La perspectiva coránica de la historia sagrada y de las demás religiones
Joseph LumbardAl presentarse a sí mismo como la revelación final de la tradición judeocristiano-islámica, el Corán relata las historias de los profetas desde Adán hasta Muḥammad, compendiando gran parte de la historia sagrada que le precede.1 Según el Corán, se han enviado profetas en diversas épocas a todas las colectividades humanas con revelaciones en distintas lenguas, pero su mensaje era uno solo: lā ilāha illa’Llāh —no hay más dios que Dios. Desde esta perspectiva, la historia de la humanidad es una historia de olvido y de recuerdo reiterado de esta verdad eterna. De ahí que las pruebas, triunfos, derrotas y rebeliones que afrontaron los antiguos profetas no se narren con miras a la historicidad en el sentido moderno. Antes bien, la historia referida en el Corán cuenta el relato de la lucha épica entre la verdad y la falsedad o entre el bien y el mal que tiene lugar entre los pueblos y en el seno del alma de cada individuo. Desde la perspectiva coránica, los principios que rigen el cosmos determinan asimismo la realidad del microcosmos humano,2 y del mismo modo que la Voluntad de Dios ha forjado el destino de la humanidad, así también modela la vida de cada ser humano individual.
Presentándose como la culminación de toda revelación, el Corán profundiza en el tema de la continuidad religiosa con mayor amplitud que las revelaciones precedentes. La unidad de la revelación en cuanto tal se halla implícita a lo largo de todo el Corán, pero numerosos versículos la hacen explícita. En uno de ellos, Jesús dice a sus discípulos: [Vengo] confirmando lo que había antes de mí, la Torá, y para haceros lícito parte de lo que os estaba vedado (3:50). En esta misma línea, el Corán se presenta a sí mismo como un Libro hecho descender después de Moisés, confirmando lo que vino antes de él, guiando hacia la verdad y hacia un camino recto (46:30). Desde una perspectiva coránica, todo profeta ha confirmado lo que trajeron los profetas anteriores, lo cual es ante todo un mensaje primordial de Unicidad Divina (tawḥīd); así, se le dice al Profeta: Y no enviamos a ningún mensajero antes de ti sin revelarle: «En verdad, no hay más dios que Yo; ¡adoradme, pues!» (21:25). Otros profetas son presentados asimismo diciendo a sus comunidades: ¡Oh, pueblo mío! ¡Adorad a Dios! No tenéis más dios que Él (7:59, 65, 73, 85). Puesto que se sostiene que todo profeta fue enviado con este mismo mensaje esencial, el Corán ordena a los musulmanes creer en todos ellos:
Decid: «Creemos en Dios, y en lo que nos fue hecho descender, y en lo que fue hecho descender a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y las Tribus, y en lo que fue dado a Moisés y a Jesús, y en lo que les fue dado a los profetas de parte de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos, y a Él nos sometemos». (2:136; cf. 3:84)
Cada fase de la tradición abrahámica, e implícitamente de otras tradiciones religiosas, puede concebirse así como la continuación de un único caudal de revelación que comienza con Adán y concluye con el profeta Muḥammad. Las formas del mensaje cambian, por cuanto Dios no ha enviado a ningún mensajero sino en la lengua de su pueblo, para que pudiera explicarles con claridad (14:4). Mas el contenido permanece idéntico, pues la Palabra de tu Señor se ha cumplido en verdad y justicia. Nadie puede alterar Sus Palabras (6:115; cf. 6:34, 10:64, 18:27). Con arreglo a ello, el Corán proclama de sí mismo:
En verdad es una revelación del Señor de los mundos, traída por el Espíritu Fiel sobre tu (de Muḥammad) corazón —para que seas de los advertidores— en una lengua árabe clara. Ciertamente se halla en las escrituras (zubur) de los antiguos. (26:192–96)3
Otro pasaje reza: En verdad esto (el mensaje) se halla en las escrituras antiguas, las escrituras de Abraham y de Moisés (87:18–19).
Confirmando la unidad subyacente a la que aluden tales versículos, se refiere que el profeta Muḥammad dijo: «Los profetas son hermanos de padre; sus madres difieren, pero su religión (dīn) es una sola».4 Así pues, al igual que David, Jesús y otros profetas anteriores a ellos, el profeta Muḥammad no fue enviado para destruir las religiones precedentes, sino para reafirmar su contenido esencial. Desde esta óptica, cada revelación constituye una manifestación formal de una verdad informe y eterna. Las diversas formas religiosas no vulneran la validez y eficacia recíprocas, sino que forman parte de una prueba que los seres humanos afrontan en este mundo, prueba recalcada en 5:48:
A cada uno de vosotros le hemos asignado una ley y una vía. Y si Dios hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad; pero [quiso otra cosa], para probaros en lo que os ha dado. ¡Rivalizad, pues, en las buenas obras! A Dios será vuestro retorno todos juntos, y Él os informará de aquello en lo que discrepabais. (énfasis añadido)
Desde la perspectiva coránica, existen por ende distintas maneras de reverenciar y adorar a Dios para las diversas comunidades humanas. Dios no ha revelado una sola ley, sino múltiples leyes, y a cada ley corresponde una vía particular fundada en la ejecución de ritos privativos de dicha forma de adoración:
A cada comunidad le hemos asignado un rito que han de cumplir; que no disputen, pues, contigo sobre el asunto. Y llama hacia tu Señor. En verdad sigues una guía recta. Y si disputan contigo, di: «Dios sabe mejor lo que hacéis. Dios juzgará entre vosotros el Día de la Resurrección acerca de aquello en lo que solíais discrepar». (22:67–69)
Otros versículos reiteran que el Corán confirma las revelaciones previas e incluso las religiones precedentes (p. ej., 2:97; 3:3; 10:37; 35:31; 46:30).5
La noción de que las escrituras anteriores hayan sido abrogadas en el sentido de haber quedado anuladas o excesivamente desvirtuadas hasta el extremo de que su mensaje ya no refleje la especificidad de las enseñanzas originales, como sostienen algunos musulmanes,6 parecería quedar contradicha por versículos tales como 5:43: ¿Y cómo acuden a ti en demanda de juicio cuando tienen la Torá, en la que se halla el Juicio de Dios? y 5:68: Di: «¡Oh, Gente del Libro! No os apoyáis en nada mientras no observéis la Torá y el Evangelio, y lo que os ha sido hecho descender de parte de vuestro Señor». En esta misma tónica, 5:47 dice de los cristianos: Que la gente del Evangelio juzgue conforme a lo que Dios ha hecho descender en él. Resultaría contradictorio que el Corán hablase de la eficacia de juzgar con arreglo a la Torá y al Evangelio si a la vez sostuviese que tales escrituras han sido abrogadas o excesivamente alteradas. Carecería asimismo de sentido afirmar que las religiones en las cuales tales escrituras son aplicables están caducas, o estaban caducas en la época en que el Corán fue revelado, por cuanto son las metodologías desarrolladas en el seno de dichas religiones las que facultarían a sus fieles para juzgar de conformidad con ellas. Si las religiones precedentes hubiesen sido abrogadas por la revelación del Corán, resultaría inverosímil que se le indicase al profeta Muḥammad solicitar su consejo cuando se dice: Preguntad a la gente del Recuerdo, si no sabéis (16:43; cf. 21:7).7
Las modalidades de oración derivadas de sus escrituras carecerían asimismo de provecho y tendrían escasa o nula eficacia soteriológica, postura que contrastaría de plano con 48:29, que asemeja las oraciones de judíos y cristianos a las de los musulmanes:
Muḥammad es el Mensajero de Dios. Quienes están con él son severos con los incrédulos y misericordiosos entre sí. Los ves inclinándose, postrándose, buscando el favor de Dios y Su complacencia; su señal en sus rostros es la huella de la postración. Tal es su descripción en la Torá. Y su descripción en el Evangelio es como una semilla que echa su brote y lo fortalece, de suerte que cobra grosor y se yergue firme sobre su tallo, complaciendo a los sembradores, para con ellos exasperar a los incrédulos. Dios ha prometido a quienes de entre ellos crean y obren rectamente perdón y una magnífica recompensa.
La forma religiosa
Según el Corán, toda religión entraña la oración, el ayuno y la limosna, entre otras obligaciones, si bien las formas específicas difieren. La concepción coránica de tales diferencias en el credo y en la práctica se halla formulada en 49:13:
¡Oh, humanos! En verdad os hemos creado de un varón y de una hembra, y os hemos constituido en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros. Por cierto que el más noble de vosotros ante Dios es el más temeroso de vosotros.
El hecho de que el más noble sea el más temeroso recalca la importancia preeminente de la reverencia piadosa o taqwā, una conciencia omnímoda de la Realidad Divina, antes bien que el simple hecho de profesar un credo determinado o ciertas formas de práctica.
