobre la pasta humana. No solo las leyes por las que se conducen, los cánones éticos que norman su vida, la cepa de todo saber auténtico y el aliento de toda creación artística genuinamente islámica descansan sobre el Corán, sino que este habita el alma y la mente de los creyentes en cada latido de la existencia, ya se hallen entregados al amor conyugal, librando combate en el fragor de la contienda o absortos en quehaceres mercantiles. Por más que se diserte sobre la huella del Corán en la vida musulmana, resultará imposible agotar la materia, por cuanto el Texto modela cada estrato del ser del creyente: desde su envoltura corporal y su entramado psíquico hasta las potencias intelectivas y el espíritu.

El Corán, completado por la práctica profética (Sunnah), modula con sutil maestría todas las facetas del recto comportamiento (adab), el cual abarca no solo el juicio, el habla y los actos, sino también el porte físico y la compostura corporal: el talante del creyente al caminar o conversar, al ingresar a la mezquita, al tomar asiento en una asamblea o al intercambiar salutaciones. El Corán renueva asimismo las potencias del alma, muy señaladamente la memoria, proyectando su influjo incluso sobre los sueños de los fieles.

En lo que atañe a la memoria, ningún musulmán practicante carece de porciones del Corán atesoradas en el recuerdo. El propio texto vigoriza la memoria, otorgando la pedagogía islámica tradicional un valor primordial a la retención mnemotécnica. El itinerario educativo clásico se inicia en las escuelas coránicas infantiles (kuttāb), donde la mente de los párvulos queda troquelada con aleyas coránicas que les servirán de guía a lo largo de toda su andadura. Más adelante, ya prosigan estudios superiores o se incorporen a los oficios manuales, su memoria preserva un venero inagotable de aleyas del que continúan extrayendo guía, amparo y consuelo. Huelga añadir que esto es igualmente válido para todos aquellos musulmanes que han descollado en la creación artística o intelectual del más alto vuelo. Cuando Ibn Sīnā (m. 428/1037, el Avicena latino), el más insigne filósofo y científico del islam, componía su monumental al-Qānūn fi’l-ṭibb (El canon de medicina), la obra de mayor trascendencia en los anales médicos, su memoria albergaba un caudal tan fecundo de aleyas coránicas —las cuales modularon su actitud ante el saber y la ciencia— como cuando redactaba sus propios comentarios exegéticos al Corán.

Los poetas místicos más excelsos del islam, tales como al-Ḥallāŷ, Ibn al-Fāriḍ, Ibn ʿArabī, ʿAṭṭār, Rūmī y Ḥāfiẓ, no alumbraron sus cumbres líricas forzándose a fijar la mirada de manera artificiosa en las aleyas de la Revelación. El Corán habitaba de antemano su memoria y había transmutado sus almas, de suerte que, al momento de gestar su primorosa poesía, el Texto Sagrado operaba ya como el resorte medular de su fecundidad creadora. Quienes conocen la historia de las letras alemanas están al tanto de la huella indeleble que el Corán dejó en espíritus como Goethe y Rückert; podrán colegir cuán inmensurablemente más honda habrá sido dicha impronta en la literatura de los propios pueblos musulmanes.

Idéntica reflexión cabe formular respecto de las artes y las ciencias islámicas en general. En el ámbito de las artes que moldean la existencia cotidiana, el Corán aportó el espíritu, los principios y, en gran medida, los cánones formales, trazando el rumbo que habrían de seguir dichas disciplinas. Fue el Corán el que entronizó a la caligrafía, a la arquitectura y a la salmodia coránica como las artes sagradas primordiales del islam, y fueron sus doctrinas las que impidieron el surgimiento en su seno de un arte figurativo o icónico de carácter sacro, tan preponderante en el cristianismo, el hinduismo o el budismo. Fue el Corán, en suma, el que alumbró el arte sacro anicónico del islam.

En la cotidianidad musulmana, una vertiente pragmática del Corán reside en su función de amparo y custodia para el creyente. Proclama la Escritura que Dios Mismo es su celador y, a su vez, Su Verbo ofrece resguardo a los fieles. Su mensaje, si es acatado, preserva al hombre y a la mujer del pecado y del extravío, al tiempo que su presencia tangible se tiene por escudo frente a los peligros exteriores. De ahí que tantos musulmanes porten el texto o porciones de sus aleyas sobre su cuerpo, que pasen bajo su dintel al emprender un viaje y que antaño las cotas de malla de los guerreros se grabaran con versículos coránicos. Por igual motivo, el Corán no solo se recita, sino que se coloca físicamente cerca de la cabecera del agonizante a modo de salvaguarda en su tránsito hacia el Más Allá.

Los musulmanes acuden asimismo al Corán en busca de su virtud terapéutica frente a las dolencias del cuerpo y del alma. Existe una disciplina tradicional entera consagrada al poder salutífero de determinadas aleyas, atestiguando incontables crónicas en todas las sociedades islámicas la milagrosa eficacia de tales versículos. Esta dimensión coránica constituye la raíz de prácticas de la medicina popular tales como sumergir aleyas escritas en agua para luego beber el líquido consagrado.

