El NobleCORÁN القرآن الكريم Ensayos
The Study Quran · Ensayos

Cómo leer el Corán

Ingrid Mattson

La lectura de una escritura sagrada puede resultar intimidante. Como mínimo, sabemos que los textos sagrados de cada una de las principales religiones del mundo son venerados por millones de personas. Las obras de autor —novelas, poesía o piezas teatrales— pueden concitar asimismo cenáculos de lectores apasionados, mas las comunidades de fe se hallan comprometidas de manera mucho más honda y abarcadora con el sentido que atribuyen a sus textos que los lectores más devotos de cualquier libro profano. Al abrir una escritura sagrada, percibimos de inmediato que nos adentramos en un universo de significación preñado de dimensiones espirituales, emocionales, históricas e incluso políticas. Conscientes de ello, algunos podrían sentirse tentados a mantenerse apartados de semejante territorio en disputa. Mas sabemos igualmente que quienes aún no han profundizado en los textos sagrados hallarán experiencias inéditas y desafiantes a través de las cuales madurarán; que el viaje y la aventura allende los confines familiares resultan siempre enriquecedores, y que el conocimiento constituye el mejor antídoto frente al temor y la incertidumbre.

Todos cuantos emprenden la lectura del Corán —musulmanes y no musulmanes, creyentes y personas seculares— pueden aprender algo sustancial sobre el mundo y sobre sí mismos a través del diálogo con sus páginas. Quienes más provecho extraerán serán aquellos que se hallen dispuestos a explorar tres contextos que les permitirán rebasar una lectura «ingenua». El primero es el marco histórico y espiritual en el cual el Corán fue revelado y ha sido transmitido, interpretado y leído a través de las centurias. El segundo es el contexto personal del propio lector: vale decir, sus antecedentes formativos, presupuestos y prejuicios, los cuales condicionarán inevitablemente la «lente» a través de la cual abordará el texto. ¿Qué aportas tú, en tanto que lector, al Corán en el instante en que lo abres ahora, acaso por primera vez o quizá tras largos años de lectura? Y el tercer contexto radica en la comprensión del sentido íntimo y esotérico de los términos revelados.

Quienes se acercan por vez primera al Corán comprenden con certeza que no pueden enfrentarse a este texto de manera enteramente «objetiva» sin previa preparación, aun cuando abriguen el laudable propósito de adoptar una actitud receptiva hacia su estudio. Por lo demás, hoy en día el islam y los musulmanes ocupan un espacio tan preeminente en la actualidad internacional y se hallan tan imbricados en la historia universal que resulta inviable que un lector culto no musulmán, incluso en Occidente, carezca al menos de una noción preconcebida acerca de esta religión y sus seguidores. Antes de adentrarse en el Corán, por consiguiente, examine qué es lo que «sabe» acerca del islam y de los musulmanes y cuál es el venero del que procede dicho conocimiento. Sopese la posibilidad de que su información proceda de fuentes sesgadas o deficientes. Sopesar siquiera esta posibilidad le ayudará a identificar eventuales barreras cognitivas y emocionales para lograr un encuentro genuino con el Corán.

No son únicamente los no musulmanes condicionados por las noticias adversas sobre el islam y sus fieles quienes habrán de sobreponerse a supuestos y prejuicios adquiridos para leer la obra con ánimo despejado. Si usted es musulmán, también posee un bagaje cultural y experiencias formativas que han troquelado su inteligencia del Corán. En rigor, a algunos nacidos en el seno de familias y comunidades musulmanas les resulta más arduo abrir plenamente su corazón al mensaje coránico que a los recién llegados, por cuanto se les ha inculcado una lectura ceñida a un prisma estrecho y sectario. Esto no equivale a afirmar que sea la vivencia de la generalidad de los creyentes. Sin duda, muchos progenitores, preceptores y guías espirituales inculcan un amor hacia el Corán que propicia una lectura continua, comprometida y viva a lo largo de toda la existencia. Mas esto no acontece en todos los casos.

Es indispensable que todo lector someta a examen sus presupuestos sobre el modo en que el Corán debe leerse y alcance a comprender las vías a través de las cuales es interpretado por quienes lo confiesan como la Palabra de Dios. Es verdad que los musulmanes profesan que el Corán original en lengua árabe es el registro exacto de las palabras pronunciadas por el Profeta Muḥammad tal como las recibió de Dios por mediación del arcángel Gabriel. Son muchos los que sintetizan este dogma teológico islámico aseverando: «Los musulmanes creen que el Corán es la Palabra literal de Dios». Y es exacto. A la par, esto no entraña que el Corán haya de leerse de manera unívocamente literalista, si con ello se entiende conculcar el alcance histórico de giros y locuciones, orillar el marco social de disposiciones puntuales o preterir sus sentidos simbólicos y esotéricos. Indagar en las dimensiones lingüísticas e históricas de la Revelación o escudriñar sus honduras íntimas no constituye ninguna innovación tardía; antes bien, tales vías exegéticas dieron comienzo con el propio Profeta Muḥammad y sus Compañeros y subsisten vivas en la actualidad. Quien lea el Corán debe despojarse de la falacia de que una lectura literalista resulta intrínsecamente más devota o genuina que una exégesis ilustrada. Paradójicamente, la minoría de musulmanes que aplica una hermenéutica «fundamentalista» reductora al Corán halla como insólitos aliados a un puñado de fanáticos islamófobos que mutilan igualmente las aleyas descontextualizándolas para apuntalar sus juicios de odio.