Esto no significa que los hombres sean libres de inventar nuevos credos, leyes y caminos. Antes bien, indica que Dios ha revelado múltiples vías y múltiples religiones para la humanidad. El hecho de que a otros pueblos se les hayan otorgado credos y ritos distintos para recordar y adorar a Dios brinda así un medio para trascender las diferencias externas y valorar a las personas por aquello que el Corán considera primordial: el grado de su reverencia y piedad hacia Dios. En este sentido, el Corán censura a quienes equiparan los actos exteriores con la fe misma: ¿Acaso consideráis que dar de beber a los peregrinos y atender la Mezquita Sagrada es como quien cree en Dios y en el Último Día y se esfuerza en el camino de Dios? (9:19). Semejante hipocresía delata una grave falta de discernimiento y constituye la marca del fracaso en la prueba a la que se alude en 5:48.
Al igual que la Biblia, numerosos versículos del Corán condenan a quienes no se adhieren a las enseñanzas de los profetas anteriores. Mas tales censuras atañen a quienes falsean la religión sometiéndola a los deseos humanos, no a quienes siguen la religión sometiendo sus deseos a Dios. Por ende, se elogia a quienes continúan sometiéndose a las vías prescritas por los antiguos profetas:
En verdad, quienes creen, y quienes son judíos, y los cristianos y los sabeos —quienquiera que crea en Dios y en el Último Día y obre rectamente tendrá su recompensa junto a su Señor. No habrá temor para ellos ni se entristecerán. (2:62; cf. 5:69)
La amplia aplicabilidad de este versículo es confirmada por Muḥammad ibn Jarīr al-Ṭabarī (m. 310/923), decano de los comentaristas coránicos, quien escribe: «En lo concerniente al otorgamiento de recompensa por las acciones virtuosas con fe, Dios no ha singularizado a unas criaturas Suyas en detrimento de otras».8 Luego refiere la opinión de otros según la cual «aquellos que creen de entre esta comunidad [es decir, los musulmanes], y quienes son cristianos, judíos y sabeos —aquellos de entre los judíos, cristianos y sabeos que creen en Dios y en el Último Día— ellos tendrán su recompensa junto a su Señor. No habrá temor para ellos ni se entristecerán».9 El Corán dice así de quienes siguen las revelaciones precedentes:
Entre la Gente del Libro hay una comunidad recta que recita los signos de Dios en las vigilias de la noche mientras se postra. Creen en Dios y en el Último Día, ordenan el bien y prohíben el mal, y se apresuran hacia las buenas obras. Y ellos se cuentan entre los justos. Cualquier bien que hagan, no les será negado. (3:113–15)10
El Pacto
Al igual que en la Biblia, la visión coránica de la historia humana es la de una humanidad llamada una y otra vez a observar un pacto con Dios.11 El Corán honra el pacto concertado por Dios con las comunidades religiosas anteriores, si bien cada uno de ellos es contemplado tan solo como una manifestación del pacto preeterno que Dios concertó con la totalidad de la humanidad cuando esta se hallaba aún en los lomos de Adán: Y cuando tu Señor extrajo de los Hijos de Adán, de sus espaldas, a su descendencia y les hizo atestiguar sobre sí mismos: «¿Acaso no soy vuestro Señor?», dijeron: «Sí, lo atestiguamos» (7:172). Aunque evocador de la Promesa de Dios a los israelitas en el Éxodo,12 este versículo remite a la existencia anterior a la creación, cuando se refiere que los espíritus de todos los seres humanos fueron congregados ante Dios. ¿Acaso no soy vuestro Señor? es una pregunta retórica mediante la cual Dios afirma Su Realidad principal como Señor de cuanto hay en la tierra y en el Cielo. Y la respuesta humana es la afirmación perenne de este pacto. Todo pacto concertado mientras los seres humanos se hallan en la tierra es, por ende, un reconocimiento, renovación y continuación de este pacto intemporal. Desde esta perspectiva, la historia de la religión es una polifacética serie de reiteraciones temporales de un único pacto pretemporal.
Los versículos siguientes revelan que Dios ha recordado a los seres humanos este pacto pretemporal a través de los diversos profetas, de suerte que ningún ser humano pueda alegar no ser responsable de observarlo:
No fuerais a decir el Día de la Resurrección: «Ciertamente de esto estábamos inadvertidos», o no fuerais a decir: «[Fue] tan solo que nuestros padres asociaron partícipes a Dios antaño, y nosotros éramos su descendencia tras ellos. ¿Acaso nos destruirás por lo que hicieron los falsarios?». (7:172–73)
Visto bajo esta luz, la humanidad entera lleva impresa en su interior la huella del pacto pretemporal. Las funciones de la revelación y de la profecía estriban en despertar nuevamente la conciencia de esta impronta y recordar a todas las gentes que deben guardar el pacto con Dios. De ahí que a cada colectividad humana se le haya enviado un recordatorio: Ciertamente enviamos a cada comunidad un mensajero (16:36). Esto queda reforzado por 10:47: Para cada comunidad hay un mensajero, y cuando llega su mensajero, se juzga entre ellos con equidad y no son agraviados. El Corán menciona un puñado de estos mensajeros por su nombre, mas alude asimismo a la existencia de otros:
En verdad te hemos revelado a ti como revelamos a Noé y a los profetas que le sucedieron, y como revelamos a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y las Tribus, a Jesús, Job, Jonás, Aarón y Salomón, y a David le concedimos los Salmos; y a mensajeros sobre los cuales te hemos relatado antes y a mensajeros sobre los cuales no te hemos relatado; y a Moisés Dios le habló directamente,13 mensajeros albaceas de albricias y advertidores, para que los hombres no tuviesen argumento alguno frente a Dios tras los mensajeros. Y Dios es Poderoso, Sabio. (4:163–65)
Según la tradición islámica, los mensajeros no relatados en el Corán son con mucho más numerosos que los mencionados; se refiere que el profeta Muḥammad declaró que ha habido 315 mensajeros en la historia humana y 124.000 profetas.14
Presentado como una continuación de la línea profética abrahámica, el Corán confirma explícitamente el pacto que Dios concertó con las comunidades precedentes mediante las revelaciones otorgadas a Sus mensajeros. Pero mientras que el Nuevo Testamento pretende instaurar un nuevo pacto que suplanta la alianza concertada entre Dios y los israelitas,15 el Corán aspira a reafirmar la sustancia esencial que subyace en el corazón de todo pacto. Al considerarse al profeta Muḥammad el Sello de los Profetas (khātam al-nabiyyīn; 33:40), se sostiene que clausuró el ciclo profético, pero que no trajo nada concerniente al tawḥīd que no hubiese sido traído por los profetas antecedentes bajo una u otra forma. Como proclama un versículo dirigido al profeta Muḥammad: Nada se te ha dicho a ti que no haya sido dicho a los mensajeros que te precedieron (41:43; véanse asimismo 26:192–96; 87:18–19, citados arriba).
Esta línea de profecía no se inicia con Abraham como en la Biblia; antes bien, según el Corán, da comienzo con Adán, el primero de todos los profetas y el primero con quien Dios trabó un pacto: Y en verdad concertamos un pacto con Adán antaño, mas olvidó. Y no hallamos en él resolución firme (20:115). De ahí que el drama cíclico de recibir, olvidar, quebrantar y renovar el pacto, que constituye un tema central de la Biblia, comience en el Corán con el primer ser humano. La totalidad del drama humano se halla, en efecto, compendiada en la vida de Adán mismo.
El Corán brinda así un relato de la caída de Adán distinto al de la Biblia. Aquí Adán no es tentado a través de Eva; antes bien, tanto Adán como Eva son tentados por Satanás, y ambos son responsables de la caída del Jardín paradisíaco (7:19–22). A causa de su transgresión, la progenie de Adán y Eva es desterrada a la tierra: Mas Satanás les hizo tropezar y los expulsó de donde estaban, y dijimos: «¡Descended [todos], enemigos los unos de los otros! En la tierra tendréis morada y disfrute por un tiempo» (2:36; cf. 7:24). Este descenso, siendo cada cual enemigo del otro, representa la consecuencia de olvidar y quebrar el pacto. Mas, a diferencia del relato bíblico, en el Corán Adán y Eva se arrepienten de su falta: Dijeron: «¡Señor nuestro! Nos hemos hecho daño a nosotros mismos. Si no nos perdonas y tienes misericordia de nosotros, seremos ciertamente de los perdedores» (7:23). Entonces Dios se aplaca y renueva el pacto ofreciendo palabras de revelación:
Luego Adán recibió palabras de su Señor, y Él se aplacó hacia él. En verdad, Él es el Clemente, el Misericordioso. Dijimos: «Descended de él todos juntos. Y si os llega de Mí una Guía, quienquiera que siga Mi Guía no tendrá temor ni se entristecerá». (2:37–38)
Estas palabras recibidas por Adán señalan el inicio del ciclo de la revelación, por cuanto antes de caer de la gracia Adán y Eva no precisaban de palabras para recordar el pacto pretemporal. Mas habiéndolo olvidado, los seres humanos precisan de revelaciones periódicas que les recuerden su verdadera naturaleza y les asistan en el retorno a ella.