Por último, el Corán interviene asimismo en la toma de determinaciones de cara al porvenir. El arte coránico tradicional denominado al-istikhārah, vertido a veces de forma reductora como «bibliomancia» —término que apenas captura una dimensión accesoria de la práctica—, entraña el cumplimiento de rezos voluntarios impetrando la guía divina para luego abrir el Corán o aguardar una señal de Dios, de ordinario por conducto de un sueño. En coyunturas de fuste donde la inteligencia humana y las prescripciones religiosas no bastan por sí solas para zanjar una determinación de graves consecuencias, los fieles acuden con frecuencia a la istikhārah, practicada en ocasiones por quienes gozan de particular don para ello o bien por el propio interesado. Muchos, ante el matrimonio, realizan una istikhārah antes de formalizar su decisión. Lo propio hacen quienes vacilan ante una migración, la elección de un médico ante un mal grave, un cambio de empleo o la elección de estudios y profesión. Hay quienes incurren en excesos recurriendo a la istikhārah para dilucidar qué plato almorzar, mas esto constituye una desvirtuación de la práctica censurada por las autoridades religiosas. Rezaba un célebre adagio que no ha lugar para la istikhārah cuando media una clara istishārah, vale decir, cuando el rumbo viene indicado por el discernimiento racional o los preceptos explícitos de la fe.

El Corán se erige, pues, en la columna vertebral de la vida musulmana y de la civilización islámica en todas sus manifestaciones. Es una realidad sacra que escolta al creyente a través de su existencia. Es el árbitro entre la verdad y el error, el canon de juicio de sus actos, su custodio y su fuente perenne de gracia y consuelo. Es al unísono su juez y su confidente; suscita en el alma tanto el amor como el santo temor de Dios. Para los fieles, el Corán no es un volumen inanimado, sino la Palabra palpitante de Dios. Sus aleyas, términos e incluso grafías son entes vivos que interpelan al creyente y que, de forma inefable, lo «escuchan». El Texto Sagrado es el camarada constante del musulmán desde el alba hasta el ocaso de la vida, y aún más allá del periplo terrenal, en el retorno hacia aquella Realidad augusta de la cual descendió el Corán.

The Study Quran

La génesis de The Study Quran se remonta a unos nueve años atrás, cuando el sello editorial HarperSanFrancisco (hoy HarperOne) se puso en contacto conmigo para proponerme asumir la dirección editorial de un volumen que llevaría por título The Study Quran, concebido como complemento de The HarperCollins Study Bible, previamente publicada por dicha casa. Me sentí sobrecogido ante la magnitud de la empresa y en un principio vacilé en asumir semejante cometido monumental. Mas tras un hondo examen de conciencia y sincera oración, llegué al convencimiento de que se trataba de una responsabilidad que Dios ponía sobre mis hombros y a la que no podía sustraerme, muy señaladamente al comprobar que el proyecto corría el riesgo de malograrse si yo declinaba participar.

Acepté por consiguiente con humildad, bajo la condición irrenunciable de que se tratase de una empresa llevada a cabo por musulmanes y de que, si bien la obra adoptaría un lenguaje contemporáneo asentado en el más riguroso rigor académico, no se supeditaría ni se dejaría guiar por las premisas de los estudios orientalistas o de investigadores occidentales no musulmanes que han abordado con profusión el Corán en tanto documento histórico, lingüístico o sociológico, o incluso como un texto de interés religioso, pero sin acogerlo como la Palabra de Dios ni como una auténtica revelación. Antes bien, el proyecto habría de enraizarse en la tradición islámica clásica, con el fin de brindar a los lectores el acceso a las múltiples vías a través de las cuales el Corán ha sido comprendido e interpretado por los musulmanes a lo largo de más de catorce centurias. Puse asimismo la condición de gozar de entera libertad para elegir a los editores y demás colaboradores. Todas mis condiciones fueron acogidas, y así dio inicio la labor.

Por las consideraciones antedichas, convoqué únicamente a investigadores musulmanes para colaborar conmigo en esta empresa. Al propio tiempo, no deseaba que la obra quedase encasillada ni constreñida confesional, étnica o geográficamente. Había de ser universal y a la vez tradicional; vale decir, portavoz de las visiones islámicas clásicas, quedando excluidas por ende las lecturas modernistas o fundamentalistas surgidas en rincones del orbe islámico durante los dos últimos siglos. Me propuse forjar un texto que reflejara el modo en que los musulmanes han entendido el Corán a lo largo de su dilatada historia y cómo lo conciben hoy aquellos creyentes que se mantienen fieles a la tradición, que constituyen la inmensa mayoría.