Quienes profesan otras escrituras sagradas habrán de guardarse de transpolar mecánicamente sus pautas hermenéuticas al Corán; no obstante, ciertos lectores musulmanes precisan asimismo contemplar la posibilidad de que cuanto les fue transmitido acerca de cómo debe interpretarse el Libro no concuerde con el sentir de muchos otros correligionarios. Al consultar los restantes ensayos de este Study Quran consagrados a la exégesis clásica o a las diversas metodologías para colegir el derecho, las prácticas devocionales o los discernimientos espirituales a partir del texto, acaso se vea sorprendido por lo que descubra. Es posible que se le haya enseñado a vincularse con el Corán según una modalidad restrictiva: por ejemplo, utilizándolo a modo de mero arsenal probatorio para apuntalar un dictamen jurídico citando una aleya aislada. O bien se le habrá inculcado minimizar el relieve de los pasajes dotados de minucioso contenido legal privilegiando en cambio aquellas aleyas que enuncian principios espirituales universales, tales como No hay coacción en la religión (2:256). ¿Resultan contradictorias estas aproximaciones al Corán? De no ser así, ¿de qué suerte han sido armonizadas por la tradición?

Asuma con seriedad la responsabilidad de discernir el método que emplea actualmente para leer el Corán y aquilate dicho enfoque a la luz del nuevo caudal cognoscitivo que le brindan las ricas tradiciones exegéticas, jurídicas y sapienciales del islam. El creyente maduro asume el compromiso de sopesar con rectitud lo que ha aprendido y de acoger los pareceres de los sabios que resulten más convincentes y mejor fundados, y no simplemente los más cómodos o expeditos. Los no creyentes pueden extraer asimismo un provecho inestimable mostrándose receptivos ante la rica pluralidad exegética secular de la sagrada escritura del islam.

¿Qué clase de libro es el Corán?

En el ámbito editorial contemporáneo, los libros hacen gala de una uniformidad formal engañosa. La mayoría se halla diseñada para resultar manejable, portátil y apta para un anaquel convencional. Se presentan encuadernados en cartoné o rústica, predominantemente en formato rectangular. La cubierta consigna el nombre del autor y el título; la contracubierta suele extractar el argumento. Si un volumen contraviene tales cánones —adoptando forma octogonal o dimensiones descomunales o diminutas—, suele tratarse de un libro de arte o de un cuento infantil; en cualquier caso, la apostura física emite una advertencia útil sobre la naturaleza singular o desafiante del contenido. Acaso nos hallaríamos mejor pertrechados para enfrentarnos a la ardua prosa del Ulises de James Joyce o del Ecce Homo de Friedrich Nietzsche si sus páginas no reposaran tras cubiertas engañosamente anodinas de saldo, sino que lucieran ribetes de fieltro ajado o estuviesen guarnecidas de cristales rotos.

Hoy en día, las ediciones de textos sagrados suelen lucir dorados en el lomo o en el corte de las páginas. En una librería colmada de cubiertas sugerentes y audaces apuestas gráficas, este detalle por sí solo apenas contribuye a prepararnos para el encuentro con una categoría de texto radicalmente distinta. Cumple disponernos, por consiguiente, al emprender la lectura de una escritura sagrada, a dialogar con una obra de otra índole; debemos abrirnos a ser sorprendidos, inspirados, conmovidos y en ocasiones desconcertados por los vocablos y conceptos que saldrán a nuestro paso. Todas las escrituras sacras, incluido el Corán, echan mano de temáticas, imágenes, símbolos, giros lingüísticos y registros literarios que no resultaban enteramente ajenos a sus destinatarios originales: vale decir, a los pueblos históricos que recibieron y transmitieron inicialmente las palabras santas. Mas nos hallamos a una inmensa distancia temporal de aquellos hombres y mujeres que escucharon o leyeron por vez primera los diversos libros de la Biblia o el Corán, y se impone aprehender algo de aquellas sociedades, de su lengua y de su cosmovisión si deseamos eludir el error de desfigurar la lengua y el estilo de estos textos sagrados. La propia rúbrica de «escritura sagrada» presupone una homogeneidad estilística entre los textos sagrados universales que dista leguas de la realidad. Al adentrarnos en el Corán, por ende, hemos de abordar esta obra conforme a sus propios parámetros, abrazando su singular disposición y estilo.

Un rasgo distintivo del Corán estriba en su propia aserción como revelación oral y como texto escrito a la vez. El texto se autodenomina al-Qurʾān («La Recitación»), término que denota una revelación audible y proclamada, así como «libro» (kitāb), voz que señala una escritura fijada. Las aleyas que la generalidad de los especialistas juzga las primeras en descender sobre el Profeta Muḥammad contienen el mandamiento de ¡Recita (iqraʾ) en el Nombre de tu Señor! y describen a Dios como Quien enseñó a la humanidad por medio del Cálamo (96:1–4). Otros pasajes tempranos ordenan a los creyentes «salmodiar» (rattil) el Corán acompasadamente y «recitar» del Libro cuanto les resulte accesible y hacedero. La propia Revelación señala, pues, que es una obra concebida para ser proclamada en voz alta al unísono que leída.

Lo que salta a la vista al abrir un códice coránico es su distribución en 114 suras. La traslación más cabal de la voz sūrah acaso sea «división» o «sección», si bien acostumbra verterse como «capítulo». Este último giro puede inducir a equívoco, por cuanto despierta en el lector profano la expectativa de que las suras del Corán se hallan articuladas sistemáticamente con arreglo a principios expositivos o temáticos, lo cual exteriormente no es el caso. Antes bien, a excepción de al-Fātiḥah («La Apertura»), las suras se suceden ordenadas a grandes rasgos conforme a su extensión, figurando las más dilatadas al inicio del volumen y las más breves hacia el final. La segunda sura, «La Vaca», consta de 286 versículos (āyāt), mientras que la última, «Los Hombres», reúne apenas 6 versículos. Las propias aleyas varían sensiblemente en su longitud: las más escuetas cuentan apenas dos vocablos, en tanto que las más extensas superan el centenar de palabras.