La norma primordial
Visto bajo esta perspectiva, la sustancia subyacente de la condición humana es la naturaleza adámica anterior a la caída, una naturaleza en virtud de la cual uno es de continuo consciente del pacto pretemporal con Dios. En el Corán se alude a esta naturaleza como la fiṭrah, la norma primordial. Para restituir a los seres humanos a esta norma primordial, a este equilibrio inherente, es que se configuran todas las religiones. Mas con el decurso del tiempo, los seres humanos pierden de vista esta realidad y proyectan sus prejuicios y predilecciones sobre la religión.16 Las religiones pasan entonces a considerarse absolutas en sí mismas antes que como sendas hacia lo Absoluto. En referencia a semejante involución, se refiere que el profeta Muḥammad declaró: «Todo niño nace según la fiṭrah. Luego sus padres lo hacen cristiano, judío o zoroastriano».17
Esto no entraña que todas las religiones precedentes resulten desviadas en principio. Antes bien, implica que en la medida en que atañe a religiones que han decaído o han sido corrompidas por los seres humanos,18 ya no sirven para propiciar el equilibrio básico a través del sometimiento que todos los profetas practicaron y enseñaron. Con arreglo a la creencia musulmana, todos los hombres continúan naciendo en la fiṭrah y, cuando no se halla desvirtuada, cada fe suministra los medios a través de los cuales uno puede vivir de conformidad con esta disposición humana fundamental y renovar y mantener de ese modo el pacto pretemporal y primordial.19 En consonancia con ello, el Corán preceptúa:
Orienta tu rostro hacia la religión como ḥanīf, conforme a la naturaleza primordial de Dios sobre la cual Él originó a la humanidad —no hay alteración en la creación de Dios; esa es la religión recta, pero la mayoría de los hombres no saben—, volviéndote a Él. Y reverénciale y realiza la oración; y no seas de los idólatras. (30:30–31)
Aquí el vocablo ḥanīf remite a un creyente puro enteramente consagrado a Dios en Su Unicidad y que, por ende, no se deja desviar por las falsas construcciones doctrinales de quienes le rodean.20 Ser un ḥanīf equivale pues a ser un monoteísta puro, a profesar una fe límpida e inquebrantable y, por consiguiente, a vivir en conformidad con la norma primordial conforme a la cual todos los seres humanos fueron creados. No es posible alterar esta naturaleza subyacente, puesto que no hay alteración en la creación de Dios. Aceptar esta verdad y vivir en armonía con la propia naturaleza primordial y fundamental se considera por ende el cimiento y la médula de la adoración verdadera.
Recordando a los seres humanos que la adhesión ciega a una forma religiosa particular no constituye la meta última de la práctica religiosa, el Corán proclama: Por cierto que el más noble de vosotros ante Dios es el más temeroso de vosotros (49:13). Semejante nobleza, reverencia, piedad y devoción se plasman en la cualidad de sometimiento atribuida al profeta Abraham: ¿Y quién es mejor en religión que quien somete su rostro a Dios, y es bienhechor, y sigue el credo de Abraham, como ḥanīf? (4:125).21 El Corán prescribe así: Dirige tu rostro hacia la religión como ḥanīf, y no seas de los idólatras (10:105; cf. 22:31, 30:30), y censura a todo aquel que deje de adherirse a la vía de Abraham: ¿Y quién se aparta del credo de Abraham sino quien envilece su propia alma? Ciertamente le elegimos en este mundo y en el Más Allá estará entre los justos (2:130).
Abraham no fue elegido por profesar un credo y una praxis particulares, sino porque se sometió enteramente a Dios: Cuando su Señor le dijo: «¡Sométete!», dijo: «Me someto al Señor de los mundos» (2:131). De este modo, la realidad fundamental del sometimiento no puede circunscribirse a forma particular alguna; antes bien, el sometimiento universal y no confesional constituye la condición sine qua non para observar el pacto de Dios y preexiste a la religión que adopta el nombre de «sometimiento»: islām. Tanto para los musulmanes como para los no musulmanes de hoy, islām se toma como una referencia a la religión codificada de quienes siguen a Muḥammad. Mas su uso coránico primigenio atañe a la sumisión de todos los seres humanos a Dios y a la actitud de sometimiento que se considera inherente a la fe verdadera. Este sometimiento universal y preconfesional se presenta a lo largo del Corán como la quintaesencia de todas las religiones. En numerosos y diversos versículos, los profetas Noé, Abraham, Jacob, Isaac, Ismael y José se autodenominan o son llamados sometidos (muslimūn) o suplican a Dios que los constituya en verdaderos sometidos.22
Cada profeta observa el sometimiento universal al que alude la historia de Abraham, mas simultáneamente trae consigo una forma específica de sometimiento con leyes y ritos particulares. Aunque relativas en sí mismas, tales formas encierran y transmiten algo de lo Absoluto. Así, en tanto que reiteración del pacto pretemporal, cada forma participa de la misma sustancia, mas como forma excluye a las restantes, pues está en la naturaleza de la forma excluir a otras formas. Aunque la mayoría de las autoridades religiosas niegan otras formas religiosas para salvaguardar la santidad de una de ellas, el Corán combate la propensión a convertir una única forma de sometimiento —una sola modalidad de observancia del pacto— en absoluta en sí misma. De este modo salvaguarda tanto el Absoluto Inmutable, que cada religión procura transmitir, como el Infinito Trascendente, del cual la multiplicidad de la revelación rinde testimonio. Por ende, el Corán critica a quienes se apropian de Abraham y de otros profetas de manera exclusiva:
¿O decís acaso que Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y las Tribus eran judíos o cristianos? Di: «¿Acaso sabéis vosotros más, o Dios?». ¿Y quién es más injusto que quien oculta un testimonio que tiene de Dios? Dios no está desatento a lo que hacéis. (2:140)
Lejos de ser descrito como judío o cristiano, Abraham es retratado nuevamente como un ḥanīf:
¡Oh, Gente del Libro! ¿Por qué disputáis acerca de Abraham, cuando ni la Torá ni el Evangelio fueron hechos descender sino después de él? ¿Es que no razonáis? ¡Mirad! Vosotros sois quienes habéis disputado acerca de lo que tenéis conocimiento; ¿por qué disputáis entonces acerca de lo que no tenéis conocimiento? Dios sabe y vosotros no sabéis. Abraham no fue judío ni cristiano, sino que fue un ḥanīf, un sometido (muslim), y no fue de los idólatras. (3:65–67, énfasis añadido)
A primera vista, tales versículos parecieran rechazar el judaísmo y el cristianismo en beneficio del islam, mas estos y muchos otros versículos análogos pueden leerse asimismo como una confirmación de todas las modalidades de sometimiento, esto es, de todas las religiones reveladas. El Corán jamás declara que el pacto según fue observado por las comunidades religiosas precedentes haya sido abrogado o haya quedado obsoleto.23 Antes bien, ratifica el pacto de quienes vinieron antes, exhorta a todos los hombres a seguir la vía que antecede a las adscripciones sectarias —la vía de Abraham: Di: «Dios ha dicho la verdad. Seguid, pues, el credo de Abraham, un ḥanīf, que no fue de los idólatras» (3:95)— y advierte a los creyentes no establecer distinciones entre los profetas de Dios: Os ha prescrito como religión lo que encomendó a Noé, y lo que te hemos revelado a ti, y lo que encomendamos a Abraham, a Moisés y a Jesús: que mantengáis la religión y no os dividáis en ella (42:13).
El pacto judío en el Corán
Desde la perspectiva coránica, nada podría ser más trascendental que la diferencia fundamental entre quienes observan el pacto con Dios y quienes lo quebrantan. Esta demarcación esencial se halla trazada en el siguiente pasaje:
¿Acaso quien sabe que lo que te ha sido hecho descender de parte de tu Señor es la verdad es como quien está ciego? Solo recapacitan los dotados de intelecto, quienes cumplen el pacto de Dios y no quebrantan la alianza, y quienes mantienen unido lo que Dios ha ordenado unir, y temen a su Señor y recelan de un mal cómputo, y quienes son perseverantes buscando el Rostro de su Señor, realizan la oración y gastan de lo que les hemos provisto, en secreto y en público, y repelen el mal con el bien. Para ellos será la recompensa de la Morada: los Jardines del Edén en los que entrarán junto a los justos de entre sus padres, sus cónyuges y su descendencia; y los ángeles entrarán ante ellos por todas las puertas: «Paz sobre vosotros porque fuisteis pacientes». ¡Qué excelente es la Morada Postrera! Y para quienes quebrantan el pacto de Dios tras haber concertado Su alianza, y cortan lo que Dios ordenó que estuviera unido, y corrompen en la tierra: sobre ellos recaerá la maldición y suya será la mala morada. (13:19–25)
Con arreglo a este pasaje, todas las comunidades religiosas han de ser juzgadas por la medida en que hayan sido capaces de perseverar en la observancia del pacto con Dios.