A tal efecto, seleccioné a tres editores, todos ellos estadounidenses, con doctorados en estudios islámicos cursados en señeras universidades de los Estados Unidos, con vivencia directa del mundo islámico, familiaridad con las ciencias tradicionales y dominio del árabe clásico. Con el fin de salvaguardar la pluralidad, elegí a dos varones y una mujer; dos de ellos, Joseph Lumbard y Maria Dakake, musulmanes estadounidenses de extracción cristiana, y Caner Dagli, nacido en Estados Unidos en el seno de una familia musulmana de origen circasiano. Más adelante, una vez ultimada la traducción y revisados los ensayos, incorporé como editor adjunto a Mohammed Rustom, musulmán nacido en Canadá en el seno de una familia de estirpe surasiática, doctorado en estudios islámicos por una destacada universidad canadiense.

Dado que semejante esfuerzo colectivo demandaba preservar la coherencia orgánica de la obra, elegí a estos cuatro colaboradores de entre aquellos que se habían formado conmigo en años pretéritos. Mediaba entre nosotros, por ende, una afinidad de horizonte intelectual, perspectiva espiritual y rigor científico que hizo posible dar a luz una obra enteramente cohesionada. Esta concordancia en la traducción y el comentario no brotó de la imposición, sino de la comunión en una visión compartida. Nos consultamos mutuamente a cada paso y, ante cualquier discrepancia académica entre los editores, asumí la función de árbitro y juez inapelable. Con todo, resulta admirable constatar cuán armoniosa fue nuestra labor de consuno, circunstancia que acaso cause asombro en esta época signada por el individualismo.

Pese a ello, cumple desgranar unas palabras sobre la distribución de cometidos. Cada editor asumió la responsabilidad primordial de la traducción, la indagación documental y la redacción del comentario para distintas secciones del texto coránico. Una vez concluido el borrador inicial de un tramo, cada autor lo sometía al dictamen de los demás, quienes formulaban apostillas y sugerencias. Posteriormente llegaba a mis manos, donde introducía las adiciones y enmiendas definitivas. La asignación principal de la traducción fue la siguiente, por suras: Caner Dagli: 2–3, 8–9, 22–28; Maria Dakake: 4–7, 10–12, 14–21; Joseph Lumbard: 1, 13, 29–114. La autoría básica del comentario —que entraña asimismo un elevado grado de colaboración colectiva— se distribuyó como sigue, por suras: Caner Dagli: 2–3, 8–9, 21–28; Maria Dakake: 4–7, 16–19; Joseph Lumbard: 1, 29–114; Mohammed Rustom: 10–15, 20.

Por lo que atañe a los ensayos monográficos, confeccioné el catálogo de materias a abordar en consulta con los editores, procediendo luego a seleccionar a los autores, igualmente de común acuerdo. Al cursar estas invitaciones, me guio el empeño de abarcar un horizonte tan ecuménico y universal como fuese dable dentro del marco de la erudición islámica tradicional. Convoqué por ello a especialistas procedentes de diversas escuelas de pensamiento y de diferentes ritos jurídicos (madhāhib), tanto a creyentes afincados en diversos confines del orbe musulmán como a ulemas residentes en Occidente. Ciertas firmas gozan de nombradía universal; otras representan a jóvenes y prometedores valores de la investigación. La nómina abarca desde el Gran Jeque de la más ilustre sede del saber sunní, la Universidad de al-Azhar, y uno de los principales ayatolás chiíes de Irán, hasta jóvenes profesores de universidades occidentales. Asumí la supervisión final de la edición de los ensayos, cotejando las traducciones cuando fue menester y vertiendo al inglés uno de los textos redactado originariamente en persa.

Traducción

La traslación del Corán a las lenguas occidentales atesora una trayectoria cercana al milenio, cuyo hito fundacional se remonta a la versión latina comisionada por Pedro el Venerable en el siglo XII. La versión inglesa más temprana vio la luz en el siglo XVII. Desde entonces han proliferado copiosas traducciones tanto al inglés como a otros idiomas europeos, habiéndose multiplicado las versiones sajonas casi de forma exponencial en décadas recientes. La mayoría de las tentativas tempranas corrió a cargo de autores no musulmanes, concebidas en buena parte con afán de refutación apologética. En tiempos recientes, en cambio, cuantiosas traducciones han sido elaboradas por los propios musulmanes. Entre este nutrido elenco, unas descuellan por su precisión literal y otras por su vuelo lírico, mas jamás ha existido ni podrá existir una versión «oficial» o consumada del Corán, ni siquiera avalada por las máximas autoridades religiosas (ʿulamāʾ), como el claustro de la Universidad de al-Azhar.