El Corán se halla estructurado con esta singular traza porque el Profeta Muḥammad no se consagró a «redactar» una obra para luego impartirla a su comunidad. El Corán es la compilación fidedigna de las revelaciones que el Enviado recibió de Dios desde el despertar de su llamamiento profético a los cuarenta años hasta su fallecimiento a los sesenta y tres. Es como si el Profeta Muḥammad hubiese portado un cuaderno mental cuyas páginas en blanco fue colmando con las revelaciones recibidas a lo largo de los veintitrés años de su ministerio profético. Mientras el Profeta vivió, nuevas aleyas descendían e iban intercalándose antes, después o en medio de pasajes preexistentes en el seno de cualquier sura, conforme a las instrucciones directas que recibía de la Fuente de la Revelación. Por este motivo, el Corán no admite una ordenación cronológica lineal, conteniendo algunas suras versículos de descenso posterior al de aleyas adyacentes.

Únicamente la muerte del Profeta clausuró la posibilidad de que nuevas revelaciones se incorporasen al Corán. En ese trance recayó en sus Compañeros el deber de custodiar el texto revelado. Los musulmanes profesan que el orden interno de los versículos en cada sura fue fijado por la propia revelación divina, al tiempo que la secuencia de las suras entre sí en el códice escrito (denominado muṣḥaf) fue dispuesta por los Compañeros sobre la base de las indicaciones recibidas por el Profeta Muḥammad de manos del arcángel Gabriel. La prelación por extensión concordaba asimismo con las pautas legadas por el Profeta y se reflejaba en el modo en que él mismo salmodiaba habitualmente las suras, así como en su práctica de inaugurar la oración canónica con al-Fātiḥah recitando acto seguido suras extensas antes de acudir a las más breves. Los creyentes sostienen que la secuencia de las suras coránicas obedece a un designio divinamente revelado y que cualquier ejemplar del Corán debe preservar esta ordenación prístina. No media variación alguna en la sucesión de las suras en ningún códice del Corán a lo largo y ancho del orbe islámico. A la par, es lícito para el musulmán leer o recitar cualquier pasaje del texto con miras al culto o al aprendizaje.

La armonía estilística en el Corán

El contenido de las revelaciones coránicas es tan proteico como la diversidad de los afanes temporales y trascendentes de la criatura humana. Así como el individuo rara vez se halla absorto en un único aspecto de su vida, sino que muda de continuo su atención de una zozobra a otra —desde la convivencia matrimonial y la economía doméstica hasta el desvelo por la rebeldía filial, o en otro plano, la zozobra espiritual o la resolución de un dilema ético—, el Corán raras veces se detiene de forma prolongada en una sola materia. Por lo demás, interpela tanto a personas como a comunidades enteras, habiendo evolucionado dichas comunidades en lo interno y en sus vínculos mutuos a lo largo de las más de dos décadas en que se desplegó la Revelación. Esta multiplicidad de destinatarios y materias que el Corán engarza, a menudo en rápida sucesión y con escasos nexos de transición para separar los núcleos de sentido, puede desconcertar a quien espere una narración lineal y discursiva.

Quien lee el Corán ha de estar provisto, por consiguiente, de agilidad mental y afectiva, presto a verse impelido con presteza hacia un nuevo rumbo. Tras el fallecimiento del Profeta Muḥammad, surgió un estamento de sabios que escudriñó el texto agrupando y articulando las aleyas atinentes a temas específicos, tales como disposiciones jurídicas, controversias doctrinales, relatos de profetas, modalidades de la plegaria y preceptos de cuño espiritual y metafísico. Cada uno de sus tratados fue compuesto con esmero para instruir al lector sobre el juicio coránico en torno a una materia puntual. Mas el propio Corán, venero primordial de tales tratados, se resiste a la imposición forzada de semejante armazón externa. El lector, al igual que acontece en el curso cotidiano de nuestros días, debe hallarse presto a reorientar su atención hacia un nuevo afán en cualquier instante.

Esto no entraña que el Corán adolezca de unidad orgánica o trabazón interna. En verdad, ostenta una portentosa coherencia y unidad de fondo. A diferencia de la Biblia hebrea o del Nuevo Testamento, cuyos múltiples libros fueron redactados o compilados por diversos autores a lo largo de épocas dispares, el Corán es la recensión íntegra de las revelaciones transmitidas a un solo varón, el Profeta Muḥammad, a lo largo de un lapso temporal relativamente acotado. Así, aun cuando el texto aborda temáticas dispares echando mano de los registros más idóneos para trasvasar el saber comunicado —parábolas entrelazadas en las gestas de los profetas, prosa sobria para los mandatos legales, tramos líricos para cantar la loa divina—, todo ello viene formulado en la idéntica y majestuosa lengua árabe.

En este horizonte, el Corán cobra una trascendencia descomunal en calidad de recitación. La hermosura del verbo coránico ha conmovido hasta el tuétano a árabes e incluso a musulmanes no árabes desde los albores de su descenso, habiendo constituido objeto de hondo escrutinio por parte de los eruditos a lo largo de los siglos. Que el Corán recurre a un léxico de inusitada precisión y a giros elocuentes y ceñidos es un mérito que forzosamente escapa a quien desconoce la lengua árabe; mas el poder de su salmodia, fruto de la presencia espiritual en ella albergada, trasciende el orbe de quienes dominan dicha lengua. El empleo de la rima, la cadencia rítmica y otros recursos para forjar la armonía acústica resultan perceptibles para cualquiera que preste oído a su proclamación.