Muchas apariciones del vocablo «pacto» en el Corán remiten por ende al pacto específico concertado con los Hijos de Israel:
Y elevamos el Monte sobre ellos,24 al [concertar] su pacto, y les dijimos: «Entrad por la puerta postrándoos», y les dijimos: «No transgredáis el sábado». Y concertamos con ellos un pacto solemne. (4:154)
Dios concertó un pacto con los Hijos de Israel y designamos de entre ellos a doce jefes. Y Dios dijo: «¡Ciertamente estoy con vosotros! Si realizáis la oración, dais la limosna y creéis en Mis mensajeros y los apoyáis, y prestáis a Dios un préstamo hermoso, expiaré ciertamente vuestras malas acciones y os haré entrar en Jardines por los que corren ríos. Pero quienquiera de vosotros descrea después de esto, ciertamente se habrá extraviado del camino recto». (5:12)
Al igual que numerosos pasajes bíblicos, versículos como estos llaman a un retorno al pacto que Dios concertó con Su «pueblo elegido» y prometen que si guardan el pacto, Dios guardará el pacto: ¡Oh, Hijos de Israel! Recordad Mi favor con que os agracié, y cumplid Mi pacto, que Yo cumpliré vuestro pacto (2:40). Con todo, tales versículos sirven asimismo de advertencia de lo que acaecerá a quienes no observen el pacto, pues no ha habido comunidad por la que no haya pasado un advertidor (35:24). Aproximadamente un tercio del Corán es en verdad una rememoración de los desafíos afrontados por los antiguos profetas al procurar transmitir el mensaje de Dios.25 La épica lucha de Moisés frente al Faraón y frente a su propio pueblo constituye la narración más prominente, presentándose en al menos diez pasajes y siendo aludida en muchos otros.26
El trazado básico de la vida de Moisés en el Corán coincide con el de la Biblia, con variaciones menores que reflejan otros aspectos de su misión profética.27 Al igual que en la Biblia, esta misión comienza a la edad de cuarenta años, cuando se topa con la zarza ardiente y a él y a su hermano Aarón se les encomienda:
«¡Id entrambos ante el Faraón! ¡En verdad se ha rebelado! Mas habladle con palabras suaves, para que acaso recuerde o sienta temor». Dijeron: «¡Señor nuestro! Tememos ciertamente que se precipite contra nosotros o que se extralimite». Dijo: «¡No temáis! Ciertamente Yo estoy con vosotros dos; escucho y veo. ¡Acudid, pues, ante él y decid: 'Ciertamente somos dos mensajeros de tu Señor. Deja partir con nosotros a los Hijos de Israel y no los castigues!'». (20:43–47)
A esta advertencia inicial le suceden múltiples tribulaciones hasta que el Faraón libera a los israelitas, a quienes se reconoce como el «pueblo elegido» al que Dios favoreció por encima de los demás (2:47, 122; 45:16). En su marcha hacia la tierra prometida, Moisés es convocado al Monte Sinaí, donde permanece cuarenta días; regresa para encontrarse con que el pueblo se ha entregado a la adoración del becerro de oro, desatendiendo así cuanto había sido ordenado y quebrando el pacto con Dios. A diferencia del relato bíblico, sin embargo, en el Corán no se inculpa a Aarón de esta transgresión. En su lugar, es un individuo denominado «el samaritano» (al-Sāmirī) quien dice al pueblo: Este es vuestro dios y el dios de Moisés, mas él ha olvidado (20:88). Moisés se enfurece y arroja las tablas que le habían sido entregadas por Dios (7:150); regresa luego a la montaña y recibe un nuevo juego de tablas.
Al alcanzar la tierra prometida, los israelitas desobedecen nuevamente a Moisés por temor a sus moradores:
«¡Oh, pueblo mío! Entrad en la Tierra Santa que Dios os ha prescrito y no retrocedáis, o resultaréis perdedores». Dijeron: «¡Oh, Moisés! En ella habita un pueblo tiránico. No entraremos en ella hasta que salgan de ella. Si salen de ella, entraremos». Dos hombres a quienes Dios había agraciado de entre los que Le temían dijeron: «¡Entrad sobre ellos por la puerta, pues cuando hayáis entrado por ella seréis vencedores! Y confiad en Dios, si sois creyentes». Dijeron: «¡Oh, Moisés! Jamás entraremos en ella mientras permanezcan allí. ¡Ve tú y tu Señor y pelead! Nosotros nos quedaremos aquí sentados». (5:21–24)
Por su intransigencia, a los israelitas se les prohíbe entrar en la tierra prometida durante cuarenta años: Ciertamente les estará vedada durante cuarenta años, mientras vagarán por la tierra. No te aflijas, pues, por el pueblo impío (5:26).
A diferencia de la Biblia, el destino de Moisés tras este suceso jamás se hace explícito en el Corán. Los israelitas, no obstante, son aludidos en diversos versículos que ilustran los continuos esfuerzos de Dios por guiarlos. Tales relatos coránicos reflejan el lamento bíblico: «Traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno» (Isaías 24:5), mas asimismo que
Se acuerda para siempre de su pacto; de la palabra que mandó para mil generaciones, la cual concertó con Abraham, y de su juramento a Isaac. La estableció a Jacob por decreto, a Israel por pacto sempiterno. (Salmo 105:8–10)
El pacto cristiano en el Corán
Los pasajes coránicos citados con anterioridad reflejan aquellos pasajes de la Biblia que versan sobre el pacto concertado con los profetas precedentes. Otros pasajes añaden a Jesús y a Muḥammad a la nómina de aquellos con quienes Dios concertó un pacto: Y [recuerda] cuando concertamos con los profetas su pacto, y contigo, y con Noé, Abraham, Moisés y Jesús, hijo de María; concertamos con ellos un pacto solemne (33:7). Esto ratifica, al igual que las Epístolas del Nuevo Testamento, que el nuevo pacto sellado a través de la alianza de Jesús con Dios es una continuación y universalización del pacto que previamente había sido sellado a través del pacto con Moisés y los Hijos de Israel.
En el Corán se alude a Jesús como un mensajero de Dios y como Su Palabra (3:45; 4:171), asistido por el Espíritu Santo (2:87, 253; 5:110). Aunque se le reconoce como el Mesías (al-Masīḥ), no se le denomina «Hijo de Dios» ni «Dios encarnado».28 La creencia en la encarnación de Dios en Jesús es, en efecto, rechazada en dos versículos coránicos: Ciertamente han caído en la incredulidad quienes dicen: «Dios es el Mesías, hijo de María» (5:17, 72). El Corán recalca que Jesús no era Dios, sino un siervo y mensajero de Dios: El Mesías jamás desdeñaría ser siervo de Dios (4:172); El Mesías, hijo de María, no era sino un mensajero —mensajeros pasaron antes de él. Y su madre era veraz. Ambos comían alimentos (5:75).