En nuestro quehacer hemos acudido de continuo a las versiones inglesas de mayor prestigio, tales como las debidas a Yusuf Ali, Muhammad Marmaduke Pickthall, Muhammad Asad, A. J. Arberry, ʿAlī Qūlī Qarāʾī y Muhammad Abdel Haleem, mas nuestra traslación arranca del propio texto árabe original y no de versión pretérita alguna. Asimismo, nos hemos esforzado en mantener una vigilancia escrupulosa a fin de traducir el propio árabe coránico y no las lecturas interpretativas posteriores que sobre él se proyectaron. Por lo demás, la circunstancia de constituir un empeño mancomunado entre varios investigadores nos ha preservado de sesgos o predilecciones particulares que con frecuencia enturbian la labor traslaticia.

Nuestra meta prioritaria ha consistido en guardar la máxima exactitud y coherencia interna en la medida de los recursos que brinda la lengua inglesa, sopesando minuciosamente los diversos «campos semánticos» que albergan infinidad de vocablos tanto en árabe como en inglés, esferas que a menudo solo se solapan de manera parcial y no admiten una equivalencia absoluta. En rigor, se consagró un titánico esfuerzo e incontables jornadas a verificar que la traducción gozara de cabal consonancia tanto en el estilo como en el fondo. Dicha tarea comprendió la elaboración de centenares de repertorios léxicos auxiliares y una densa matriz de control para rastrear el empleo de cada vocablo, locución o raíz a lo largo de las aleyas. Conscientes de la sacralidad intrínseca de la lengua coránica, hemos procurado desplegar los recursos más nobles del inglés sin caer en el prurito de una modernización ramplona que condenase a la obra a un rápido envejecimiento.

Hemos procurado asimismo conferir a la prosa el más alto tono de elocuencia, en el afán de reflejar siquiera una brizna de la inimitable majestad del árabe coránico, reputada por los musulmanes como un milagro inaccesible al ingenio humano. Nos hemos afanado en cuajar la versión más lograda a nuestro alcance, sabiendo que solo Dios conoce la medida de nuestro acierto.

Habida cuenta de que disponíamos del espacio del comentario para desentrañar giros idiomáticos insólitos o fórmulas peculiares del texto coránico, así como para dilatar los múltiples abanicos semánticos aludidos en las aleyas, nos fue dado brindar traducciones de cuño más literal en infinidad de pasajes. Más aún: la traducción ceñida a la letra de ciertos versículos o expresiones deviene forzosa para que cobren sentido las exégesis tradicionales, tributarias a menudo de profundas lecturas espirituales cimentadas en sutiles análisis gramaticales y filológicos. El rigor literal resulta asimismo crucial a la hora de plasmar con fidelidad la tupida intertextualidad que erige un rasgo distintivo del estilo coránico.

Comentario

Innumerables exégesis se han redactado sobre el Corán a través de los siglos, no solo en lengua árabe, sino en multitud de idiomas. Entre las obras clásicas, ciertas recensiones se centraron preferentemente en la vertiente lingüística y gramatical, en tanto que otras lo hicieron en la dimensión histórica, muy señaladamente en la historia sagrada. No faltaron comentarios jurídicos, teológicos, filosóficos, cosmológicos, científicos, metafísicos, esotéricos o místicos, reuniendo algunos de ellos varios de estos prismas a la vez. En rigor, la entera tradición intelectual islámica constituye una glosa continua del Corán. Además, la literatura de la sīrah (las biografías del Profeta), su Sunnah (o práctica canónica) y las tradiciones del Ḥadīth se erigen en el primer estrato exegético del Libro. Las magnas creaciones de la arquitectura islámica, desde la Cúpula de la Roca hasta el Taj Mahal, bien pueden contemplarse como comentarios coránicos labrados en piedra. Y cumple no olvidar que la cima lírica de la mística islámica, el Mathnawī de Ŷalāl al-Dīn al-Rūmī, ha sido celebrado con justicia como «el Corán en lengua pahlavi [esto es, persa]».

En la redacción de nuestro aparato crítico nos hemos nutrido de todos estos veneros, amén de las obras consagradas formalmente como tafsīr, en muchas de las cuales hemos abrevado sin pretender agotarlas. Seleccionamos los comentarios clásicos de mayor prestigio, difusión y consenso, así como tratados monográficos que ofrecían precisiones doctrinales difícilmente accesibles en las obras más divulgadas, todos los cuales figuran catalogados en la «Clave de comentaristas». Cuando fue menester, acudimos asimismo a las fuentes de la sīrah y al caudal del Ḥadīth sunní y chií.

Por lo que hace a nuestro comentario, no aspira ni podría aspirar a la exhaustividad en una empresa confinada al marco de un volumen unitario. No en vano existen exégesis ilustres en árabe, persa u otras lenguas islámicas que abarcan nutridos volúmenes —llegando a contar veinte o treinta gruesos tomos— sin agotar la materia. Nuestro aparato aspira a transportar al lector más allá del sentido literal cuando el pasaje lo demande, a esclarecer expresiones arduas, a descorrer los sentidos esotéricos cuando proceda y a ofrecer un panorama razonable de la pluralidad de juicios e interpretaciones que en materia de derecho, dogma, espiritualidad e historia sagrada sentaron las máximas autoridades tradicionales del islam. Confiamos en que semejante exposición permita al lector dialogar en diversos planos con el Corán, disipando el falso prejuicio, común en ciertos ámbitos ajenos al islam, según el cual el musulmán, al tener al Corán por la Palabra de Dios, prescinde de la reflexión racional sobre su contenido, cuando es el propio texto el que exhorta reiteradamente a meditar y discurrir sobre sus preceptos.

