Salmos 4
Oración vespertina
1 Del maestro de coro. Para instrumentos de cuerda. Salmo. De David.
2 Respóndeme cuando te llamo,
Dios testigo de mi inocencia;
tú, que en el apuro me abres salidas,
tenme piedad y escucha mi oración.
3 ¿Hasta dónde, hombres, insultaréis a mi gloria,Pausa.
amaréis la vanidad y andaréis tras la mentira?*
4 Sabed que Yahvé me distingue con su amor,
Yahvé me escucha cuando le llamo.
5 Temblad y no pequéis,Pausa.
reflexionad en el lecho y callad.*
6 Ofreced sacrificios justos y confiad en Yahvé.
7 Muchos dicen: «¿Quién nos hará ver la dicha?».
¡Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro!
Yahvé,*
8 me has dado más alegría interior
que cuando ellos abundan en trigo y en mosto.
9 En paz me acuesto y en seguida me duermo,
pues tú solo, Yahvé, me haces vivir tranquilo.
Notas de la Biblia de Jerusalén 3
- 4,3 Texto difícil, quizá corrompido. Griego: «¿Hasta cuándo se embotarán vuestros corazones? ¿Por qué amáis la vanidad?».
- 4,5 Texto oscuro, probablemente alterado. Ninguna reconstrucción resulta satisfactoria. El sentido general es que hay que temer la ofensa hecha a Dios, y orar en la calma y el silencio de la adoración.
- 4,7 Expresión bíblica, frecuente en el Salterio, relativa a la benevolencia de Dios o de los reyes. El «rostro» es el aspecto exterior de algo, Sal 104 30; Gn 2 6, etc., o de un hombre, cuyos pensamientos y sentimientos hace visibles, Gn 4 5; 31 2, etc. Puede, pues, designar la personalidad («mi rostro» = yo, Sal 42 6.12; 43 5, etc.) y su presencia, muy en especial a propósito de Dios cuando se dirige al hombre. Como el hombre no puede ver a Dios, Ex 33 20+; 34 29-35, Dios no «hace brillar la luz de su rostro», ver Sal 31 17; 44 4; 80 4, etc., más que en un sentido atenuado. Así hay que entender igualmente los pasajes en que el hombre busca a Dios, Sal 24 6; 27 8+; Jb 33 25; Am 5 4+, o lo contempla, Sal 11 7+; 42 3. La traducción del griego y de la Vulg.: «La luz de tu rostro está sellada (o: impresa) en nosotros» se ha de interpretar del alma creada a imagen de Dios y marcada con el sello bautismal, que hace del cristiano un «hijo de la luz», Lc 16 8; Jn 8 12+; 1 Ts 5 5; Ef 5 8.