A pesar de este énfasis en su naturaleza humana, a Jesús se le reconoce una posición excelsa respecto a otros profetas: Esos son los mensajeros. Hemos favorecido a unos por encima de otros. Entre ellos hay aquellos a quienes Dios habló, y a algunos los elevó en grados. Y a Jesús, hijo de María, le concedimos pruebas claras y le fortalecimos con el Espíritu Santo (2:253). El testimonio más patente de la distinción singular de Jesús entre los profetas estriba en el milagro del parto virginal, del cual da fe el Corán:
Y recuerda a María en el Libro, cuando se retiró de su familia hacia un lugar oriental. Y colocó un velo entre ella y ellos. Entonces le enviamos a Nuestro Espíritu, que tomó ante ella la apariencia de un hombre perfecto. Ella dijo: «¡Me refugio de ti en el Misericordioso, si eres temeroso de Dios!». Dijo: «Solo soy un mensajero de tu Señor, para otorgarte un hijo puro». Dijo ella: «¿Cómo habré de tener un hijo cuando ningún hombre me ha tocado ni he sido deshonesta?». Dijo: «Así será. Tu Señor dice: 'Eso es fácil para Mí'». Y [es así] para hacer de él un signo para los hombres y una misericordia venida de Nosotros. Y es un asunto decretado. (19:16–21; véase también 3:45–47)29
Se refiere que el profeta Muḥammad confirmó que de entre todos los seres humanos, únicamente Jesús y la Virgen María nacieron exentos del estigma del pecado: «No hay recién nacido entre los descendientes de Adán al que Satanás no toque. Por ello el niño prorrumpirá en llanto al momento de su nacimiento por causa del roce de Satanás, salvo María y su hijo».30
No solo el nacimiento de Jesús fue un milagro, sino que otros pasajes rinden testimonio de un poder vivificante y creador privativo de Jesús que no fue otorgado a ningún otro profeta:
En verdad os he traído un signo de parte de vuestro Señor. Crearé para vosotros de arcilla la figura de un pájaro. Luego soplaré en él y será un pájaro con la venia de Dios. Y sanaré al ciego de nacimiento y al leproso y devolveré la vida a los muertos con la venia de Dios. Y os informaré de lo que coméis y de lo que almacenáis en vuestras casas. En verdad en ello hay un signo para vosotros, si sois creyentes. (3:49; véase también 5:110)
A despecho de estas aseveraciones de los poderes divinamente concedidos a Jesús, el concepto de la Trinidad es objeto de crítica en el Corán: Y no digáis «Tres». ¡Desistid! Es mejor para vosotros. Dios es un solo Dios; ¡glorificado sea! (4:171). Otro versículo resulta aún más severo, condenando a quienes afirman que Dios es uno de tres: Ciertamente han caído en la incredulidad quienes dicen: «En verdad Dios es el tercero de tres», cuando no hay dios sino un solo Dios. Si no desisten de lo que dicen, un castigo doloroso alcanzará a quienes de entre ellos hayan descreído (5:73). Esto, no obstante, no constituye una condena directa de la teología cristiana, pues la teología trinitaria no postula que Dios sea uno de tres, sino que habla del Dios trino, Quien es a la vez uno y trino de un modo que trasciende el entendimiento humano.31 Considerado bajo esta óptica, 5:73 no combate las diversas formulaciones doctrinales trinitarias ortodoxas que han imperado durante la mayor parte de la historia cristiana. Antes bien, parece impugnar malentendidos toscos de la doctrina que inducirían a creer que existen tres dioses en lugar de uno. Que el tratamiento coránico de la Trinidad va enderezado contra desviaciones conceptuales de la doctrina cristiana queda de manifiesto en 5:116–17:
Y cuando Dios dijo: «¡Oh, Jesús, hijo de María! ¿Dijiste tú a los hombres: 'Tomadme a mí y a mi madre como dioses fuera de Dios'?», dijo: «¡Gloria a Ti! No me corresponde decir aquello a lo que no tengo derecho. Si lo hubiera dicho, Tú bien lo habrías sabido. Conoces lo que hay en mí y yo no conozco lo que hay en Ti. En verdad Tú eres el Conocedor supremo de lo oculto. No les dije sino lo que me ordenaste: '¡Adorad a Dios, mi Señor y vuestro Señor!'».
Aunque existen múltiples correspondencias entre los relatos de Jesús en el Corán y en los Evangelios, la mayoría de las divergencias pueden comprenderse e incluso resolverse contextualizándolas en el seno de los diversos marcos teológicos en que brotan. Resulta, empero, casi imposible reconciliar la discrepancia de mayor envergadura: la que media entre los distintos relatos de la muerte de Jesús. Los cristianos sostienen que Jesús cargó con los pecados de toda la humanidad y fue crucificado para su salvación, mas el Corán declara:
Y por haber dicho: «Hemos dado muerte al Mesías, Jesús, hijo de María, el mensajero de Dios», cuando no le mataron ni le crucificaron, sino que así se lo pareció. Y quienes discrepan acerca de él se hallan ciertamente en duda al respecto. No tienen de ello conocimiento alguno, sino que siguen conjeturas; con certeza no le dieron muerte. Mas Dios le elevó hacia Sí, y Dios es Poderoso, Sabio. (4:157–58, énfasis añadido)
La mayoría de los doctores musulmanes a través de las centurias y hasta nuestros días han interpretado estos versículos como una negación frontal de la crucifixión. Sostienen que Jesús fue elevado corporalmente directo al Cielo y que otro fue crucificado en su lugar. En la tradición exegética, suele aducirse que a quien traicionó a Jesús se le confirió su semblante y hubo de padecer en el madero. Otros exégetas sostienen que Jesús fue clavado en la cruz, mas tan solo perdió el conocimiento, tras lo cual fue descendido y depositado en el sepulcro.32 No existe, con todo, respaldo directo para ninguna de estas interpretaciones en el Corán mismo ni en las sentencias del profeta Muḥammad. Uno de los más ilustres exégetas musulmanes, Fakhr al-Dīn al-Rāzī (m. 606/1210), llega a declarar que todas estas explicaciones «son mutuamente contradictorias e incompatibles».33 La crucifixión constituye así un aspecto de la misión de Jesús respecto al cual acaso musulmanes y cristianos no logren concertar un terreno común. Con todo, ambos coinciden en que Dios le elevó hacia Sí (4:158), y en que quienes siguen a Jesús son favorecidos por Dios por encima de quienes no lo hacen, tal como Dios proclamó: ¡Oh, Jesús! Ciertamente voy a tomarte y elevarte hacia Mí, y purificarte de los que han descreído, y colocar a quienes te siguen por encima de los que han descreído, hasta el Día de la Resurrección (3:55).
La divergencia de fondo entre las concepciones islámica y cristiana de Jesús radica en que el islam sigue al Corán al buscar invariablemente reafirmar la trascendencia de lo Divino focalizándose en la humanidad de Jesús, en tanto que la teología cristiana tradicional presupone su divinidad al tiempo que ratifica su humanidad. Ello se deriva de la dispar naturaleza de cada tradición religiosa. El islam hace hincapié en lo Absoluto, Quien es Uno en Sí Mismo y por Sí Mismo, allende cualquier otra cosa, mientras que el cristianismo enfatiza la manifestación de lo Absoluto en Jesús.
Estos disímiles acentos se reflejan en las dispares circunstancias religiosas, históricas y sociológicas en cuyo seno se manifestaron Jesús y el profeta Muḥammad. Jesús acudió a una colectividad primordialmente judía que ya se hallaba versada en las enseñanzas del monoteísmo abrahámico y alerta ante los extravíos de la idolatría. El profeta Muḥammad surgió en una comunidad aún supeditada al influjo del politeísmo y del culto a las imágenes. La comunidad a la que Jesús predicó fue inculpada de olvidar el verdadero significado y propósito de la escritura y de obcecarse en las minucias de la ley en detrimento del espíritu. La comunidad a la que predicó el profeta Muḥammad fue reprochada por ignorar por entero la existencia misma de la revelación.
Cada mensaje acentuó de este modo facetas dispares de la Palabra Divina, al tiempo que comprendía implícitamente la totalidad. El mensaje del Nuevo Testamento se centra en la Presencia de lo Divino en la persona de Jesús. El mensaje transmitido por el profeta Muḥammad se centra en la verdad perenne de la Palabra Divina en el Corán y en todas las revelaciones precedentes. Supedita por ende a todos los profetas a una función secundaria en relación con la Palabra Divina en Sí, a través de la cual todas las escrituras son reveladas.
La noción de que cada revelación es determinada por Dios para el grupo humano destinado a recibirla se halla consignada en 14:4: Y no hemos enviado a ningún mensajero sino en la lengua de su pueblo, para que pudiera explicarles con claridad. Desde esta perspectiva, cada revelación encierra necesariamente en principio la totalidad de la Sabiduría de Dios, por cuanto constituye la Palabra Divina como tal.34 Mas cada revelación subraya además facetas diversas de dicha Palabra con arreglo a las necesidades de la colectividad humana a la cual es enviada. Jesús es considerado de este modo como la Palabra de Dios Misma (4:171), si bien continúa siendo un mensajero.
A diferencia de los Evangelios y de las Epístolas, el Corán no declara que el pacto sellado a través de Jesús suplante el pacto con Abraham o el concertado con los Hijos de Israel. El Corán hace recaer, no obstante, sobre los cristianos las condenaciones veterotestamentarias y neotestamentarias vertidas contra quienes quebrantan el pacto de Dios: Y con quienes dijeron: «Somos cristianos», concertamos un pacto. Mas olvidaron una parte de aquello de lo que se les había recordado (5:14). De este modo, el Corán se presenta a sí mismo como un eslabón de la cadena ininterrumpida de escrituras abrahámicas en las cuales Dios renueva el pacto, tan solo para verlo quebrado por los seres humanos y olvidado una y otra vez. Luego, por misericordia y amor, Él se apiada de la humanidad, suministrando un nuevo recordatorio del pacto eterno y un nuevo cauce para observarlo. El pacto coránico es así una continuación de la historia sagrada expuesta tanto a guisa de reafirmación del único pacto pretemporal como de prolongación del pacto (o pactos) que Dios trabó a través de la Torá y de los Evangelios. Como reza el Corán:
Ciertamente Dios ha comprado a los creyentes sus vidas y sus bienes a cambio de que sea para ellos el Jardín. Combaten en el camino de Dios, dando muerte y hallando la muerte. [Es] una promesa vinculante para Él en la Torá, en el Evangelio y en el Corán. ¿Y quién es más fiel a su pacto que Dios? ¡Alegraos, pues, del trato que habéis concertado! Ese es ciertamente el triunfo supremo. (9:111)
El Corán no reafirma el pacto porque las religiones anteriores se juzguen inválidas, sino porque quienes las siguieron olvidaron una parte de su religión:
Luego, por haber quebrado su pacto, los maldecimos y endurecimos sus corazones. Trastrocan el sentido de las palabras y han olvidado parte de aquello que se les recordó. No cesarás de descubrir felonías en ellos, salvo en unos pocos. Perdónales, pues, y pasa por alto. En verdad Dios ama a los bienhechores. (5:13)
El relato coránico no aporta los pormenores del pacto, según se hallan en las escrituras hebreas y en los Evangelios. Se concentra en cambio en el principio del pacto y en cómo las comunidades anteriores olvidaron parte de aquello que se les recordó. En efecto, esta propensión a desatender una porción de lo que Dios ha revelado constituye el drama religioso desplegado en la totalidad de las escrituras abrahámicas. Al igual que acaeciera con los profetas hebreos, las censuras que el Corán vierte sobre las comunidades religiosas precedentes se formulan con miras a restaurar el pacto con cada ser humano individual y con la humanidad en su conjunto. Por consiguiente, el Corán jamás condena a las restantes religiones reveladas como tales.