Nuestra exégesis, aun sustentada en los comentarios clásicos, no es un mero mosaico de pasajes entresacados de tales tratados, sino una creación enteramente nueva. La obra ha demandado un riguroso discernimiento a la hora de seleccionar o preterir textos pretéritos, además de aportar en múltiples pasajes reflexiones de nuestra propia cosecha que no se hallan formuladas en idénticos términos en las fuentes clásicas.

Se trata, por ende, de un comentario novedoso afianzado por entero en el pensamiento islámico tradicional y en la venerada estirpe de los grandes exegetas. Somos nosotros, y no los autores clásicos, los únicos responsables de su contenido, aun cuando abunden en él las remisiones a las fuentes consultadas. Dichas referencias no aspiran a ser exhaustivas, sino a brindar puntos de apoyo para quien desee profundizar en la materia. En todo momento hemos procurado consignar con diafanidad la filiación de cada apostilla, señalando cuándo es nuestra voz la que discurre. Los exegetas clásicos recogieron a menudo pareceres divergentes en torno a un mismo versículo. Conviene advertir, por tanto, que cuando se menciona la interpretación de un comentarista, no se infiere de suyo que el autor hiciera suya tal postura, sino tan solo que dicho juicio fue glosado en su obra con motivo del versículo. Para mayores precisiones sobre nuestro método de cita, remítase a «Cómo entender las citas en el comentario».

La desmesurada vastedad de la literatura exegética nos obligó a excluir materiales que acaso fuesen de interés para lectores inclinados a temas puntuales. Asimismo, hemos optado por orillar aquellas lecturas puramente conjeturales o de vuelo fantasioso, así como relatos legendarios y folclóricos carentes de sólido arraigo en las fuentes clásicas o que escaso provecho aportan a la intelección del texto. En aquellos contados casos en que se consignan tales noticias, hemos procurado advertir con franqueza acerca de su carácter cuestionable y del grado en que guardan o no armonía con otros pasajes del Corán o con las tradiciones del Ḥadīth.

Aun cuando nos hemos apoyado prioritariamente en las fuentes tradicionales —nervio indiscutible de nuestra traducción y notas—, hemos acudido asimismo a solventes aportaciones de la investigación académica moderna en el campo de los estudios coránicos. Hemos llevado a cabo semejante labor con permanente cautela frente a los sesgos e imposturas presentes tanto en la bibliografía pretérita como en los enfoques coetáneos sobre el Corán. Éramos plenamente conscientes de que muchas de estas aportaciones adolecen, a ojos de la fe islámica, de negar la condición revelada del texto, de ofrecer una visión amputada de la tradición intelectual del islam o de impugnar en bloque la cosmovisión creyente. En casos extremos, tales fuentes destilan una hostilidad apenas encubierta, cuando no desembozada, hacia el islam, hallándose sustentadas en hipótesis sumamente precarias con miras a fines mundanos, tales como la notoriedad académica o el medro profesional.

Volviendo a las exégesis clásicas, cumple precisar para los no familiarizados con ellas que, en rigor terminológico, tafsīr designa un comentario a una sección o a la totalidad del texto coránico ordenado con arreglo a la secuencia canónica de las aleyas, concebido para desentrañar su abanico de significados y sus derivaciones doctrinales. Como se indicó anteriormente, en sentido lato todos los tratados sobre derecho, teología, metafísica, cosmología, ciencias empíricas, espiritualidad, esoterismo y mística cultivados en el seno de la civilización islámica son asimismo glosas continuas del Corán, si bien no se catalogan en rigor en la disciplina de tafsīr según la división clásica de las ciencias. En nuestras notas hemos echado mano primordialmente de las obras de tafsīr, acudiendo en caso necesario a tratados del segundo ámbito.

Los comentaristas tradicionales eran por lo común varones de asombrosa erudición, dueños de un saber enciclopédico no solo del Corán, sino de las diversas disciplinas doctrinales e intelectuales del islam. Sus obras ofrecen por ello un fresco elocuente del vigoroso clima intelectual de su tiempo. Suelen recoger pareceres discordantes sobre materias teológicas, morales o jurídicas, rebatiendo a sus adversarios con firme convicción en sus tesis y, de ordinario, con la cortesía y el miramiento que signaron la controversia docta en la tradición islámica. Basta desgranar las páginas del tafsīr de al-Rāzī o el de al-Qurṭubī para calibrar la efervescencia intelectiva de sus cenáculos y el tono hidalgo de sus disputas. La sola ojeada a tales obras disipará el prejuicio de que los musulmanes profesaron una comprensión rígida y monolítica del Libro Sagrado. En la medida de nuestras fuerzas, nos hemos empeñado en trasvasar tales virtudes a nuestro comentario.