Acaso resulte más expedito para el lector neófito advertir estos primores prestando atención primero a las suras breves situadas al remate del Libro; o bien a pasajes célebres de las suras dilatadas, tales como el Versículo del Trono (āyat al-kursī; 2:255) o el Versículo de la Luz (āyat al-nūr; 24:35); o a las suras al-Raḥmān («El Compasivo», 55), Yā Sīn (36) o al-Wāqiʿah («El Acontecimiento», 56). En tales pasajes se suceden aleyas rematadas en variadas modalidades de rima. Por ejemplo, en al-Māʿūn («Las menudencias», 107), las aleyas observan dos cadencias asonantes en las cuales los primeros cuatro versículos concluyen en -īn (dīn, yatīm, miskīn, muṣallīn) y los tres restantes en -ūn (sāhūn, yurāʾūn, māʿūn; donde el artificio es aún más sutil al advertirse la constante ā seguida de sonido glotal antes de la sílaba rimada final). Conjuntos análogos de diversas pautas de rima se registran asimismo en suras extensas, donde, además de alumbrar una deleitosa armonía acústica, señalan con frecuencia un giro temático o de énfasis semántico.

Quien lee el Corán no debe fijar su mirada únicamente en la clausura de las aleyas, sino atender asimismo a sus arranques. En la recitación, el ritmo y la continuidad de las suras vienen fijados con frecuencia por los nexos oracionales que inauguran los versículos: interjecciones, fórmulas interrogativas, conjunciones u otras partículas breves que a menudo riman entre sí. Por ejemplo, en al-Balad («La Ciudad», 90), los primeros cinco versículos arrancan con voces que comparten un son análogo: lā («en verdad que no / ¡juro por...!»), wa («y»), wa («y»), laqad («por cierto que»), y a (partícula interrogativa); prosiguiendo el resto de la sura con semejante factura. Los lectores legos en árabe requerirán probablemente escuchar la salmodia reiteradas veces para percibir la deleitosa cadencia que urden estos engarces, menos ostensible que el efecto generado por las rimas finales.

Todas las suras del Corán (salvo una) vienen encabezadas por la invocación En el Nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso (bi’smi’Llāh al-Raḥmān al-Raḥīm). Cuantiosas suras clausuran asimismo con un versículo que alberga una plegaria, doxología o exhortación, del tenor de Alabado sea Dios, Señor de los mundos, o ¡Gloria a Dios!, o En verdad Dios está con quienes obran el bien (ej., 1:2; 23:91; 29:69). Los Atributos o Nombres sagrados de Dios desempeñan a menudo una función epilogar y compendiadora al remate de las suras o tras un racimo de aleyas afines en secciones más largas. Entre los ejemplos de estas menciones de los Nombres Divinos descuellan: En verdad Dios es el Perdonador, el Misericordioso (al-Ghafūr, al-Raḥīm; 42:5); Él es Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe (al-Samīʿ, al-ʿAlīm; 2:137); y Él es el Sabio, el Bien Informado (al-Ḥakīm, al-Khabīr; 6:18). Los Nombres Divinos engendran una armonía tanto semántica como melódica, rimando o guardando asonancia muchos de ellos. Se encarece a los neófitos la lectura de los tres últimos versículos de al-Ḥashr («La Concentración», 59), que enumeran una letanía de Nombres Divinos; ello facilitará su posterior identificación cuando afloren en otras suras. Se recomienda asimismo a los principiantes desgranar pasajes breves en cada sesión, evitando abordar grandes extensiones de páginas como si se tratase de una novela o de un ensayo profano.

Temas unificadores del Corán

Resulta provechoso, antes de acometer la lectura del Corán, familiarizarse con algunos de sus magnos núcleos temáticos, abordados con profusión desde múltiples prismas a lo largo de la Escritura. Aun cuando el texto discurre sobre materias muy dispares, se autodefine primordialmente como un libro de guía (hidāyah). De hecho, uno de los títulos tradicionales del Corán es al-Hudā, «La Guía». Cuanto tema se aborda en el Texto Sagrado se halla supeditado en última instancia a esta meta de encaminar a las criaturas hacia Dios. En el plano espiritual, el Corán colma nuestro anhelo de conocer a Dios —saber que Él es Uno, Creador y Soberano del universo— así como la necesidad de aprender a testimoniarle gratitud y obediencia mediante la plegaria, las obras pías y los actos humanos normados conforme a los mandatos divinos.

Salvo contadas excepciones, la inmensa mayoría de los coetáneos del Profeta Muḥammad descreía de la vida ultraterrena. La fe en la inmortalidad del alma, la Resurrección y la rendición de cuentas de cada ser ante Dios se erige y subraya a lo largo del Corán, a la par de la fe en Dios, como un dogma irrenunciable para toda fe verdadera. Así, verbigracia, tras mencionar a cristianos, judíos y sabeos, el Corán proclama: Quienquiera que crea en Dios y en el Último Día y obre con rectitud, ningún temor se cernirá sobre ellos ni se entristecerán (5:69). Con miras a guiar a la humanidad hacia el bien y disponerla para este juicio postrero, el Corán cautiva a las almas con el cuadro del Paraíso y la dicha inefable de morar en la Presencia Divina, al tiempo que advierte de las secuelas del mal describiendo con tintes sobrecogedores el tormento y la desesperación de aquellos cuyos extravíos los precipitan al Fuego infernal.