Al referirse a las desviaciones incurridas por las comunidades anteriores, nos recuerda incluso que subsisten algunos pocos que perseveran en la práctica con reverencia y piedad. Promete de este modo: Y para quienes se aferran al Libro y cumplen la oración: ciertamente no desatenderemos la recompensa de los rectos (7:170). No obstante, quienes quebrantan el pacto de Dios tras haber concertado Su alianza, y cortan lo que Dios ordenó que estuviera unido, y corrompen en la tierra: esos son los perdedores (2:27). De ahí que el Corán implore: No vendáis el pacto de Dios por vil precio. Ciertamente lo que está junto a Dios es mejor para vosotros, si supierais (16:95). Dando un paso más allá, el Corán plantea inclusive que la recompensa de los justos que se aferran al Libro de Dios no se circunscribe exclusivamente a los musulmanes:
En verdad, quienes creen, y quienes son judíos, y los cristianos y los sabeos —quienquiera que crea en Dios y en el Último Día y obre rectamente tendrá su recompensa junto a su Señor. No habrá temor para ellos ni se entristecerán.35 (2:62)
Traicionar el pacto
Cambiar o vender el pacto, los versículos o la guía de Dios por vil precio es objeto de severa censura en diversos pasajes coránicos. Ello denota una palmaria carencia de discernimiento que induce a preferir los vanos deleites de este mundo por encima de los gozos del mundo venidero:
Quienes venden el pacto de Dios y sus juramentos por vil precio no tendrán parte alguna en el Más Allá; Dios no les hablará ni les mirará el Día de la Resurrección, ni los purificará. Y tendrán un doloroso castigo. (3:77)
Vender el pacto por vil precio equivale así a quebrar el pacto, y se cuenta entre las transgresiones capitales imputadas a las comunidades religiosas anteriores. El Corán asevera que este es el proceso en el que incurrieron muchos entre todos los pueblos, e insinúa incluso que muchos de aquellos a quienes se expone el Corán se verán confrontados a idéntica tesitura:
Ciertamente te hemos hecho descender signos claros, y solo los impíos descreen de ellos. ¿Acaso no es así: que cada vez que conciertan un pacto, una facción de ellos lo desecha? Antes bien, la mayoría de ellos no creen. Y cuando les llegó un mensajero venido de Dios, confirmando lo que tenían consigo, una facción de aquellos a quienes se les había dado el Libro arrojó el Libro de Dios a sus espaldas, como si no supieran. (2:99–101)
Tales versículos revelan que, si bien los preceptos exteriores de la religión pueden subsistir, los principios y la guía espiritual que transmiten pueden caer en el olvido. Las personas de distintos credos disputarán entonces sobre las formas, por cuanto han olvidado sus significados íntimos. Con todo, el Corán asevera que un remanente fiel permanecerá verdaderamente leal:
Y [recordad] cuando concertamos un pacto con los Hijos de Israel: «No adoréis sino a Dios; sed bondadosos con los padres, con los parientes, con los huérfanos y con los necesitados; y hablad a la gente con buenas palabras; y realizad la oración y entregad la limosna». Luego os apartasteis, salvo unos pocos de vosotros, desentendiéndoos. (2:83, énfasis añadido)
La nueva forma del Pacto Único
Tras haber sentado la continuidad del pacto a través de la historia de la profecía, a pesar de haber sido reiteradamente quebrado y olvidado, el Corán aborda el pacto que Dios concertó con los seguidores de Muḥammad. Como proclama uno de los últimos versículos en ser revelados: Y recordad el favor de Dios sobre vosotros y Su pacto con el que os vinculó, cuando dijisteis: «Escuchamos y obedecemos». Y temed a Dios. En verdad Dios conoce lo que encierran los pechos (5:7). Evocador de versículos coránicos dirigidos a los Hijos de Israel, este versículo sucede a una elucidación de la manera en que los musulmanes han de purificarse para la plegaria. Ello alude al hecho de que la modalidad específica de oración revelada a través de Muḥammad constituye el cauce mediante el cual los musulmanes han de observar el pacto, al igual que hicieron los judíos mediante el sacrificio en el Templo y los cristianos a través de los sacramentos.
Las prácticas cardinales del islam, los «cinco pilares» según se les conoce —el testimonio de la Unicidad de Dios, la oración, la caridad, el ayuno y la peregrinación— pueden concebirse así como cauces mediante los cuales los seres humanos retornan a su naturaleza primordial, la fiṭrah, donde permanecen de continuo conscientes del pacto con Dios. Cuando se observan con sinceridad, los ritos del islam, semejantes a los del judaísmo y del cristianismo, sirven para reintegrar y reorientar los elementos dispersos de la propia naturaleza humana. El ritmo de la vida pasa a articularse de este modo según las pautas que Dios ordenó para la humanidad, antes bien que según las aberraciones que los seres humanos han forjado para sí mismos. Se torna posible entonces vivir una existencia cimentada en aquello de lo cual la revelación les ha hecho memoria, en vez de olvidar una porción de cuanto a toda la humanidad se le recordó, quebrando con ello el pacto.
En tanto que modalidades particulares de observancia, cada religión encarna la plenitud del pacto primordial, la religión de la fiṭrah, que fue la religión de Abraham: devoción sincera y sumisión universal (islām). Mas siendo el pacto intemporal, no es en su esencia de este mundo y por ende no puede quedar confinado a una manifestación singular: a una única religión. Por esta razón, el Corán enfatiza los principios eternos y las prácticas fundamentales que trascienden la particularidad de cada pacto a fin de reafirmar lo que postula como la pura esencia de todos los pactos: la sumisión plena a Dios.