Ensayos

Dado que este volumen fue concebido como una herramienta para el estudio del Corán, incorporamos a sugerencia de la editorial un nutrido corpus de ensayos monográficos encargados de desgranar de forma independiente los temas axiales de la Escritura. En razón del espacio disponible, tampoco aquí nos fue dado ser exhaustivos. A lo largo de la historia islámica se redactaron miríadas de monografías sobre aristas puntuales del texto: desde la lengua, la sintaxis y la salmodia del Libro Sagrado hasta sus cimas metafísicas; desde los anales de la compilación de los códices hasta la historia sagrada en él contenida; desde los preceptos legales hasta las lecturas más esotéricas de ciertas aleyas. Los estudios tradicionales abarcan numerosas disciplinas coránicas que no ha sido posible desgajar en ensayos independientes.

Nos vimos en la necesidad de escoger los asuntos que juzgamos más perentorios para el lector contemporáneo. Como se apuntó, la elección temática correspondió primordialmente a mi criterio, en diálogo constante con los editores, recayendo en cada autor la articulación interna de su ensayo; terciaron asimismo factores como la disponibilidad de los especialistas convocados y su disposición a sumarse a la iniciativa. Con todo, se observó el más escrupuloso celo tanto en la delimitación de los temas como en la selección de las plumas convocadas. Los ensayos configuran, en rigor, un libro exento dentro del propio volumen, y pueden abordarse ora como apéndice doctrinal de la traducción y el comentario, ora como un compendio autónomo sobre materias coránicas rubricado por algunas de las más solventes autoridades musulmanas de nuestros días.

Destinatarios

El comentario ha sido concebido con el empeño de poner al alcance del público lector general —sea musulmán o ajeno a esta fe— una obra transparente, sirviendo al unísono de herramienta rigurosa para investigadores y estudiantes aplicados del texto sagrado. No se precisa noticia previa del idioma árabe ni del léxico técnico del Corán para desentrañar nuestras notas, si bien hemos incorporado la transliteración de los vocablos árabes cuando resultaba ilustrativa para quienes cuentan con nociones de dicha lengua.

The Study Quran fue proyectado tanto para quienes acometen la lectura íntegra del Libro Sagrado como para quienes buscan consultar un asunto o pasaje determinado. Con tal propósito se elaboraron índices pormenorizados y un tupido sistema de concordancias internas, concibiéndose un diseño tipográfico con numeraciones de suras y versículos en color rojo en los encabezados, la traducción y las notas para agilizar la búsqueda expedita de cualquier pasaje. La lectura de la versión no exige abordar forzosamente el aparato crítico ni los ensayos, conformando estos últimos una sección accesoria y complementaria.

Cómo leer The Study Quran

Como se anticipó, para los musulmanes el Corán es la Palabra de Dios: una escritura sacra, no una obra de «literatura», un código civil ni un tratado teológico, filosófico o histórico, si bien hace gala de un estilo literario sin parangón, encierra mandamientos de Derecho Sagrado, rebosa de aleyas de hondo calado metafísico y filosófico y compendia relatos memorables de la historia sagrada. La singular disposición del texto y la cadencia de sus contenidos erigen un desafío particular para el lector moderno. Para el creyente tradicional, el Corán no es una «lectura» ordinaria ni un manual de estudio. Para la mayoría de ellos, el modo más fecundo de compenetrarse con el Libro no consiste en devorar el texto de tapa a tapa de un tirón (salvo ocasiones consagradas, como la lectura íntegra en Ramadán). Consiste, antes bien, en salmodiar un pasaje con viva conciencia de hallarse ante la Palabra divina y meditarlo como alguien cuya alma está siendo interpelada de forma directa, tal como fue interpelada el alma del Profeta en la hora de la revelación. Quienes se acercan por vez primera a esta Escritura harán bien en acometer una lectura corrida inicial, debiendo orientar sus acercamientos posteriores a la meditación pausada de pasajes selectos con arreglo al espíritu indicado.

En este horizonte debe recordarse que el propio Corán discurre de continuo acerca del Origen y el Retorno (al-mabdaʾ wa’l-maʿād), de cómo todas las cosas dimanan de Dios y retornan a Él, Quien no conoce principio ni fin. Siendo la Palabra de Dios, el Corán semeja carecer de principio y término definidos. Ciertas fórmulas y enseñanzas en torno a la Realidad Divina, la condición humana, la existencia terrenal y el Más Allá se reiteran de continuo, mas no constituyen meras redundancias. Antes bien, cada modulación de un término, expresión o aleya abre las compuertas de una galería secreta hacia otras regiones de la Escritura. Cada remate oratorio es siempre el preludio de una verdad aún insospechada. Estas particularidades de la Escritura deben tenerse bien presentes al abordar The Study Quran a fin de extraer el más fecundo fruto del diálogo con sus páginas.