El Corán no postula que el ser humano deba desentenderse de los afanes del mundo para alcanzar dicha elevación espiritual. Antes bien, rechaza el desapego escapista. Es bregando por consumar lo recto y lo bueno en nuestra existencia sobre esta tierra como forjamos nuestra hondura y lucidez interior. Por este motivo la Revelación norma nuestros vínculos más íntimos y a veces más conflictivos —con la familia, los convecinos y los socios comerciales—, encareciendo la probidad y la rectitud. El Corán atiende asimismo a las tensiones que afloran en el seno de la comunidad creyente. Al-Ḥuŷurāt («Los Aposentos Privados», Sura 49), verbigracia, desmenuza los estragos corrosivos de la murmuración, la calumnia y el ostracismo social, inculcando el imperativo de la fraternidad comunitaria entre los creyentes.

La Escritura recalca tanto la responsabilidad moral indelegable del individuo adulto (ej., Nadie cargará con la carga de otro; 6:164; 17:15; 35:18; 39:7; 53:38) como la necesidad de que los miembros de la sociedad colaboren de consuno para forjar comunidades y culturas donde dicha probidad germine. El Corán convoca a los hombres a hermanarse en la aplicación de las doctrinas proféticas que a través de las edades han promovido una vida justa y piadosa.

Quienes se hallen familiarizados con la Biblia hebrea y los Evangelios cristianos encontrarán multitud de figuras entrañables en el Corán. Adán, Noé, Abraham, Sara, Jacob, Isaac, María, Juan el Bautista, Jesús y legiones de profetas y justos pueblan sus páginas. Cristianos y judíos conciben a estos hombres y mujeres como figuras «bíblicas», pudiendo resultarles desconcertante leer sus semblanzas en el Corán, divergentes en ocasiones de los relatos bíblicos.

Importa comprender que las propias narraciones bíblicas se nutrieron de una tradición oral inmensamente más vetusta que no se evaporó tras la redacción de los libros canónicos de la Biblia. Los árabes preislámicos, verbigracia, tenían viva conciencia de descender de Abraham por conducto de su hijo Ismael (Ismāʿīl) y de su madre Agar (Hāŷar). Más aún: la memoria de los profetas pervivía no solo en tradiciones orales o escritas, sino al amparo de santos lugares diseminados por la península arábiga y el Próximo Oriente. El sepulcro de Abraham, el paraje bautismal de Jesús, el monte Sinaí, Jerusalén y la Kaʿbah en La Meca: tales enclaves operaron como focos vivos de pedagogía y formación espiritual, rebasando fronteras confesionales. Los lectores del Corán que reparen en que los personajes bíblicos gozaban de una presencia mucho más vasta y fecunda entre los monoteístas del Próximo Oriente al margen de las Escrituras canónicas se hallarán acaso mejor pertrechados para acoger nuevas perspectivas y relatos inéditos a su respecto. Mas tales lectores deben recordar asimismo que, para el musulmán, las semblanzas de los profetas antiguos no dimanan de leyendas corrientes en Arabia, sino de la Revelación Divina descifrada a su respecto, siendo por ende enteramente autónomas de fuentes históricas terrenales.

Muḥammad: Mensajero de Dios y portador del Corán

El Corán encarece el magno papel de Muḥammad en calidad de Mensajero (Rasūl): aquel que transmitió el mensaje de Dios a la humanidad. El Profeta fue un receptáculo inmaculado de la Palabra Divina, la cual transmitió con escrupulosa fidelidad sin añadir ni cercenar un solo ápice de su cosecha. Además, fue la persona más compenetrada con el texto coránico, interpretándolo conforme a las necesidades de su grey y legando sus discernimientos a las generaciones venideras. En verdad, bien puede reputársele el primer comentarista del Corán.

Tras la muerte del Enviado, sus tradiciones y sentencias (aḥādīth) fueron compiladas en diversos corpus que discrepan en ciertos pormenores, mas coinciden plenamente en punto a la autenticidad de la abrumadora mayoría de los dichos. Este venero literario, el Ḥadīth, admitido tradicionalmente como canónico por las comunidades sunní y chií, ha sido reverenciado a través de los siglos como la llave maestra para desentrañar el alcance del Corán, como fuente normativa tras la Escritura y, de consuno con el Texto Sagrado, como matriz de cuanto es islámico. A lo largo de las centurias, los ulemas del Ḥadīth han analizado y debatido el sentido de determinados hechos y sentencias del Profeta, deslindando algunos entre aquellas tradiciones de valor religioso y espiritual perenne y aquellas otras circunscritas a coyunturas sociales o políticas pasajeras. En cualquier caso, el estudio del Ḥadīth se consolidó como una magna disciplina islámica, desempeñando un cometido medular en la exégesis coránica.

Todos los musulmanes coinciden en que el contexto de la revelación primordial al Profeta reviste una gravedad superlativa. Buena parte de la exégesis coránica clásica entraña, en efecto, el escrutinio de las circunstancias lingüísticas, sociales, éticas y políticas que rodearon el descenso de una aleya o grupo de versículos, disciplina conocida como shaʾn (o asbāb) al-nuzūl («motivos de la revelación»), amén de sopesar las relaciones mutuas entre los diversos pasajes del Libro. Los dogmas primordiales del islam plasmados en el Corán —el testimonio de la Realidad que es Dios, la dependencia radical de la creación respecto a Él y la certeza de que las criaturas habrán de rendir cuentas de sus obras en el Día del Juicio— son diáfanos y escasa glosa reclaman. Mas ignorar las condiciones que vivía la comunidad profética al descender aleyas que normaban materias como las relaciones de género, la pluralidad religiosa y la autoridad política entraña el riesgo de desfigurar la Escritura. Por este motivo, nadie debe precipitarse a deducir conclusiones sobre sentencias legales u otras prescripciones a partir de una lectura superficial de un puñado de versículos. Como se expone en el ensayo «El Corán como fuente del Derecho islámico», el Corán es una fuente del derecho, mas no un código legislativo. Incluso pronunciamientos aparentemente categóricos pueden hallarse delimitados en su alcance y aplicación.