Notas
Notas
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Para un tratamiento exhaustivo de la historia de los profetas y de la profecía en el Corán, véase Brannon M. Wheeler, Prophets of the Quran: An Introduction to the Quran and Muslim Exegesis (Nueva York: Continuum, 2002); véase asimismo Uri Rubin, «Prophets and Prophethood», en The Blackwell Companion to the Qurʾān, ed. Andrew Rippin (Malden, MA: Blackwell, 2006), 234–47. ↩
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En este sentido, el Corán afirma: Les mostraremos Nuestros signos en los horizontes y en ellos mismos hasta que les resulte claro que es la verdad (41:53). ↩
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La palabra zubur se traduce aquí como «escrituras». El singular, zabūr, identifica la revelación concedida al profeta David (4:163; 17:55). Zubur podría verterse por tanto como «Salmos» o «escrituras». ↩
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Al-Bukhārī 60.51 (n.º 3481). ↩
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Diversos versículos hablan asimismo de Jesús confirmando lo que vino antes de él (3:50; 5:46; 61:6), y de Moisés confirmando lo que ya obraba en poder de su pueblo, a saber, la Torá (2:41, 89, 91; 4:47). ↩
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Para un estudio sobre los musulmanes que sostuvieron que las escrituras anteriores habían sido abrogadas, véase Camilla Adang, Muslim Writers on Judaism and the Hebrew Bible from Ibn Rabban to Ibn Ḥazm (Leiden: Brill, 1996), cap. 6. ↩
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Que la gente del Recuerdo remite a la Gente del Libro, o más específicamente a los creyentes de entre la Gente del Libro, constituye la postura mayoritaria de los exégetas clásicos. Véanse, p. ej., Muḥammad ibn Jarīr al-Ṭabarī, Jāmiʿ al-bayān ʿan taʾwīl āy al-Qurʾān, ed. Maḥmūd Shākir al-Ḥaristānī, 30 vols. (Beirut: Dār Iḥyāʾ al-Turāth al-ʿArabī, 1421/2001), 14:130; Abū Muḥammad Farrāʾ al-Baghawī, Maʿālim al-tanzīl, 4 vols. (Beirut: Dār al-Kutub al-ʿIlmiyyah, 1424/2004), 3:58; y Muḥammad ibn Aḥmad al-Qurṭubī, al-Jāmiʿ li-aḥkām al-Qurʾān, ed. Muḥammad Ibrāhīm al-Ḥafnāwī, 10 vols. (El Cairo: Dār al-Ḥadīth, 1323/2002), 5:460. ↩
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Al-Ṭabarī, Jāmiʿ al-bayān, 1:369. Respecto a la pretensión de que 2:62 haya sido abrogado por 3:85, el comentarista del siglo VI/XII al-Ṭabrisī afirma: «Esto se halla muy alejado [de la verdad], por cuanto no es admisible aplicar la abrogación a un relato que encierra una Promesa [Divina]». Abū ʿAlī al-Faḍl al-Ṭabrisī, Majmaʿ al-bayān fī tafsīr al-Qurʾān, 10 vols. (Beirut: Muʾassasat al-ʿĀlamī, 1415/1995), 1:244. ↩
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Al-Ṭabarī, Jāmiʿ al-bayān, 1:373. ↩
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Muchos prefieren interpretar estos versículos como una alusión a un grupo de judíos que abrazaron el islam, mas tal argumento resulta ilógico, por cuanto habrían dejado de ser designados como «Gente del Libro» tras integrarse en la comunidad islámica. Además, numerosos comentaristas, tales como al-Qurṭubī (2:532), señalan asimismo que podría remitir a un grupo de la Gente del Libro que cree, frente a otro grupo que descree (como en 98:1–4). Al-Ṭabarī concede primacía a esta interpretación, aduciendo que remite a dos sectores entre la Gente del Libro: uno creyente y otro incrédulo (4:67). ↩
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Si bien la presentación bíblica del pacto o alianza es objeto de ardiente controversia, dificultando comparaciones específicas entre los relatos coránico y bíblico, el concepto general resulta con todo lo bastante afín como para justificar el paralelo. Para el tratamiento bíblico del pacto, véase Delbert R. Hillers, Covenant: The History of a Biblical Idea (Baltimore: Johns Hopkins Univ. Press, 1969). ↩
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«Tomó luego [Moisés] el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: 'Haremos todas las cosas que el Señor ha dicho, y obedeceremos'. Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: 'He aquí la sangre del pacto que el Señor ha concertado con vosotros sobre todas estas palabras'» (Éxodo 24:7–8). ↩
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La aserción coránica de que Dios habló a Moisés directamente, compartida asimismo por la tradición bíblica, sustenta el título honorífico islámico de Moisés como Kalīm Allāh; y constituye igualmente la base del grado singular de distinción de Moisés entre los profetas, según se halla implícito (sin mencionar su nombre expresamente) en el Corán 2:253. ↩
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Aḥmad 9.24 (n.º 22719). «Mensajero» y «Profeta» se emplean en ocasiones de forma intercambiable, mas muchos autores estiman que cada vocablo encierra una significación técnica precisa. Se afirma que un profeta (nabī) difiere de un mensajero (rasūl) en que un mensajero aporta una nueva religión (dīn), mientras que un profeta tan solo reafirma una religión revelada anterior y restablece su debida observancia o, como en el caso de Juan el Bautista, anuncia la venida de un mensajero. Un mensajero cumple de este modo todas las funciones de un profeta y es un profeta, mas un profeta no desempeña necesariamente todas las funciones de un mensajero y no es un mensajero. ↩
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Los Evangelios de forma implícita y las Epístolas de manera explícita presentan el nuevo pacto a través de la sangre de Jesús como un retorno a la alianza universal de Abraham abierta tanto a judíos como a gentiles. Empero, la Epístola a los Hebreos va más lejos al argumentar que el pacto previo ha devenido «débil e ineficaz» (7:18–19), de suerte que «Jesús fue hecho fiador de un mejor pacto» (7:22). Se sostiene así que Jesús reemplaza al sacerdocio levítico, por cuanto «es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas» (8:6). ↩
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Véanse, p. ej., 2:75, 78–79, 85, 146; 3:78, 187; 5:13, 41, 68; 45:16–17. ↩
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Al-Bukhārī 23.79 (n.os 1373–74), 65.[30].2 (n.º 4822); Muslim 47.6 (n.os 6926, 6929, 6932). ↩
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Semejante corrupción se afirma que acaece mediante la alteración (taḥrīf) de las escrituras (2:75; 4:46; 5:13, 41), el olvido de una parte de aquello de lo que se les había recordado (5:13; cf. 23:110) y la ocultación deliberada de la verdad (2:146, 159, 174; 3:71), entre otros vicios. ↩
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La noción de pacto según se plantea en el Corán podría en principio hacerse extensiva asimismo a religiones no abrahámicas. Semejante alusión se halla en 4:163–65, citado arriba. Mas no figurando tales religiones mencionadas directamente en el Corán, exceden el ámbito de este ensayo. ↩
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Los posibles orígenes del vocablo ḥanīf en otras lenguas semíticas han suscitado numerosas conjeturas. François de Blois brinda un provechoso resumen de diversas perspectivas en «Naṣrānī and Ḥanīf: Studies on the Religious Vocabulary of Christianity and Islam», Bulletin of the School of Oriental and African Studies 65:1 (2002): 1–30, esp. 17–30. Véanse asimismo Suliman Bashear, Studies in Early Islamic Tradition (Jerusalén, 2004), cap. 14; Gabriel Said Reynolds, The Qurʾān and Its Biblical Subtext (Londres, Nueva York, 2010), 75–87. ↩
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Para un estudio más pormenorizado de los múltiples pasajes coránicos en los cuales otros profetas y sus seguidores son designados como «sometidos», véase Joseph Lumbard, «Prophets and Messengers of God», en Voices of Islam, ed. Vincent Cornell (Westport, CT: Praeger, 2006), 1:101–22. ↩
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La erudición judía reconoce que Abraham no practicó los ritos centrales del judaísmo, revelados en el Monte Sinaí, y no fue en rigor judío. El término «judaísmo» nace como denominación de la tribu descendiente del cuarto hijo de Jacob, Judá. A la religión que hoy denominamos judaísmo (Yahadut) se le confirió dicho nombre por primera vez en 2 Macabeos 2:21 y 8:1, redactado mil setecientos años después de Abraham. El término «judíos» (Yahudim) aparece con anterioridad, en Ester 8:17, que data aún de más de un milenio después de la época en que se estima que vivió Abraham. ↩
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Referencia al Monte Sinaí, denominado en otros pasajes del Corán como al-Ṭūr al-Sīnīn (95:2). ↩
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Para una comparación de los relatos coránicos y bíblicos de los profetas, véase Roberto Tottoli, Biblical Prophets in the Qurʾān and Muslim Literature (Richmond, Surrey: Curzon, 2002). ↩
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Los relatos sobre Moisés figuran en 2:49–61; 5:20–26; 7:103–55; 10:75–93; 11:96–99; 14:5–6; 17:101–4; 20:9–97; 23:45–49; 25:35–36; 26:10–66; 28:3–46; 40:23–45; 43:46–56; 44:17–31; 51:38–40; 54:41–42; 73:15–16; 79:15–25. ↩
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Para un examen de la historia de Moisés en el Corán, véase Brannon M. Wheeler, Moses in the Quran and Islamic Exegesis (Londres: Routledge Curzon, 2002). ↩
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Véanse, p. ej., 3:45; 4:157, 171–72; 5:17, 72, 75; 9:30–31. ↩
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Ello coincide con el relato de la Anunciación en el Evangelio de Lucas, según el cual María muestra turbación y pregunta al arcángel Gabriel: «¿Cómo será esto? pues no conozco varón» (1:34), a lo cual Gabriel responde: «Porque nada hay imposible para Dios» (1:37). ↩
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Al-Bukhārī 60.47 (n.º 3468), 65.[3].2 (n.º 4590). Otra versión de este dicho reza: «A ningún niño se le da a luz sin que sea punzado por Satanás y rompa a llorar por causa de la punzada de Satanás, a excepción del hijo de María y de su madre» (Muslim 44.40 [n.º 6282]). Una tercera versión proclama: «Satanás roza a todo hijo de Adán el día en que su madre le da a luz, a excepción de María y de su hijo» (Muslim 44.40 [n.º 6284]). ↩
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Que la Unicidad de Dios es cardinal en el cristianismo tradicional se desprende con claridad del inicio del Credo Niceno: «Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de cielo y tierra». Como escribe el padre de la Iglesia del siglo III Tertuliano: «Padre, Hijo y Espíritu son tres, empero, no en estado sino en grado, no en sustancia sino en forma, no en poder sino en manifestación; son, no obstante, de una sola sustancia, un solo estado y un solo poder, porque Dios es uno, de Quien estos grados, formas y manifestaciones se denominan con el nombre de Padre, Hijo y Espíritu Santo» (Adversus Praxean, cap. 2; citado en Luke Timothy Johnson, The Creed [Nueva York: Doubleday, 2004], 121). ↩
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Para un estudio del tratamiento de Jesús y del cristianismo en la tradición exegética, véanse Jane Dammen McAuliffe, Quranic Christians: An Analysis of Classical and Modern Exegesis (Cambridge: Cambridge Univ. Press, 1981); y Mahmoud Ayoub, «Jesus the Son of God: A Study of the Terms Ibn and Walad in the Qurʾān and Tafsīr Tradition», en Christian-Muslim Encounters, ed. Yvonne Haddad y Wadi Z. Haddad (Gainesville: Univ. Press of Florida, 1995). ↩
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Muḥammad Fakhr al-Dīn al-Rāzī, al-Tafsīr al-kabīr, 32 vols. (Beirut: Dār Iḥyāʾ al-Turāth al-ʿArabī, 1422/2001), 4:260. ↩
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Para un mayor desarrollo de la manera en que el Corán puede considerarse que presenta todas las revelaciones como emanadas de una única fuente, véase el comentario a 85:21–22 (véanse asimismo 3:7; 13:39; 43:4). ↩
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Véase la n. 8. ↩
Informe
La visión coránica de la historia sagrada y las otras religiones
Resumen Ejecutivo
Este documento analiza la perspectiva del Corán sobre la historia sagrada y su relación con las tradiciones religiosas precedentes, basándose en la síntesis de Joseph Lumbard. Los puntos fundamentales identificados son:
- Unidad del Mensaje Divino: El Corán se presenta como la culminación de una cadena de revelaciones que comenzó con Adán. El mensaje central de todos los profetas es idéntico: el tawḥīd o la Unicidad de Dios (lā ilāha illa’Llāh).