En lo tocante a las notas, en ellas se citan profusamente pasajes del propio texto coránico, pues tales referencias desempeñan un papel capital a la hora de desentrañar de qué suerte unas aleyas arrojan luz sobre otras y se esclarecen mutuamente. Dichas concordancias abarcan a menudo versículos distantes cuya sola mención despeja el alcance de una voz, giro o aleya en litigio. El recurso a este proceder goza de rancio abolengo tradicional, habiendo compuesto incontables exegetas sus obras cimentados en el método de glosar el Corán por medio del propio texto coránico. A diferencia de la Biblia —que asemeja antes una biblioteca que un libro de voz unitaria—, el Corán resuena con una voz única, la Voz de Dios dirigida a un solo profeta, operando en cierto modo como su propia exégesis. Esta naturaleza del texto resultaba patente para los comentaristas clásicos, dueños de un dominio portentoso del corpus coránico íntegro, mas pasa inadvertida para la generalidad de los lectores contemporáneos, de ahí que hayamos juzgado imperioso hacerla visible en nuestras notas.

Los términos técnicos del Corán pueden rastrearse en el índice analítico, dotado de remisiones al texto sagrado y a las notas donde se examinan las voces en cuestión. Con frecuencia, un matiz léxico o la imbricación entre conceptos afines se percibe mejor acudiendo a pasajes análogos, razón por la cual los hemos consignado sistemáticamente. Más aún: los múltiples niveles de significado de una aleya suelen revelarse cotejándola con otros versículos. Y si bien cada palabra e incluso cada letra del Corán encarna una realidad viviente por sí misma, en otro plano cabe afirmar que cada segmento existe en correlación orgánica con los demás, operando en su conjunto a modo de un haz de luz que ilumina el objeto para revelarlo desde las más variadas perspectivas.

Procurar verter y comentar el Corán al inglés con fidelidad entraña formidables desafíos que el lector de The Study Quran debe calibrar. Cuando se recorre la versión bíblica del rey Jacobo (King James Version), no solo se lee una joya de las letras sajonas, sino un texto que forjó en gran medida el inglés moderno en punto a símbolos, metáforas, paremias, giros idiomáticos y registros estilísticos, por no hablar de las nociones religiosas y su formulación verbal. Otro tanto cabe predicar de lenguas islámicas como el persa o el turco, impregnadas de antemano de expresiones, giros y conceptos coránicos. No acontece todavía así, desde luego, con la lengua inglesa en lo que atañe a la Escritura musulmana. Componer The Study Quran en inglés nos planteó por ello un reto inmensamente más arduo que si hubiésemos acometido la empresa en persa o en turco, en cuyos tejidos lingüísticos el Corán se halla íntimamente entretejido. Uno de los anhelos de The Study Quran es contribuir a salvar esa distancia, dando un paso adelante para hacer del inglés «una lengua islámica», desde luego no con afán excluyente, sino a semejanza de lo que ocurre con el bengalí, que es a la par idioma del hinduismo y del islam. Los lectores de The Study Quran habrán de aquilatar en este marco el registro que hemos empleado, concebido a un tiempo para sintonizar con la sensibilidad contemporánea y preservar la naturaleza intemporal del Verbo divino.

Diversas cuestiones estilísticas y técnicas

Al bregar con el caudal de las glosas tradicionales, no siempre resulta expedito deslindar las anotaciones consagradas a aclarar la literalidad lingüística de aquellas otras orientadas a desentrañar el sentido profundo. Semejante distinción dista de ser patente en los tafsīrs clásicos. En nuestro comentario nos hemos esforzado, por ende, en traducir el texto árabe sin incrustar en el cuerpo del versículo una lectura interpretativa forzada; vale decir, sin exigir que un vocablo o frase sugerente y preñada de polisemia en árabe se convierta en una fórmula explícita y unívoca en la versión moderna. En lo relativo a variantes gráficas y lecturas prosódicas de los términos árabes, se debaten en el comentario en aquellos pasajes donde median divergencias doctrinales o exegéticas de bulto. Las recensiones comúnmente admitidas de «lecturas» y «salmodias» (qirāʾah) no se sitúan en un primer plano en nuestras notas, si bien informan su sustancia. Se abordan de forma monográfica, en cambio, en el ensayo «La visión islámica del Corán».

El árabe coránico carece de los signos de puntuación vigentes en las lenguas occidentales, a excepción del signo equiparable al punto final. En rigor, se ha afirmado con acierto que un libro clásico en árabe conforma en cierto sentido un único y dilatado párrafo. Mas la trabazón de la sintaxis arábiga presupone lo que en las lenguas modernas se traduce por comas, puntos y comas, dos puntos y demás signos. Tanto en la traducción como en el comentario hemos hecho uso cabal de la puntuación conforme a las normas ortográficas, empeñándonos al unísono en guardar la mayor fidelidad al flujo de la prosa árabe original.