Cómo se lee el Corán en las sociedades musulmanas

La competencia en la lectura del Corán varía ostensiblemente en las sociedades musulmanas y no guarda necesariamente correlato con la alfabetización general o los títulos académicos profanos. La instrucción coránica constituyó el cimiento de la alfabetización en las sociedades tradicionales del islam, si bien la modernidad ha cercenado dicho vínculo en múltiples latitudes, aun cuando no en todas. El creyente debiera atesorar cuatro destrezas a fin de servirse por sí mismo del Corán en su desenvolvimiento moral y religioso y beneficiarse de él como venero de guía. La primera destreza es la pericia para descifrar la grafía árabe, siendo esta la lengua matriz de la Revelación. El pórtico de la educación religiosa para la mayoría de los párvulos musulmanes y para los conversos no árabes ha sido siempre el aprendizaje del alefato árabe y la articulación sonora de sus grafías para componer palabras y frases.

La segunda destreza consiste en aprender el árabe coránico con la soltura suficiente para desentrañar el sentido de las locuciones y las oraciones. Para los niños de habla árabe, la inteligencia del significado brota en principio como derivación de su competencia lingüística materna, afianzada luego por sus maestros. Mas la mayoría de los musulmanes a través de la historia no ha sido de estirpe árabe, aun cuando pueblos enteros como los persas, los turcos, los musulmanes de la India y los malayos adoptaron el alfabeto árabe para sus lenguas vernáculas. Para descifrar el Corán, el fiel no árabe demanda una formación propedéutica suplementaria, consistente ya en el aprendizaje del vocabulario y la sintaxis básica del árabe, ya en el acceso a traslaciones en su lengua materna. Tanto para árabes como para no árabes, el dominio erudito del Corán exige años de estudio avanzado, habiendo descollado los sabios no árabes en este terreno junto a sus pares árabes desde los albores de la civilización islámica. De hecho, la mayoría de los tratados clásicos de gramática árabe fue redactada por persas.

La tercera destreza, que coadyuva en grado sumo a comulgar con la presencia espiritual del texto, radica en la capacidad de salmodiar el Corán con propiedad. Fragmentos del Libro Sagrado se vocalizan en las oraciones canónicas diarias preceptivas para todo creyente; de suerte que todo musulmán precisa nociones básicas de salmodia. El arte del taŷwīd («recitación bella» o consumada) comprende la emisión canónica de los fonemas, la identificación de sonidos elididos, enfatizados o prolongados y el empleo de la entonación idónea. La recitación debida ha de ser melódica para resultar grata al oído, mas desprovista de afección musical en el sentido profano, a fin de no degradar el acto en una exhibición de virtuosismo personal. Al margen de su propia salmodia, la mayoría de los fieles vive el Corán escuchando su proclamación en labios de recitadores consagrados, presentes a lo largo y ancho del orbe islámico tanto en países árabes como no árabes. En rigor, insignes maestros del arte son originarios de naciones no árabes, contando la disciplina con recitadores de ambos sexos. Asimismo, ulemas versados en las ciencias coránicas florecen en cada tierra del islam.

La cuarta destreza, que forja una entrañable intimidad con el Corán, es la memorización de al menos un puñado de versículos y suras. En cada rezo canónico debe recitarse imperativamente la sura al-Fātiḥah, seguida de otra sura o grupo de aleyas a elección del devoto. Dichos pasajes no se leen sobre el papel, demandando por ende ser atesorados en la memoria. Quien retiene en su pecho la totalidad del texto coránico recibe el título de ḥāfiẓ, «memorizador» o «custodio» del Corán. Dicha dignidad entraña que el ḥāfiẓ no solo recaba mercedes espirituales personales al atesorar la Palabra de Dios, sino que rinde un servicio preclaro a la sociedad al operar como vaso para la salvaguarda y difusión del Texto Sagrado.

Los musulmanes han impartido estas disciplinas a través de variadas modalidades, conforme a los recursos y destrezas de cada comunidad. Las instituciones pedagógicas donde se cultivan los estudios coránicos abarcan desde modestas escuelas de barrio para infantes (maktabs) hasta suntuosas academias superiores (conocidas comúnmente como madrasas) que acogen a un alumnado a menudo cosmopolita. A lo largo de la mayor parte de la historia islámica, aprender a leer y salmodiar el Corán marcó el umbral de la instrucción y operó como el más poderoso estímulo para la alfabetización.

El Corán se lee y declama asimismo profusamente fuera de las oraciones canónicas por parte de creyentes ordinarios en todo el globo. Hay quienes se imponen la disciplina de leer un pasaje cotidiano, mientras que otros consagran tiempo a recitar determinadas suras los viernes —la jornada más sagrada de la semana— o con motivo de festividades religiosas, bodas y funerales. La salmodia coránica cobra singular vigor durante el mes de Ramadán, conmemorando la época en que principió la Revelación. Fue con probabilidad para facilitar la lectura del Corán entero a lo largo de este mes por lo que los escribas insertaron tempranamente señales en el texto para demarcar la división en treinta secciones (aŷzāʾ). De esta guisa, quien aspire a culminar la lectura completa en un mes puede desgranar una sección o ŷuzʾ por jornada.