- Continuidad y Confirmación: Lejos de anular las religiones anteriores (judaísmo y cristianismo), el Corán afirma su validez original y llama a sus seguidores a observar fielmente la Torá y el Evangelio.
- El Pacto Pretemporal: La historia humana se define por un pacto primordial entre Dios y toda la humanidad antes de la creación. La religión es el proceso de recordar este pacto, el cual suele olvidarse por la debilidad humana.
- Pluralismo de Formas: Aunque la Verdad es una, Dios ha decretado diferentes leyes y ritos para distintas comunidades como una prueba de virtud y piedad.
- La Fiṭrah o Norma Primordial: Todos los seres humanos nacen con una disposición natural hacia el reconocimiento de Dios. Las religiones son caminos diseñados para retornar a este estado original de equilibrio.
I. La Unidad de la Revelación y el Mensaje Profético
El Corán no se percibe a sí mismo como una ruptura con el pasado, sino como la confirmación final de la tradición judeocristiana-islámica.
El Mensaje Único a través de Diversas Lenguas
- Universalidad de la Profecía: Según el texto, se han enviado mensajeros a todas las colectividades humanas en sus propias lenguas (14:4).
- El Núcleo Eterno: A pesar de la diversidad lingüística y temporal, el mensaje es invariable: "No hay más dios que Dios; adoradle" (21:25).
- Historia como Recordatorio: La historia humana no se relata con un fin cronológico moderno, sino como una lucha épica entre la verdad y la falsedad, donde los profetas actúan como "recordadores" de una verdad eterna que la humanidad tiende a olvidar.
El Concepto de Continuidad Religiosa
El Corán enfatiza que cada profeta confirma lo que vino antes de él.
- Jesús y la Torá: El texto cita a Jesús confirmando la Torá y modificando solo aspectos menores de la ley (3:50).
- El Corán como Confirmador: Se describe a sí mismo como un libro enviado después de Moisés para guiar a la verdad (46:30).
- Igualdad entre Profetas: Se ordena a los musulmanes no hacer distinción entre los profetas (Abraham, Ismael, Isaac, Jacob, Moisés, Jesús, etc.), pues todos son considerados "sometidos" a Dios (2:136).
II. El Pacto (Mīthāq) y la Historia Sagrada
La relación entre Dios y la humanidad está fundamentada en un pacto que trasciende el tiempo lineal.
El Pacto Pretemporal
El Corán describe un evento antes de la creación donde las almas de toda la descendencia de Adán testificaron que Dios es su Señor (7:172).
- Responsabilidad Universal: Este pacto asegura que ningún ser humano pueda alegar ignorancia en el Día de la Resurrección.
- Función de los Profetas: Su papel es despertar el recuerdo de este sello interno y renovar el compromiso de la humanidad con su Creador.
El Ciclo de Adán
A diferencia de la narrativa bíblica, el Corán presenta a Adán como el primer profeta y el primero en recibir un pacto.
- Naturaleza del Error: La caída de Adán y Eva no se atribuye a una falta hereditaria (pecado original), sino al olvido y la falta de resolución (20:115).
- Repentina y Gracia: Tras su transgresión, ambos se arrepienten y Dios les otorga "palabras de guía", iniciando el ciclo de revelación para ayudar a la humanidad a regresar a su estado original.
III. La Fiṭrah y la Universalidad de la Sumisión
El concepto de religión en el Corán es más existencial que sectario.
La Norma Primordial (Fiṭrah)
La fiṭrah es la naturaleza primordial con la que Dios originó a la humanidad (30:30).
- Equilibrio Intrínseco: Todas las religiones reveladas tienen como objetivo devolver al ser humano a este equilibrio.
- El Papel de la Educación: Citando un dicho del Profeta Muhammad, el texto sugiere que cada niño nace según la fiṭrah, y son las influencias externas las que lo moldean hacia etiquetas religiosas específicas (judío, cristiano, zoroastriano).
El Ḥanīf y el Islām Universal
- Abraham como Modelo: Abraham es descrito como un ḥanīf (monoteísta puro), que no era judío ni cristiano, sino un "sometido" (muslim) a Dios (3:67).
- Sumisión Pre-sectaria: El término islām en el Corán se refiere originalmente a la actitud universal de sumisión a la Voluntad Divina, común a todos los profetas, antes de convertirse en el nombre de una religión institucionalizada.
IV. Perspectivas sobre el Judaísmo y el Cristianismo
El Corán mantiene una postura compleja de validación de las escrituras previas mientras critica la conducta de ciertos seguidores.
Validez de la Torá y el Evangelio
El texto contradice la noción de que las escrituras anteriores fueron totalmente anuladas o invalidadas:
- Juicio por sus Propias Leyes: El Corán instruye a los judíos a juzgar por la Torá (5:43) y a los cristianos por el Evangelio (5:47).
- Eficacia Soteriológica: Se reconoce que entre la "Gente del Libro" hay una comunidad recta que practica la oración y las buenas obras, y que su recompensa no les será negada (3:113–115).
- Salvación Plural: El versículo 2:62 afirma explícitamente que judíos, cristianos y sabeos que crean en Dios y hagan el bien recibirán su recompensa.
Diversidad como Voluntad Divina
El versículo 5:48 es fundamental para entender el pluralismo coránico:
"Para cada uno de vosotros hemos designado una ley y un camino. Y si Dios hubiera querido, os habría hecho una sola comunidad, pero [quiso lo contrario] para probaros en lo que os ha dado. Así pues, competid unos con otros en las buenas obras".
V. Figuras Proféticas Clave: Moisés y Jesús
Moisés (Mūsā)
Es el profeta más mencionado en el Corán.
- Estatus Especial: Se le conoce como Kalīm Allāh porque Dios habló directamente con él.
- Narrativa de Lucha: El Corán detalla su enfrentamiento con el Faraón y su paciencia ante la rebeldía de su propio pueblo respecto al pacto de Sinaí.
Jesús (‘Īsā)
El Corán le otorga una distinción excepcional, aunque enfatiza su naturaleza humana.
- Títulos y Milagros: Es reconocido como el Mesías, la Palabra de Dios y un Espíritu procedente de Él. Se confirma su nacimiento virginal y su capacidad de dar vida a pájaros de barro, sanar ciegos y resucitar muertos "por el permiso de Dios" (3:49).
- Naturaleza Humana: Se rechaza la divinidad de Jesús y el concepto de la Trinidad si se entiende como la existencia de tres dioses. El Corán defiende la trascendencia divina absoluta.
- La Crucifixión: El texto afirma que "no le mataron ni le crucificaron, sino que les pareció así" (4:157), lo que ha generado diversas interpretaciones exegéticas sobre si alguien fue sustituido o si Jesús sobrevivió.
VI. Conclusiones sobre la Decadencia y la Renovación
El documento concluye que la crítica coránica no se dirige a las religiones anteriores en sí, sino a la tendencia humana de:
- Olvidar partes del mensaje: Los seguidores a menudo descuidan porciones de la revelación original.
- Corrupción por deseos humanos: Someter la religión a intereses mundanos, lo que se denomina "vender el pacto por un precio irrisorio" (3:77).
- Sectarismo: Convertir las formas religiosas en fines en sí mismos en lugar de caminos hacia lo Absoluto.
En última instancia, el Corán propone que la verdadera nobleza ante Dios no reside en la adhesión externa a una etiqueta, sino en la reverencia (taqwā) y la sinceridad de la sumisión personal a la Realidad Divina.