Asimismo, no existen mayúsculas en árabe; también en este caso nos hemos atenido a las normas ortográficas aplicando mayúsculas a los nombres propios. Por lo demás, no solo todos los Nombres de Dios, sino también los pronombres y posesivos referidos a Él, así como Sus Cualidades, Atributos y Actos directos, han sido rigurosamente capitalizados. En este último extremo, hemos procurado deslindar entre Sus Atributos y Actos universales y directos —que reclaman siempre la mayúscula— y aquellos otros que aluden a manifestaciones delimitadas y particulares de tales atributos en el orden creado. Un caso singularmente arduo lo brinda el término «signo» o āyah, que en rigor teológico exigiría en ocasiones la mayúscula y en otras no; mas para preservar la consistencia y no confundir al lector, optamos por consignar «signo» con minúscula en todas las apariciones.

Diseño

A medida que floreció el arte de la caligrafía coránica y, con posterioridad, la iluminación de manuscritos, las copias del Corán devinieron auténticas obras maestras. En verdad, determinados códices —cual los manuscritos mamelucos, iljánidas, timúridas o magrebíes, ejecutados en diversos estilos caligráficos— se cuentan entre las más insignes cumbres del arte sacro universal, reconocidas unánimemente como tales por los peritos en la materia. Huelga señalar que, por presentarse en lengua vernácula occidental, The Study Quran no puede reflejar de modo directo dicho arte en el cuerpo entero del texto, mas hemos procurado incorporar el mayor caudal posible de dicha estética en el volumen. La basmalah que corona la obra fue caligrafiada de manera exprofeso por el más insigne maestro contemporáneo de la caligrafía arábiga afincado en América, Mohamed Zakariya. Nuestros medallones numéricos exclusivos, trazados por Caner Dagli para este tomo, lucen un motivo octogonal de flor estilizada muy característico de los códices tradicionales y de selectas ediciones impresas, diseñados para acoplarse con gracia a los caracteres de la tipografía elegida para el texto.

La disposición misma de la caja tipográfica, concebida y supervisada por Caner Dagli, refleja en cuanto ha sido posible la presentación secular del Corán. En los códices más primitivos, el texto conforma un bloque continuo donde los versículos se separan mediante un discreto distintivo interlineal o sobre la línea, consistente a menudo en algo tan sobrio como un triángulo de tres puntos. En centurias posteriores, tales marcas adoptaron una prodigiosa variedad de diseños, desde rosetas sencillas hasta primorosos medallones que encarnaban de suyo una obra de arte. Se consolidó asimismo la costumbre de consignar la numeración de la aleya al margen, trazando un medallón que albergaba el guarismo, de suerte que cada versículo quedaba netamente delimitado. Casi todas las ediciones coránicas actuales se atienen a esta usanza, criterio que hemos seguido en The Study Quran. Una salvedad de bulto estriba en que hemos ubicado la numeración del versículo antes del texto correspondiente, en tanto que en las copias árabes la cifra se sitúa al remate de la aleya. Todos estos rasgos, aunados a la impresión en dos tintas, se han conjugado para ofrecer un texto donde las suras y aleyas se individualicen con nitidez, recreando en lo posible una obra que transmita una brizna de la belleza estética de los códices clásicos.

Una plegaria final

Acostumbra el Corán que leen los musulmanes en árabe u otras lenguas islámicas concluir con una plegaria compuesta por una autoridad secular, el calígrafo o el exegeta, dotada por lo común de subido primor literario. Quisimos perpetuar esta venerada usanza en la medida de nuestras fuerzas y, por ende, como editor en jefe de esta obra, clausuro la introducción general con una oración elevada no solo por mi persona, sino por el conjunto de los editores:

¡Oh Autor del libro de la existencia y del Verbo Divino que es el Corán!, Te damos gracias por habernos concedido la gracia de convivir día y noche durante todos estos años con Tu Palabra y de ser transformados por esta experiencia inefable. Cuanto hayamos alcanzado a lograr es fruto de Tu Socorro, y de toda imperfección que albergue nuestra labor asumimos la entera responsabilidad, implorando Tu Perdón ante el Trono de Tu Misericordia. La Perfección Absoluta Te pertenece en exclusiva a Ti y a Tu Palabra revelada, no pudiendo traducción ni comentario humano alguno participar de una Cualidad que es únicamente Tuya. Con todo, Te rogamos que nuestros desvelos hallen acogida grata ante Tus Ojos y que esta obra se erija en guía para quienes anhelan bogar por el océano de Tu Palabra, la cual, aun vertida en lengua humana, se abre en lo hondo a las infinitas extensiones de Tu Realidad. Tú eres el Primero y el Último, lo Manifiesto y lo Oculto. Amén.

Y Dios sabe mejor

wa’Llāh^u aʿlam^u bi’l-ṣawāb

—Seyyed Hossein Nasr

Raŷab 1436

Abril de 2015