El Corán se define como un Libro bendito (6:92), abriéndose con frecuencia reuniones de carácter profano con la recitación coránica para impetrar la bendición divina sobre el acto. Los musulmanes profesan que el Corán es la Palabra de Dios, y Dios se halla siempre presente, proclamando respecto del ser humano en una aleya: Nosotros estamos más cerca de él que su vena yugular (50:16). Traer el Corán a un recinto o circunstancia constituye el modo de evocar dicha Presencia Divina. La voz árabe para «versículo» (āyah) entraña literalmente «signo» o «prodigio», término empleado con frecuencia en el texto para designar los fenómenos del orden creado y los misterios del fuero interno humano que apuntan al Creador. Esta es una de las razones por las cuales los espacios sacros del islam, como las mezquitas, lucen engalanados con caligrafía coránica combinada con motivos geométricos y vegetales inspirados en la naturaleza. Tanto la «bella escritura» (sentido etimológico de «caligrafía») como la primorosa salmodia (taŷwīd) rememoran a los congregados en horas de júbilo o desconsuelo la Misericordia, la Belleza, el Poder y la Majestad de Dios.

Por dónde comenzar si el Corán es nuevo para usted

Acaso el yerro más común en que incurren los nuevos lectores del Corán radique en pretender abordarlo «de principio a fin». Como se dilucidó con anterioridad, no es preceptivo leer el Libro de tal guisa, pues en su conjunto las suras no se hallan dispuestas temática ni cronológicamente. Más problemático aún: quienes se adentran en el Corán a través de las suras que suceden a al-Fātiḥah corren el riesgo de verse abrumados por su vastedad y por su arduo contenido legal e histórico.

Constituye acaso una estrategia más atinada familiarizarse con el texto siguiendo la senda por la cual la comunidad del Profeta Muḥammad acogió los mensajes: a saber, a través de las primeras suras descendidas en La Meca. Estas suras son breves, contando desde un puñado hasta unas cuantas decenas de aleyas. Leyendo (y si es dable escuchando) una selecta muestra de tales composiciones, el lector se aclimatará al registro y a la cadencia de la lengua y a la hondura sobrecogedora de su mensaje. Con idéntico relieve, estas suras gravitan en su inmensa mayoría sobre el núcleo espiritual universal y permanente del Corán: la proclamación del Dios Único, Creador y Sustentador del universo, ante Quien los seres humanos habrán de responder de sus actos.

Bien podría comenzarse, por ende, recorriendo las dos últimas secciones del Corán (esto es, las partes 29 y 30, que dan inicio con la Sura 67) y meditando sobre las lecciones que en ellas se desgranan. En una época signada por la lectura veloz y el hojeo superficial —donde se nos adiestra para «dar caza a la idea básica» a toda prisa—, se impone frenar conscientemente el ritmo al posar la mirada en el Corán. Es menester demorarse en la meditación de cada vocablo y giro, aquilatando asimismo las propias reacciones interiores al toparse con aleyas que tocan las más hondas fibras existenciales de la condición humana.

Tras familiarizarse con las revelaciones tempranas y los pasajes antedichos, el lector novel podrá avanzar hacia otras secciones de la Escritura. A medida que salgan al paso disposiciones legales, alusiones a figuras o comunidades históricas concretas y relaciones entre diversos estamentos sociales (verbigracia, varones y mujeres, o beduinos y medinenses), cobrará mayor apremio consultar los comentarios, las notas filológicas y los ensayos que dilucidan su marco y sus consecuencias doctrinales.

Al margen de profesar sensibilidades religiosas o cosmovisiones dispares, los lectores del Corán difieren en su talante anímico, en sus dotes intelectivas, inquietudes y desvelos. Quien sienta fervor por la custodia medioambiental atenderá de forma espontánea a las aleyas atinentes al valor de la creación, la naturaleza como teofanía de la Sabiduría y Misericordia divinas y los fueros del reino animal; en tanto que el adalid de los derechos de la mujer posará su atención en los pasajes relativos a la equidad de género. Los musulmanes profesan que una de las virtudes cardinales del Corán estriba en su polifonía de mensajes prestos a iluminar la entera gama de las vicisitudes humanas. Nada obsta para recurrir a un índice o a herramientas digitales para rastrear versículos consagrados a uno u otro tópico. En rigor, al dilucidar el alcance de una aleya, los exegetas indagan en primer término en el propio texto coránico para comprobar si median otros pasajes afines (método conocido como tafsīr del Corán por el Corán, sobre el cual ilustra el ensayo «Comentarios coránicos»). Conviene anotar, empero, un par de cautelas a este respecto.

En primer término, jamás debemos constreñir el Corán a sus pronunciamientos sobre controversias puntuales o facetas acotadas de la vida. El Corán trasciende con creces la suma de sus partes. Como se ha expuesto, el «campo lingüístico» total forjado por la Revelación conforma una dimensión consustancial de su mensaje; un mero repertorio temático traiciona semejante plenitud. Así como un tratado de anatomía clasifica los órganos y sistemas que vertebran el cuerpo sin transmitir brizna alguna de lo que entraña la experiencia viva de ser hombre, un inventario de temas tratados en el Corán nada nos revela sobre lo que significa para el fiel convivir con la Palabra viva de Dios encarnada en el mundo.

En segundo lugar, el lector debe tener perennemente presente que el Corán abraza la totalidad de la existencia humana y los vínculos de la criatura con la Divinidad; de suerte que no disocia los afanes temporales de los destinos eternos. El designio de la Revelación es instruirnos sobre cómo habitar en el mundo de las cosas creadas salvaguardando un nexo permanente y bienhechor con Dios en esta vida y en la venidera. El vehemente clamor coránico en pro de la justicia en el trato humano hermanada con la misericordia se halla indisolublemente unido a su generoso llamamiento a gozar de la eternidad en la Presencia Divina.

Este mensaje plantea un escollo particular para aquellos lectores que niegan la Trascendencia o la existencia de un Creador Divino. Ciertos preceptos éticos del Corán hallarán indudable eco en tales sensibilidades. Mas los increyentes suelen contemplar con mirada reductora la renuncia a ciertas apetencias, la generosidad hacia el menesteroso o la disciplina del culto orientada a intimar con Dios, despojándolas de calado espiritual. Un ejemplo conspicuo de semejante ceguera reductora acontece cuando, ante aleyas que mandan restringir el trato sexual al marco conyugal, se concluye que el lenguaje religioso es «instrumentalizado» como mecanismo de coacción social. Quien así juzga pasa por alto cómo la intimidad misma puede sublimarse y tornarse inmensamente más plena cuando se halla ungida por una dimensión sacra. Si los increyentes no alcanzan a sintonizar con la faz trascendente de las prescripciones en apariencia terrenales del Corán, podrán al menos trazar analogías con otros dominios de la peripecia humana donde los hombres se imponen privaciones y sacrificios en aras de lo que juzgan un bien supremo.

El respeto debido al Corán

Resulta oportuno clausurar esta introducción sobre la lectura del Corán desgranando unas breves reflexiones acerca de la veneración que los musulmanes tributan al texto material de la Escritura —el muṣḥaf—, así como al son de su salmodia, que con tanta frecuencia conmueve a los fieles hasta el llanto. Conviene recordar que en las sociedades premodernas los libros sagrados no se hallaban al alcance de la mano con la facilidad actual, ni eran tratados al modo de volúmenes profanos. Ya se tratase de la Biblia, de la Torá o del Corán, las escrituras eran abordadas con reverente temor. La distinción ontológica de los textos sagrados frente a los libros ordinarios (esto es, el hecho de constituir una clase de libro cualitativamente distinta en su propio ser) venía testimoniada al entronizarlos sobre altos atriles, custodiarlos celosamente en armarios bajo llave o envolverlos en nobles cendales.

Los musulmanes de hoy continúan testimoniando su devoción hacia el Corán tratando cualquier manifestación escrita del mismo con escrupuloso miramiento. Gestos reverentes tales como manipular con sumo esmero papeles que contienen aleyas o evitar a toda costa depositar el muṣḥaf en el suelo se hallan universalmente extendidos. El Derecho islámico prescribe tocar el códice únicamente en estado de pureza ritual (56:77–79). Ello se alcanza realizando las abluciones preceptivas antes de sostener el Libro, conforme a los mandatos coránicos y a la usanza del Profeta Muḥammad. Los maestros sufíes añaden que es menester hallarse asimismo interiormente puro para estar en condiciones de «tocar» el sentido esotérico del Texto Sagrado. Aunque estas prescripciones no rigen con rigor formal para las traducciones ni para las reproducciones digitales del muṣḥaf, una disposición general de respeto reverente ante cualquier soporte que albergue el contenido del Corán resulta universalmente practicada y encarecida en todo el orbe islámico.

Hoy en día, cualquier persona puede poseer un ejemplar del Corán, en su lengua original o traducido. En muchos sentidos, esto representa un avance fecundo, por cuanto facilita un conocimiento más dilatado del Libro y propicia el diálogo en torno a su mensaje entre pueblos diversos a lo largo del globo. En efecto, el Corán dirige su palabra preferentemente a la «humanidad» y a los «creyentes» —no exclusivamente a los musulmanes—, siendo por ende natural que resulte accesible a todo aquel que desee escucharlo o recorrerlo.

Con todo, los musulmanes albergan a veces sentimientos encontrados ante esta facilidad de acceso. Por un lado, la generalidad de los fieles anhela que lo que confiesan como la Palabra del Dios vivo se halle al alcance de todos los hombres. Por otro lado, la amarga realidad constata que personas movidas por el odio disponen hoy de mayor margen para profanar deliberadamente el Corán con afán de ultrajar y escarnecer a los creyentes. Fue cabalmente para precaver la profanación de las Escrituras por lo que los juristas premodernos desaconsejaban a los musulmanes adentrarse con el Corán en tierras hostiles.

La rígida dicotomía entre tierras «del islam» y territorios «no musulmanes» no hace justicia a la pluralidad religiosa que impera en la generalidad de los estados contemporáneos (si es que alguna vez lo hizo), de suerte que semejante prevención legal clásica carece hoy de vigencia. Antes bien, los musulmanes colaboran asiduamente con fieles de otros credos para forjar una ética de respeto recíproco hacia los símbolos, testimonios y escrituras sagradas. Si bien algunas naciones cuentan con leyes que tipifican los delitos de odio hacia comunidades de fe o dispensan amparo específico a sus libros y emblemas sagrados, la tutela de la libertad de expresión en muchos países —señaladamente en Occidente— impide que tales restricciones alcancen aceptación generalizada, muy en particular en lo que al islam concierne; y en cualquier caso, ninguna ley resulta eficaz sin un sustrato moral que goce de arraigo popular. Inculcar virtudes de benevolencia, miramiento mutuo y concordia cívica en nuestras diversas sociedades constituye el cauce más certero para evitar que las divergencias religiosas se esgriman para infligir daño al prójimo, empeño que principia y concluye en el respeto sincero hacia las escrituras sagradas, creencias y ritos ajenos.